Migajas de amor

Capitulo 9

La humillación silenciosa

Buscarlo sin buscarlo.
Crear cuentas.
Mentirme.

No lo busqué.
Eso me repetía.

Solo entré a la aplicación “por curiosidad”.
Solo abrí Snapchat “para ver si seguía ahí”.
Solo revisé Discord “por si acaso”.

No era búsqueda.
Era vigilancia disfrazada de dignidad.

Yo decía que no quería hablarle,
pero mi cuerpo seguía yendo
a los lugares donde él podría aparecer.

Ese es el daño que no se ve:
cuando ya no necesitas que te escriban
para seguir girando alrededor de alguien.

Creé cuentas nuevas.
Con nombres neutros.
Fotos que no eran mías.
Personalidades inventadas.

No para engañarlo.
Para mirarlo sin ser vista.

Quería confirmar algo
que ya sabía
pero no soportaba aceptar:
que el mundo de él seguía intacto
sin mí.

Cada perfil falso era una excusa moral.
Me decía que no era yo.
Que no estaba rompiendo nada.
Que no era humillante.

Pero lo era.

Porque mientras él vivía,
yo me convertía en espectadora de mi propio reemplazo.

Veía su actividad.
Sus horarios.
Las horas en que estaba “en línea”.

Y mi mente hacía lo que mejor sabe hacer
cuando se queda sin amor:
fabricar teorías.

Tal vez ahora sí está ocupado.
Tal vez me escribirá después.
Tal vez esto es parte de algo más grande.

Mentí con una creatividad cruel.

No me decía “me humilló”.
Me decía “estoy sanando a mi ritmo”.
No decía “me estoy perdiendo”.
Decía “solo necesito entender”.

Pero la verdad era otra:
yo estaba negociando conmigo misma
para no soltarlo.

Cada vez que pensaba en escribirle,
mi dignidad y mi dependencia se sentaban a discutir.

Y casi siempre ganaba la dependencia.

No enviaba el mensaje,
pero lo escribía en notas.
En borradores.
En mi cabeza.

Ensayaba respuestas a conversaciones
que ya no existían.

Eso también es humillación:
seguir dialogando con alguien
que ya decidió callar.

Lo más triste
no fue crear cuentas.
No fue espiarlo.

Fue darme cuenta
de que estaba traicionando a la mujer
que juré ser.

La que tenía valores.
La que creía en el amor sin mendigar.
La que no se arrastraba por atención intermitente.

Esa mujer me miraba desde algún lugar interno
con una mezcla de cansancio y vergüenza.

Y yo la ignoraba.

Porque aceptar que me estaba humillando
significaba aceptar
que él no era especial.

Que no era confuso.
Que no estaba roto.
Que no tenía miedo.

Simplemente le convenía
no elegir.

Y aun así,
me dolía más soltar la fantasía
que enfrentar la verdad.

La humillación silenciosa
no tiene testigos.
No hay amigos que te detengan.
No hay escenas dramáticas.

Solo tú
volviendo una y otra vez
al mismo lugar
esperando que algo cambie.

Hasta que un día te miras al espejo
y no sabes en qué momento
empezaste a conformarte
con migajas de presencia
y ausencias completas.

Ese día no lloré.
Ese día me cansé.

Y el cansancio
es más honesto que la esperanza.




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