Mil años después de ti

Capítulo Cuatro: La Danza de las Mentiras

La casa Salvatore estaba envuelta en el silencio tenso de quienes han visto demasiado.

La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas, creando patrones dorados en el suelo de madera. Stefan estaba de pie junto a la chimenea apagada, su rostro sombrío mientras recordaba los eventos de la noche anterior. Damon ocupaba el sillón de terciopelo, con una copa de bourbon en la mano —porque para él siempre era hora de beber— y una expresión que oscilaba entre el aburrimiento y la curiosidad. Elena estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas, y Caroline descansaba a su lado, todavía quejándose por haber tenido que limpiar el bar hasta tarde. Bonnie permanecía cerca de la ventana, sus dedos rozando el marco de madera como si sintiera algo en el aire.

"¿Alguien tiene idea de quién era esa mujer?" preguntó Elena, rompiendo el silencio. Su voz era baja, pero la preocupación era evidente.

"Klaus la llamó Elysia," respondió Stefan, sin apartar la mirada de la chimenea. "Y la forma en que la miró... no era solo miedo o sorpresa. Era algo más."

Damon soltó una risa corta. "¿Más? ¿Como obsesión? ¿Posesividad? ¿El típico 'ella es mía y nadie la toca' que Klaus tiene con todo lo que se cruza en su camino?"

"Era diferente," insistió Stefan. "Klaus ha tenido enemigos, amantes, aliados. Pero esto... esto era personal. Ella lo conoce. Lo conoce de verdad."

Bonnie se giró desde la ventana, su rostro pálido. "Y ella usó magia. Magia antigua. No como la que yo conozco. Era como si la naturaleza misma hablara a través de ella."

Caroline suspiró con dramatismo. "Genial. Ahora tenemos a una bruja vampiro súper poderosa en el pueblo. ¿Alguna vez tendremos una semana normal?"

"Normal no existe en Mystic Falls, Caroline," respondió Damon con una sonrisa irónica. "Deberías saberlo ya."

El silencio volvió a caer sobre la habitación. Cada uno estaba perdido en sus propios pensamientos, tratando de procesar lo que habían presenciado.

Y entonces, la puerta principal se abrió.

No fue un golpe. No fue un estruendo. Fue un movimiento suave, casi elegante, como si la persona que entraba fuera completamente dueña de la situación. El crujido de la madera antigua resonó en el silencio, y todos los ojos se volvieron hacia la entrada.

Elysia entró con la tranquilidad de quien camina por su propia casa.

La luz de la mañana acariciaba su cabello castaño claro, haciéndolo brillar con reflejos dorados. Llevaba un vestido de seda color marfil que caía hasta sus tobillos, con un escote que dejaba ver la curva de sus hombros y un cinturón de cuero que marcaba su cintura. Sus pies estaban calzados con botas de cuero hasta la rodilla, y una capa corta de lana negra caía sobre sus hombros. Se veía elegante, peligrosa, y completamente dueña de la situación.

No miró a nadie. No saludó. Simplemente caminó hacia el mueble bar, tomó una botella de bourbon —la de Damon, la cara— y se sirvió un vaso con una elegancia que hizo que todos contuvieran la respiración.

Tomó un sorbo, y luego otro, antes de girarse lentamente hacia ellos. Sus labios se curvaron en una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

"Bourbon añejo," dijo, y su voz era como terciopelo sobre acero. "Buena elección. Aunque podría recomendar un whisky escocés de las Tierras Altas de 1823. Pero supongo que es difícil de conseguir en este pueblo."

Stefan fue el primero en reaccionar. Dio un paso adelante, interponiéndose entre Elysia y el resto del grupo. Su voz era fría, cautelosa.

"¿Qué haces aquí? ¿Cómo nos encontraste?"

Elysia rió suavemente, y el sonido era tan seductor como peligroso. "Stefan, querido, he estado en este mundo más tiempo del que tú has vivido. Encontrar a un grupo de vampiros y una doppelgänger no es exactamente difícil." Hizo una pausa, y sus ojos azul celeste brillaron con picardía. "Además, tu hermano no es precisamente sutil. Dejó un rastro de sangre y bourbon desde el bar hasta aquí."

Damon se levantó de su sillón lentamente, su copa aún en la mano. Su sonrisa era burlona, pero sus ojos estaban alerta.

"Bienvenida a nuestra humilde morada, Elysia. ¿Puedo ofrecerte algo más que mi bourbon? Porque parece que ya te has servido."

"No necesito nada más," respondió Elysia, y su tono era casi un susurro. "Solo respuestas."

Stefan negó con la cabeza, su mandíbula tensa. "No te diremos nada. No sabemos quién eres ni qué quieres. Y después de lo que vimos en el bar, no confiamos en ti."

"¿Confiar?" Elysia repitió la palabra como si fuera un concepto extranjero. "No te pido confianza, Stefan. Te pido información. Y sé que la tienes."

Damon se movió rápido. En un segundo, tenía una estaca de madera en la mano, apuntando directamente al pecho de Elysia. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una expresión de pura amenaza.

"Escucha, preciosa. No sé qué juegos tienes con Klaus, pero aquí no vas a encontrar lo que buscas. Así que sugiere que te vayas antes de que tenga que hacer algo que lamentes."

Elysia no se movió. No parpadeó. Sus ojos se fijaron en la estaca como si fuera un juguete de niño, y luego, lentamente, su sonrisa se amplió.

"Valiente," murmuró, y su voz era un susurro aterciopelado. "Me gusta la valentía. Lástima que sea tan inútil."




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