Mis pies descalzos se hundían en la tierra húmeda del bosque mientras el viento jugaba con mi cabello oscuro, llevándose consigo los murmullos de los árboles ancestrales. Podía sentirlos, todos ellos, susurrando secretos milenarios que solo yo podía escuchar. La naturaleza me amaba, y yo la amaba a ella con cada fibra de mi ser.
Era el año 1021, y en solo unas horas cumpliría veinte años.
Mi nombre es Elysia, y soy la bruja más poderosa que este mundo haya conocido en siglos. Descendiente de un linaje de magos cuya sangre estaba tan impregnada de magia que incluso los elementos se inclinaban ante nuestra voluntad. Pero yo... yo era diferente. Especial. La naturaleza misma me había elegido como su protegida, su favorita entre todos los mortales que alguna vez habían existido.
Mis padres lo sabían. Desde que era una niña, habían visto el resplandor en mis ojos, la forma en que las flores florecían a mi paso y el viento se calmaba cuando yo lo deseaba. Ellos me amaban, sí, pero también me veneraban de una manera que siempre había hecho que Klara, mi hermana menor, se sintiera invisible.
Klara... mi dulce, ingenua hermanita de quince años.
La diferencia de cinco años entre nosotras era más que solo tiempo; era un abismo de talento y predilección. Klara era buena bruja, no podía negarlo. Tenía un don natural para las pociones y una conexión decente con la tierra. Pero nunca sería como yo, y eso era un hecho que la naturaleza había decretado desde antes de nuestro nacimiento.
Yo te ofrecí ayuda, pensé mientras caminaba entre los árboles, recordando las incontables veces que había intentado enseñarle, guiarla. Pero siempre rechazaste mi mano, Klara.
Esa tarde, mientras nuestros padres habían ido al mercado del pueblo vecino, yo había decidido sumergirme en el bosque como hacía a menudo. Necesitaba sentir la energía de la tierra, la conexión pura que me recordaba quién era realmente. Mi hermana se había quedado en casa, alegando que no se sentía bien.
No debería haberme sorprendido, pero algo en mi interior se retorció mientras me alejaba de la cabaña de piedra que llamábamos hogar. Un presentimiento oscuro, como una aguja helada clavándose en mi nuca.
Regresé antes de lo previsto.
La casa estaba en silencio cuando crucé el umbral de madera tallada. Demasiado silencio. Incluso las velas parecían contener la respiración. Mis instintos —los mismos que habían salvado mi vida en incontables ocasiones— se dispararon como una alarma.
Algo no estaba bien.
Una presencia extraña, antigua y fría, impregnaba cada rincón de nuestra humilde vivienda. Era un ser místico, pero no como cualquier criatura mágica que hubiera conocido. Este era... diferente. Oscuro. Inmortal.
Vampiro
El pensamiento se formó en mi mente como un relámpago, y el asco se apoderó de mí. Yo aborrecía a los vampiros con una pasión que quemaba en mi sangre. Eran abominaciones, criaturas corruptas que robaban la vida en lugar de nutrirla. La naturaleza misma los rechazaba, y por lo tanto, yo también.
Seguí mis instintos hacia la parte trasera de la casa, mis manos ya tejiendo hechizos invisibles, preparada para enfrentar cualquier amenaza. Con cada paso, el frío se intensificaba, y con él, el sonido de... risas.
Risas femeninas. Conocidas. Familiares.
Cuando giré la esquina hacia el pequeño jardín trasero, el mundo se detuvo.
Mi hermana Klara estaba allí, enredada en los brazos de un joven de cabello castaño oscuro y ojos que brillaban con un tono ámbar antinatural. Estaban tan cerca que apenas había espacio entre ellos, sus manos entrelazadas, sus frentes casi tocándose.
No, no, no.
Mi mente se negaba a procesar lo que veía, pero mis instintos gritaban la verdad que mi corazón quería ignorar: ese joven era un vampiro. Podía olerlo en su piel, verlo en la palidez de su tez y en la forma demasiado perfecta en que se movía.
Klara se dio cuenta de mi presencia primero. Su rostro se tensó, los ojos se abrieron como platos y se separó del joven como si hubiera recibido una descarga eléctrica. El vampiro —porque eso era, no tenía ninguna duda— me miró con sorpresa y luego, con una velocidad que solo su especie poseía, desapareció en un destello de movimiento.
El jardín quedó en silencio.
"Elysia..." la voz de mi hermana era apenas un susurro, sus manos temblorosas mientras se ajustaba la túnica. "Yo... yo puedo explicarlo."
Mi sangre hervía. No de ira, no todavía. De incredulidad. De dolor. Esta era Klara, mi pequeña hermana, la niña que había visto crecer, a quien había protegido de las bestias del bosque y de las pesadillas nocturnas. ¿Cómo podía hacer esto?
Ella dio un paso adelante, sus ojos brillando con lágrimas. "No es lo que crees. Él... él no es malo, Elysia. Te lo juro. Se llama Nikolaus y es diferente. No se alimenta de humanos, solo bebe sangre de animales. Nunca ha matado a nadie.""