Volvió
Porque sabía que yo aún no me había ido.
No volvió con disculpas.
No volvió con explicaciones.
No volvió con intención.
Volvió como siempre:
como quien entra a una casa
donde sabe que la puerta sigue sin seguro.
Un mensaje corto.
Casual.
Casi inocente.
Como si el silencio anterior
no hubiera existido.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi razón.
El corazón se me aceleró
con una mezcla absurda de alivio y rabia.
Ahí entendí algo que me dio miedo:
una parte de mí
seguía entrenada para responderle.
Porque el que se va sin cerrar
no desaparece del todo.
Se queda viviendo en los reflejos.
Tú sabías que yo no me había ido.
Lo sabías porque nunca te enfrenté.
Porque nunca te bloqueé.
Porque nunca dije “basta”.
Mi silencio no fue dignidad.
Fue espera.
Y los hombres como tú
reconocen eso
como los depredadores reconocen el temblor.
Escribiste como si nada.
Como si yo no hubiera pasado noches
reconstruyéndome.
Como si no hubieras usado mi cuerpo
y luego mi ausencia
como castigo.
No preguntaste cómo estaba.
No mencionaste la distancia.
No aclaraste nada.
Solo retomaste
el mismo tono de siempre.
Y yo…
yo quise creer
que esta vez sería distinto.
No porque me lo prometieras.
Sino porque mi necesidad
todavía estaba abierta.
Eso es lo más cruel:
no hace falta mentirle a alguien
cuando ya aprendió a mentirse solo.
La conversación avanzó rápido.
Demasiado rápido.
Como si el tiempo de ausencia
hubiera sido solo una pausa técnica.
Volvieron las insinuaciones.
Las preguntas cargadas.
El calor.
Y ahí lo vi claro,
aunque no quise mirarlo mucho tiempo:
tú no habías vuelto por mí.
Habías vuelto
por lo que yo representaba cuando estabas vacío.
Yo era descanso.
Yo era descarga.
Yo era espejo sexual sin exigencias.
No persona.
No vínculo.
No historia.
Volviste porque sabías
que aún me dolía.
Y donde hay dolor no resuelto,
hay acceso.
Me hablaste de planes.
De lugares.
De cosas que “algún día”.
Las mismas frases recicladas
que no comprometen
pero alimentan.
Y yo las recibí
como quien recibe agua
con sed antigua.
Hasta que algo dentro de mí
empezó a arder.
No ilusión.
Lucidez.
Me di cuenta
de que no habías vuelto a quedarte.
Habías vuelto a comprobar
si aún podía tenerme.
Y la respuesta, aunque no lo dije,
fue la que más me avergonzó:
Sí.
Todavía podías.
Porque sanar no es lineal.
Porque el cuerpo recuerda
aunque la mente entienda.
Porque no basta con saber la verdad
si todavía no sabes sostenerla.
Esa noche no dormí.
No por deseo.
Por duelo.
Porque comprendí
que no extrañaba a la persona
que volvió a escribirme.
Extrañaba
la versión de mí
que creí ser cuando él me miraba.
Y eso fue devastador.
Volvió
no para amarme,
sino para confirmar
que aún no me había elegido a mí.
Y esa fue la última señal
que ya no podía ignorar.