Mil años entre nosotros

Capítulo 4

Algunos comenzaron a llamarla en voz baja:

la santa.

Y como ocurre con todo aquello que el pueblo no puede explicar…

las historias crecieron.

Se deformaron.

Se elevaron.

Hasta que, inevitablemente…

terminaron viajando más allá de los campos, más allá de los caminos de tierra…

más allá de los muros del monasterio.

Hasta llegar…

a oídos del emperador.

Ahora te dejo el bloque narrativo unificado, listo para pegar después de lo que ya escribiste:

Las historias, como el viento, no conocen fronteras.

Lo que comenzó como un susurro entre aldeanos…

se convirtió en relato.

El relato en rumor.

Y el rumor… en leyenda.

En la capital del imperio Song, entre muros de piedra y techos de tejas oscuras, las palabras tomaron otra forma.

Más cuidadas.

Más peligrosas.

—Dicen que sana con solo tocar…

—Que habla lenguas desconocidas…

—Que cayó del cielo…

Las voces circulaban entre funcionarios, sirvientes y escribas.

Hasta que finalmente…

llegaron donde todas las cosas importantes terminan llegando.

El emperador escuchó.

Y no olvidó.

Sentado en su sala privada, con la calma de quien gobierna el destino de miles, permaneció en silencio mientras el relato era repetido una vez más.

Una mujer.

Cabello extraño.

Ojos como el cielo.

Aparición inexplicable.

Y lo más inquietante de todo…

milagros.

—¿Quién la encontró? —preguntó finalmente.

El funcionario dudó apenas.

—Según los informes… fue el erudito Shen Yang, hijo del ministro Shen.

El emperador no respondió de inmediato.

Pero sus ojos… se afilaron.

—Tráiganlo.

La orden no se repitió.

No hacía falta.

Días después, Shen Yang se presentó en la corte.

Su postura era recta.

Su expresión, contenida.

Sus ropas, impecables.

Se inclinó con la precisión de quien entendía perfectamente dónde estaba… y ante quién.

La audiencia fue breve.

Formal.

Medida.

Se hablaron asuntos de la administración, informes, decisiones menores.

Nada fuera de lo común.

Nada que justificara realmente su presencia.

Hasta que el emperador habló.

—Quédate.

La sala se vació.

Uno a uno, los presentes se retiraron en silencio.

Las puertas se cerraron.

Y el aire cambió.

El emperador descendió unos pasos.

No como gobernante.

Sino como hombre curioso.

—Shen Yang —dijo con voz más baja—.

Una pausa.

—Cuéntame… sobre la mujer.

Shen Yang levantó la mirada apenas.

No sorprendido.

Pero sí… atento.

—Majestad… la encontré en un bosque de bambú, no muy lejos del monasterio Beishan.

El emperador no lo interrumpió.

—La noche en que el cielo se abrió —continuó—, hubo un destello. Un fenómeno… difícil de explicar.

Sus palabras eran medidas.

Exactas.

—Cuando llegué… ella ya estaba en el suelo. Herida. Inconsciente.

—¿Y sus ropas?

—Extrañas, majestad. Nunca vi algo similar.

El emperador entrecerró los ojos.

—¿Y su aspecto?

Por primera vez, Shen Yang dudó una fracción de segundo.

No por falta de respuesta.

Sino por la imagen que regresaba a su mente.

—No es como las mujeres de estas tierras.

Otra pausa.

—Su cabello… no es oscuro. Tiene el color del trigo bajo el sol.

Sus ojos… son claros. Como el cielo después de la lluvia.

El silencio se tensó.

El emperador sonrió apenas.

No con alegría.

Con interés.

—Y ahora… cura.

No era una pregunta.

Shen Yang bajó levemente la mirada.

—Eso dicen.

El emperador dio unos pasos, pensativo.

—Una mujer que cae del cielo…

Que habla lenguas extrañas…

Y que devuelve la vida donde debería haber muerte…

Se detuvo.

Giró apenas.

—Dime, Shen Yang.

Sus ojos se clavaron en él.

—¿Crees en los milagros?

Shen Yang no respondió de inmediato.

—Creo… en lo que veo, majestad.

El emperador soltó una leve exhalación.

—Entonces iremos a verla.

La decisión cayó como una piedra en agua quieta.

—Prepárate.

Una pausa.

—Me acompañarás al monasterio Beishan.

Shen Yang inclinó la cabeza.

—Como ordene, majestad.

Mientras se retiraba, una imagen volvió a cruzar su mente.

Cabello dorado entre la oscuridad del bosque.

Ojos que no pertenecían a ese mundo.

Y una presencia…

que no lograba olvidar.

Y sin saberlo aún…

el destino volvía a entrelazarlos.

Las historias, como el viento, no conocen fronteras.

Lo que comenzó como un susurro entre aldeanos…

se convirtió en relato.

El relato en rumor.

Y el rumor… en leyenda.

En la capital del imperio Song, entre muros de piedra y techos de tejas oscuras, las palabras tomaron otra forma.

Más cuidadas.

Más peligrosas.

—Dicen que sana con solo tocar…

—Que habla lenguas desconocidas…

—Que cayó del cielo…

Las voces circulaban entre funcionarios, sirvientes y escribas.

Hasta que finalmente…

llegaron donde todas las cosas importantes terminan llegando.

El emperador escuchó.

Y no olvidó.

Sentado en su sala privada, con la calma de quien gobierna el destino de miles, permaneció en silencio mientras el relato era repetido una vez más.

Una mujer.

Cabello extraño.

Ojos como el cielo.

Aparición inexplicable.

Y lo más inquietante de todo…

milagros.

—¿Quién la encontró? —preguntó finalmente.

El funcionario dudó apenas.

—Según los informes… fue el erudito Shen Yang, hijo del ministro Shen.

El emperador no respondió de inmediato.

Pero sus ojos… se afilaron.

—Tráiganlo.

La orden no se repitió.

No hacía falta.

Días después, Shen Yang se presentó en la corte.




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