El templo permanecía en calma, perfumado por el incienso que ardía frente al altar. Ona se encontraba cerca de las columnas cuando escuchó pasos en el corredor.
Shen Yang apareció acompañado de un hombre vestido con una elegancia que dejaba claro que no era un funcionario cualquiera.
Ona levantó la mirada.
Shen Yang se detuvo ante ella y se inclinó respetuosamente ante su acompañante.
—He venido a cumplir con lo que me pidió.
El hombre hizo un leve gesto con la cabeza.
—¿Ella es la joven de la que me hablaste?
—Sí.
Ona observó a ambos.
No conocía al hombre que acababa de llegar, pero la forma en que Shen Yang se dirigía a él dejaba claro que ocupaba una posición elevada. Aun así, no imaginó que estuviera frente al hombre más importante de aquel imperio.
El desconocido volvió los ojos hacia ella.
—¿Tú eres a la que llaman la Santa de Beijing?
—Sí.
La estudió durante unos instantes.
—Acércate.
Ona obedeció.
No sabía exactamente qué esperaba de ella. Había aprendido algunas costumbres desde su llegada, pero todavía desconocía muchas de las reglas que gobernaban aquel lugar.
El hombre la observaba en silencio.
Ona pensó que probablemente se trataba de algún funcionario de alto rango. Quizá alguien cercano a la corte.
Esperó un momento.
Luego, siguiendo la costumbre de su propio mundo, extendió la mano.
—Hola. Mi nombre es Ona.
Shen Yang se quedó inmóvil.
Ona tardó apenas un instante en comprender que algo había salido mal. Nadie respondió. Los hombres que acompañaban al desconocido permanecieron en silencio y Shen Yang parecía no saber qué hacer.
El hombre bajó la mirada hacia la mano que ella mantenía extendida.
Después volvió a mirarla a los ojos.
No encontró desafío en su expresión. Tampoco burla.
Ona parecía estar esperando, sinceramente, que le devolviera el saludo.
El desconocido tomó su mano.
—Hola —respondió.
Pronunció la palabra despacio, como si quisiera acostumbrarse a ella.
El contacto duró apenas un instante antes de que la soltara.
Shen Yang bajó la mirada.
—Ella no conoce nuestras costumbres...
—Ya lo he comprendido.
La respuesta fue tranquila.
El hombre volvió a mirar a Ona.
—Shen Yang me habló de ti.
—¿De mí?
—De la extranjera que llegó a Beijing y que ha conseguido que la gente te llame Santa.
Ona no supo qué responder.
—Dice que vienes de una ciudad que no figura en nuestros mapas.
—Es cierto.
—¿Dónde queda?
—Más allá de los mares.
El hombre esperó.
Ona comprendió que aquella respuesta no le bastaría.
—En una tierra que probablemente les resulte desconocida. Su nombre es Italia.
El hombre repitió el nombre en voz baja.
—Italia.
Parecía buscarlo entre sus conocimientos.
—He oído hablar de Dàqín, pero nunca de una tierra llamada así.
—Puede que no la conozca.
Ona hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—En mi hogar es costumbre presentarse antes de intentar comprender al otro.
El hombre volvió a fijarse en ella.
—¿Y por eso me ofreciste la mano?
—Sí.
La sencillez de su respuesta pareció despertar algo en él.
—¿Sabías quién era yo?
Ona negó con la cabeza.
—No.
—¿Y ahora?
Ella lo observó con mayor atención.
Hasta ese momento había pensado que se trataba de algún funcionario de alto rango. Pero ahora empezaba a comprender que había algo más en él. La manera en que los demás guardaban silencio, la seguridad con la que Shen Yang permanecía a su lado y la ropa que llevaba comenzaban a encajar.
—Sé que es alguien importante.
Una leve expresión de interés apareció en el rostro del hombre.
—Eso parece evidente.
Ona sonrió apenas.
—Todavía no sé quién es.
—Huizong.
La respuesta fue sencilla.
Ona asintió.
—Mucho gusto, Huizong. Mi nombre es Ona.
Shen Yang bajó aún más la cabeza.
Huizong no la corrigió.
—Ona —repitió él.
Pronunció su nombre con calma, como si quisiera memorizarlo.
—Es corto.
—También es fácil de recordar.
Algo parecido a una sonrisa pasó por el rostro de Huizong.
No era habitual que alguien hablara con él de aquella manera. La mayoría de quienes llegaban ante su presencia conocían su título antes incluso de levantar la cabeza. Ona, en cambio, había tenido que descubrir quién era después de ofrecerle la mano.
Y, una vez que lo había descubierto, no parecía haber cambiado su manera de mirarlo.
Aquello despertó su curiosidad.
—Dime, Ona. ¿No sabes quién soy o simplemente no te importa?
Ella parpadeó.
—Ahora sé quién es.
—Eso no responde a mi pregunta.
Ona pensó unos segundos.
—Supongo que todavía no sé qué clase de hombre es.
Huizong guardó silencio.
Shen Yang permaneció inmóvil.
Nadie hablaba de aquella manera con él.
Huizong, sin embargo, no pareció ofenderse.
—Entonces tendrás tiempo para descubrirlo.
Ona no respondió.
Huizong apartó la mirada por un instante y luego volvió a fijarla en ella.
—Dicen que has sanado a los enfermos. Quiero entender cómo.
—No sé si puedo explicarlo de una manera sencilla.
—Inténtalo.
Ona respiró despacio.
—Crecí en un templo. Desde que tengo memoria. El sacerdote que me crió fue quien me enseñó todo lo que sé: las plantas, las enfermedades, las formas de aliviar el dolor y también las palabras que utilizo cuando trato a algunos enfermos.
—¿Las palabras que pronuncias antes de curarlos?
Ona asintió.
—Sí.
—¿Cuántos años pasaste allí?
—Toda mi vida.
Huizong permaneció pensativo.
—Entonces fue el sacerdote quien te enseñó a hacer estos milagros.
Ona sostuvo su mirada.
—Me enseñó a ayudar a los enfermos.