Mil años entre nosotros

Capítulo 1

La noche en que el cielo se abrió sobre la aldea, los campesinos pensaron que los dioses estaban descendiendo.

Un resplandor verde rasgó la oscuridad como una herida en el firmamento. Las nubes comenzaron a girar alrededor de aquella grieta imposible, y durante unos segundos el mundo pareció contener el aliento.

Algunos aldeanos cayeron de rodillas sobre la tierra húmeda. Otros levantaron las manos hacia el cielo, temblorosos, murmurando plegarias.

Nadie en aquel pequeño rincón del imperio Song podía imaginar que lo que caía del cielo no era una divinidad…

sino una mujer nacida mil años en el futuro.

Durante décadas, el mundo del que ella provenía había estado muriendo lentamente.

La radiación ambiental, los cambios climáticos extremos y siglos de contaminación acumulada habían alterado profundamente la biología humana.

Al principio, los científicos creyeron que el problema afectaba únicamente a los hombres.

La fertilidad masculina comenzó a caer de forma alarmante. Cada nueva generación presentaba índices más bajos de reproducción. Millones de hombres en todo el mundo se volvieron incapaces de concebir hijos.

Aquello fue llamado la crisis masculina.

Gobiernos y laboratorios destinaron fortunas a intentar revertir el fenómeno. Terapias hormonales, ingeniería genética, bancos de ADN, programas de fertilización asistida.

Pero entonces apareció un descubrimiento aún más inquietante.

El problema no se limitaba a los hombres.

Con el paso de los años, los médicos comenzaron a notar otro patrón, más silencioso y más cruel. Cada vez más mujeres —incluso jóvenes y sanas— perdían la capacidad de concebir.

Los embarazos se volvieron raros.

Los nacimientos, excepcionales.

En los hospitales del mundo entero comenzó a repetirse una frase que helaba la sangre de los médicos:

los vientres se estaban secando.

La humanidad no solo estaba teniendo menos hijos.

La humanidad estaba perdiendo la capacidad misma de traer vida al mundo.

Para el año 2300, la conclusión era imposible de ignorar.

Si no ocurría un cambio radical, la civilización humana desaparecería en pocos siglos.

Las consecuencias podían verse en todas partes.

Las escuelas primarias, que durante siglos habían estado llenas de niños, ahora tenían aulas vacías. En muchas ciudades los edificios escolares habían sido cerrados o convertidos en centros médicos.

Los parques infantiles permanecían en silencio.

Los columpios se mecían con el viento.

Los hospitales, en cambio, estaban llenos.

No de nacimientos.

Sino de clínicas de fertilidad.

Gobiernos de todo el mundo ofrecían incentivos extraordinarios a las pocas parejas capaces de concebir. Subsidios, viviendas, protección estatal.

En algunos países, los nacimientos eran anunciados públicamente como si se tratara de acontecimientos nacionales.

Cada bebé era celebrado.

Cada embarazo era vigilado como un tesoro frágil.

Aun así, los números seguían cayendo.

Cada año nacían menos niños que el anterior.

Cada año morían más personas de las que venían al mundo.

Por primera vez en la historia de la civilización, la humanidad comenzaba a comprender una verdad incómoda:

el tiempo ya no estaba de su lado.

Y entonces ocurrió el experimento.

La figura descendió envuelta en destellos verdes.

El aire silbaba alrededor de su cuerpo mientras atravesaba la abertura del cielo que ya comenzaba a cerrarse.

Ona Romagnoli apenas logró comprender lo que estaba ocurriendo.

Todo había salido mal.

Intentó activar el campo de energía cinética de su traje —el sistema diseñado para absorber impactos y desacelerar caídas—, pero sus manos temblaban y el panel del dispositivo parpadeaba con errores.

—No… no ahora…

El traje emitió un zumbido irregular.

Demasiado tarde.

La grieta luminosa en el cielo se cerró detrás de ella como si nunca hubiera existido.

Un instante después atravesó la copa de un bosque de bambú.

Los tallos crujieron al quebrarse bajo su peso. Hojas y ramas se desgarraron mientras su cuerpo golpeaba contra el suelo con violencia.

El impacto fue brutal.

El sistema protector no llegó a activarse por completo y la energía de la caída sacudió cada músculo de su cuerpo.

El visor del traje parpadeó una vez…

y se apagó.

Durante unos segundos reinó el silencio.

Luego, a lo lejos, el cielo rugió.

Un trueno retumbó sobre las montañas, profundo y amenazante. El viento agitó los bambúes y el primer relámpago iluminó el bosque con un destello blanco.

La tormenta había comenzado.

En el camino que bordeaba el bosque, una pequeña caravana se detuvo.

Dentro de un palanquín de madera lacada, un hombre apartó lentamente la cortina de seda.

Shen Yang había visto el resplandor verde en el cielo.

Y también había visto algo caer.

—Deténganse —ordenó con calma.

Los portadores obedecieron de inmediato.

Otro trueno sacudió la noche, y la lluvia comenzó a caer en gruesas gotas sobre el camino.

Un sirviente se apresuró a abrir un paraguas de papel aceitado mientras Shen Yang descendía del palanquín. En una mano sostuvo un farol de papel cuya luz temblorosa iluminaba apenas unos pasos delante de él.

—Traigan otra linterna —dijo.

Dos sirvientes lo siguieron mientras se internaban en el bosque de bambú.

La lluvia caía cada vez con más fuerza, golpeando las hojas largas que se balanceaban con el viento.

El farol proyectaba sombras inquietas entre los tallos.

De pronto, uno de los sirvientes se detuvo.

—Señor… mire.

Allí, entre ramas rotas y hojas húmedas, yacía una figura.

Una mujer.

Su ropa era extraña, hecha de un material desconocido que brillaba débilmente bajo la luz del farol. Su cabello rubio ondulado estaba empapado por la lluvia.




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