Mil años entre nosotros

Capítulo 5

Un paso más cerca.

—Y sin embargo… aquí estás.

—Algunas presencias… no pertenecen al mundo común.

Sería un error… tratarlas como tales.

Pausa.

El emperador Huizong no aparta la mirada.

—Se quedará.

El emperador Huizong la observa.

Todos esperan la reverencia.

Ona no la hace.

Avanza un paso…

y extiende la mano.

—Hola… mi nombre es Ona.

El gesto cae fuera del mundo.

Pero ella no lo sabe.

Y por eso… funciona.

Huizong mira su mano.

No la toma.

Pero tampoco la rechaza.

Levanta la vista.

—Ona…

Pausa breve.

—Shen Yang me habló de ti.

Camina apenas, rodeando la escena con la mirada.

—Dice que vienes de una ciudad que no figura en nuestros mapas.

Recién entonces la observa de lleno.

—Eso… es difícil de ignorar.

Ahora sí.

Ona respira.

No se defiende.

No se justifica.

Explica.

—Sí… —dice, con una calma sencilla—. Vengo de una ciudad más allá de los mares.

Hace una pequeña pausa, como buscando cómo decirlo sin romper del todo el mundo en el que está.

—De una tierra que comprendo ha de ser desconocida para ustedes… su nombre es Italia.

No lo desafía.

Se lo ofrece.

Lo mira con curiosidad honesta.

—En mi hogar… es costumbre presentarse antes de intentar comprender al otro.

Una leve duda, casi imperceptible.

—No sé si aquí se hace igual.

Y entonces:

—¿Podría decirme su nombre?

El aire se tensa.

Pero Huizong… no.

—Soy Huizong.

Sin título.

Como si, por un instante, aceptara su forma de hablar.

Ona asiente, suave.

—Huizong…

Lo repite despacio.

—Es un nombre que suena… firme.

No lo halaga.

Lo piensa en voz alta.

Huizong da un paso más cerca.

—Dicen que has sanado a los enfermos.

Pausa.

—Quiero entender cómo.

Ona baja apenas la mirada, no por sumisión… sino para ordenar lo que va a decir.

—No sé si puedo explicarlo como algo concreto.

Respira.

—Donde crecí… no nos enseñaban a hacer cosas de inmediato.

Mira el templo, como encontrando un punto en común.

—Primero… a observar. A callar. A prestar atención.

Pausa.

—Fueron muchos años.

Lo dice sin peso, como si fuera simplemente verdad.

—Aprendiendo a notar cuándo algo está en desequilibrio… y cuándo solo lo parece.

Levanta la vista.

—No es una técnica, exactamente.

Niega apenas con la cabeza.

—No se trata de controlar… ni de imponer.

Busca la palabra.

—Es más bien… estar.

Silencio breve.

—Estar de una forma tan completa… que a veces lo que está dañado encuentra cómo volver a su lugar.

El aire cambia.

Eso no suena aprendido.

Suena vivido.

Ona continúa, más baja la voz:

—No siempre sucede.

Importante.

—Y no siempre depende de mí.

Pausa.

—Hay cosas… que no responden a las manos.

Levanta la mirada, directa.

—Por eso no podría enseñarlo como un método.

Silencio.

—Porque no es completamente mío.

El emperador Huizong no habla de inmediato.

La estudia.

Como si acabara de encontrar algo… que no sabía que estaba buscando.

—Entonces… no curas.

Pausa.

—Acompañas algo que ya está ocurriendo.

El monasterio guardaba un silencio extraño, casi expectante. No era la quietud habitual de la disciplina, sino algo más denso, como si incluso el aire aguardara.

Cuando el emperador Huizong cruzó el umbral, nadie anunció su presencia. No hacía falta. Su sola entrada bastó para que cada cuerpo se tensara en una reverencia inmediata, ensayada, perfecta.

Todos menos uno.

Ona avanzó un paso.

No inclinó la cabeza.

No dudó.

Extendió la mano.

—Hola… mi nombre es Ona.

El gesto quedó suspendido, fuera de lugar, como una nota equivocada en una melodía antigua.

El emperador Huizong la observó.

No tomó su mano.

Pero tampoco la rechazó.

Simplemente la miró… como si también aquello fuera parte del fenómeno.

—Ona… —repitió, probando el sonido.

Hubo una breve pausa.

—Shen Yang me habló de ti.

Sus pasos fueron lentos, medidos, recorriendo el espacio como si cada elemento necesitara ser reconocido antes de continuar.

—Dice que vienes de una ciudad que no figura en nuestros mapas.

Recién entonces fijó la mirada en ella.

—Eso… es difícil de ignorar.

Ona respiró con calma. No había en ella prisa ni ansiedad, solo una extraña serenidad que no parecía nacida de la ignorancia, sino de otra forma de entender el mundo.

—Sí… —respondió—. Vengo de una ciudad más allá de los mares.

Hizo una pausa leve.

—De una tierra que comprendo ha de ser desconocida para ustedes… su nombre es Italia.

Sus ojos no evitaban los del emperador. Tampoco lo desafiaban.

—En mi hogar… es costumbre presentarse antes de intentar comprender al otro —añadió—. No sé si aquí se hace igual.

Una leve inclinación de cabeza, imperfecta.

—¿Podría decirme su nombre?

El silencio se tensó.

Pero el emperador no.

—Soy Huizong.

Nada más.

Sin título.

Ona asintió suavemente.

—Huizong… —repitió—. Es un nombre que suena… firme.

El emperador dio un paso más cerca.

—Dicen que has sanado a los enfermos.

Pausa.

—Quiero entender cómo.

Ona bajó apenas la mirada, no en sumisión, sino en reflexión.

—No sé si puedo explicarlo como algo concreto.

Su voz era calma, pero no vacía.

—Donde crecí… no nos enseñaban a hacer cosas de inmediato. Primero… a observar. A callar. A prestar atención.

Sus ojos recorrieron el templo.

—Fueron muchos años. Aprendiendo a notar cuándo algo está en desequilibrio… y cuándo solo lo parece.

Levantó la vista.

—No es una técnica, exactamente. No se trata de controlar… ni de imponer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.