Migajas de amor

Capitulo 11

La limpieza

Borrar apps como quien se quita astillas del alma.

No fue un acto valiente.
Fue un acto desesperado.

No borré las aplicaciones porque ya estaba sana,
las borré porque ya no podía seguir sangrando en silencio.

Cada icono en la pantalla
era una puerta abierta al pasado.
Cada notificación potencial
una promesa falsa.

Snapchat.
Discord.
La app para parejas.

No eran aplicaciones.
Eran accesos.

Accesos a él.
Accesos a la versión de mí
que aceptaba menos de lo que merecía.

Cuando presioné “eliminar”,
no sentí alivio inmediato.
Sentí pánico.

Porque aunque duela admitirlo,
esas apps eran el último hilo
que me conectaba a la ilusión.

Borrarlas
era aceptar que no iba a escribir.
Que no iba a volver.
Que no había nada más que entender.

Era cerrar una historia
que nunca tuvo un inicio real.

Mis dedos temblaban.
No por adicción al teléfono,
sino por miedo al vacío que quedaba después.

La limpieza no fue estética.
Fue interna.

Borré conversaciones
que ya sabía de memoria.
Fotos que no quería mirar
pero tampoco soltar.

Cada eliminación era una negociación interna:

¿Y si mañana escribe?
¿Y si esta vez es diferente?
¿Y si exageré?

Así funciona la dependencia:
te convence de que protegerte
es exagerar.

Me di cuenta
de que no estaba soltando a un hombre.
Estaba soltando la posibilidad
de que algún día me eligiera.

Y eso duele más.

Porque renunciar a alguien
es triste,
pero renunciar a una fantasía
es una muerte simbólica.

Cuando terminé,
mi teléfono estaba limpio.
Demasiado limpio.

Y yo…
yo me sentí sucia.

Como si borrar no borrara lo vivido.
Como si cada gesto íntimo
se hubiera quedado impregnado en la piel.

Me duché.
No por higiene.
Por necesidad.

Quería que el agua se llevara
la vergüenza,
el deseo mal colocado,
la culpa de haberme quedado.

Pero hay cosas
que no se van con jabón.

La limpieza real
no ocurre en la pantalla.
Ocurre cuando dejas de justificar
lo que te dolió.

Ese día entendí
que sanar no es olvidar,
es dejar de permitir acceso.

No bloquearlo a él.
Bloquear la versión de mí
que siempre estaba disponible.

Me senté en la cama
con el teléfono apagado
y sentí algo nuevo:

Silencio.

No el silencio castigo.
No el silencio abandono.

Un silencio distinto.
Incómodo.
Honesto.

El silencio
donde ya no hay nadie manipulando,
pero tampoco nadie prometiendo.

Y ahí, por primera vez en mucho tiempo,
me pregunté algo diferente:

No ¿por qué no me eligió?
sino
¿por qué me quedé?

La limpieza no me devolvió la paz.
Me devolvió la responsabilidad.

Y aunque pesaba,
era mía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.