Cuando el sonido lejano del palanquín de Shen Yang se extinguió entre los árboles, el silencio volvió a apoderarse del monasterio.
Ona permaneció inmóvil unos instantes.
Luego, lentamente, llevó su mano hacia el costado de su cuerpo, donde el traje, oculto bajo las telas prestadas por los monjes, aún conservaba fragmentos de su tecnología.
Activó con cuidado el sistema interno.
Un leve pulso recorrió la superficie del tejido.
El campo de energía cinética respondió apenas… como un eco debilitado.
—Tarde… —susurró.
No lo había logrado activar a tiempo.
El impacto había sido demasiado fuerte.
Cerró los ojos un instante, respirando hondo, y comenzó a revisar el estado del equipo.
El diagnóstico fue claro.
El sistema de protección seguía parcialmente operativo.
Los registros de datos estaban intactos.
Pero había algo que faltaba.
Algo esencial.
La cápsula de contención…
la piedra Tianlong Shi.
Sus dedos recorrieron el lugar donde debía estar.
Vacío.
El corazón le dio un vuelco.
Sin esa piedra, el reactor portátil no podía generar la energía necesaria para un nuevo salto.
Eso significaba una sola cosa.
Estaba atrapada.
Atrapada en el año 1120.
Abrió los ojos lentamente.
No hubo pánico.
No hubo llanto.
Solo un silencio denso, cargado de comprensión.
—Entonces… tengo que encontrarla.
No era una opción.
Era el único camino de regreso.
Los días en el monasterio comenzaron a transcurrir con una calma engañosa.
Las condiciones eran simples, incluso austeras, pero para Ona no resultaban difíciles.
Durante su entrenamiento previo en Science Life, había sido preparada para sobrevivir en entornos hostiles: ayuno controlado, resistencia física, adaptación al dolor.
Nada de aquello la afectaba.
A diferencia de lo que muchos habrían esperado de una extranjera, Ona no permanecía en silencio.
Desde el primer día…
comprendía.
Las palabras de los monjes, sus rezos, las indicaciones del médico, incluso los susurros entre los pacientes… todo llegaba a ella con claridad.
No era perfecto.
Había matices, formas antiguas del lenguaje, giros que no coincidían exactamente con el chino moderno que había aprendido.
Pero aun así… podía comunicarse.
Y eso, en aquel lugar, era casi tan extraño como su propia aparición.
—Habla nuestra lengua… —murmuró una vez uno de los jóvenes monjes, sin ocultar su sorpresa.
Ona no respondió.
Se limitó a inclinar la cabeza con respeto.
Había aprendido chino años atrás, como parte de su preparación para integrarse al proyecto de Science Life. En su mundo, dominar varios idiomas no era un lujo… era una necesidad.
Chino.
Inglés.
Español.
Italiano.
Cuatro lenguas para tres mundos distintos.
Y ahora… una de ellas era lo único que la separaba de ser vista como algo completamente incomprensible.
Esa capacidad le permitió moverse con cautela entre los demás.
Escuchar más de lo que hablaba.
Aprender sin llamar demasiado la atención.
Y adaptarse… sin revelar demasiado de sí misma.
Porque en un mundo donde todo le era ajeno…
el lenguaje era su única arma silenciosa.
Lo que sí la afectaba… era otra cosa.
Los enfermos.
Niños con fiebre alta que no cesaba.
Mujeres debilitadas por infecciones.
Hombres consumidos por enfermedades que en su tiempo eran fácilmente tratables.
En ese mundo, lo que en el suyo era cotidiano… aquí era sentencia de muerte.
La viruela.
El sarampión.
Las infecciones respiratorias.
Cada día veía el mismo patrón repetirse.
Sufrimiento.
Ignorancia.
Muerte.
Al principio intentó mantenerse al margen.
No debía alterar el curso de la historia.
Era una regla básica de cualquier desplazamiento temporal.
Intervenir demasiado… podía tener consecuencias impredecibles.
Pero la teoría es limpia.
La realidad no.
Una tarde, un grupo de aldeanos llegó al monasterio con rostros tensos.
Sus ropas estaban cubiertas de tierra.
Uno de los monjes habló con ellos en voz baja, y el ambiente cambió de inmediato.
Algo grave había ocurrido.
Ona observó desde la distancia, hasta que finalmente decidió acercarse.
—¿Qué ha pasado?
Uno de los monjes dudó, pero respondió.
—Un brote… en una aldea cercana.
Viruela.
Ona sintió cómo el estómago se le contraía.
—¿Y los enfermos?
El monje bajó la mirada.
—Los aislaron.
Pero en ese mundo, “aislar” no siempre significaba proteger.
A veces significaba…
eliminar.
Esa misma noche, Ona acompañó a los monjes hacia el lugar.
El aire estaba cargado de humedad y miedo.
Cuando llegaron, el silencio era absoluto.
Demasiado absoluto.
Uno de los aldeanos señaló un terreno removido.
—Allí.
Habían enterrado a los enfermos.
Vivos.
Ona no dijo nada.
Solo comenzó a cavar.
Los monjes la siguieron.
La tierra cedía con dificultad.
Cada palada pesaba más que la anterior.
Hasta que finalmente… los encontraron.
Una mujer.
Y un niño pequeño.
Ambos inmóviles.
Sin aire. Sin vida.
El niño aún estaba aferrado al cuerpo de su madre.
Ona se quedó quieta.
El mundo pareció detenerse en ese instante.
Esa noche, de regreso en el monasterio, Ona no durmió.
Se sentó en la penumbra de su habitación.
Activó el sistema de almacenamiento de su traje.
Los archivos seguían allí.
Protocolos médicos.
Tratamientos.
Registros históricos.
No necesitaba conexión.
Todo lo que sabía… estaba con ella.
Durante horas revisó información.
Historia de enfermedades.
Métodos antiguos.