Ona llamó a la puerta con más pulso del que le hubiera gustado admitir. No era miedo, se dijo, sino la urgencia de quien busca una respuesta concreta. Aun así, había algo más que no lograba nombrar del todo.
La puerta se abrió.
Shen Yang apareció frente a ella, y por un instante todo su intento de compostura vaciló. Sus ojos, alargados y de un marrón profundo, la detuvieron más de lo debido. El aire traía un perfume leve, sobrio, que terminó por desordenarle el pensamiento.
—¿Qué desea? —preguntó él.
Ona sostuvo el equilibrio como pudo.
—Sucede que, hablando con el emperador, me enteré de que usted tiene información sobre la Tianlongshi… y me gustaría saber qué es lo que sabe. Tengo entendido que la considera un mito, pero aun así me interesaría hablar de ello con usted, si no le molesta.
Shen Yang la observó un instante, sorprendido más por el tono que por el contenido. Luego se apartó apenas.
—Pase.
La habitación era sencilla, pero ordenada. Algunos textos abiertos, mapas sin terminar de desplegar, tinta reciente. Un espacio de trabajo más que de descanso.
Se sentaron.
Durante un momento breve, el silencio se acomodó entre ambos, hasta que él mismo lo rompió.
—No es un tema que suela interesar —dijo—. Menos aún con tanta precisión en la pregunta.
Ona entrelazó suavemente las manos.
—Me interesa lo que no termina de encajar —respondió.
Shen Yang asintió, como si esa respuesta le resultara suficiente.
—La Tianlongshi… —empezó, apoyando una mano sobre la mesa— aparece mencionada en distintos registros, pero ninguno logra ubicarla con exactitud. Todos coinciden en algo: las montañas del norte.
—El problema es que eso no dice nada. Son demasiadas. Demasiados accesos, demasiadas variaciones del terreno.
Ona inclinó apenas la cabeza.
—¿No hay coincidencias más específicas?
—No precisas —respondió él—. Algunos relatos mencionan zonas donde el terreno se vuelve difícil de seguir… caminos que parecen cambiar, referencias que no se repiten igual. Pero nada que pueda trazarse con seguridad.
Hizo una breve pausa.
—En las aldeas cercanas, en cambio, la historia toma otro tono. Hablan de la piedra como algo que no debería moverse. Como si sacarla de su lugar trajera consecuencias.
Ona lo escuchaba con atención, pero sin dejar que su interés se volviera evidente.
—¿Y usted qué piensa de eso?
Shen Yang dejó escapar una leve exhalación.
—Que es una construcción común. Cuando algo no se comprende, se protege con superstición.
Ona asintió apenas.
—Aparece en fragmentos antiguos —continuó él—. Siempre asociado al hallazgo. Pero sin contexto. Sin método. Sin ubicación precisa.
Ona guardó silencio un instante, procesando.
—Entonces no es un mito —dijo al fin—. Es un registro incompleto.
Shen Yang la miró con algo distinto ahora. No sorpresa, sino atención real.
—Esa fue mi primera conclusión —admitió—. Pero sin un punto concreto… no hay forma de avanzar.
Ona apoyó suavemente una mano sobre la mesa.
—A menos que el problema no sea la falta de datos —dijo—, sino cómo se están leyendo.
El silencio que siguió fue más denso.
Shen Yang no respondió de inmediato. La observó con más detenimiento, como si por primera vez evaluara no solo lo que decía, sino desde dónde lo decía.
Fue entonces cuando notó algo mínimo: un pequeño resto de hierba enredado en el cabello de Ona, apenas visible entre los mechones color miel.
Sin pensarlo demasiado, estiró la mano.
—Tiene…
No terminó la frase.
Sus dedos rozaron con cuidado el mechón, retirando la hierba con una delicadeza que no era propia de la conversación que habían estado teniendo.
El gesto fue breve.
Pero el efecto no.
Ona quedó inmóvil.
La distancia entre ambos se había reducido sin que ninguno lo notara del todo. Cuando él retiró la mano, no se apartó de inmediato.
Sus miradas se encontraron.
De cerca.
Demasiado cerca.
La noche, que ya había caído por completo, parecía haberse filtrado dentro de la habitación, envolviéndolos en un silencio distinto, más cargado, casi suspendido.
Por un instante, no hubo piedra, ni registros, ni mapas.
Solo esa pausa.
Esa cercanía inesperada.
Esa sensación, nueva y peligrosa, que no respondía a ninguna lógica.
Ona sintió cómo algo en su pecho se desordenaba. Y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué hacer con ello.
Shen Yang tampoco se movió.
Había algo en ella —en su forma de mirar, en su presencia— que le resultaba difícil de ignorar. Más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Y entonces—
Las voces de los monjes en el patio irrumpieron, claras, cotidianas, rompiendo el momento como una piedra en agua quieta.
El mundo volvió.
Shen Yang retiró la mano con naturalidad contenida, como si nada hubiera pasado.
Ona desvió la mirada apenas, recuperando aire, recomponiendo su postura.
El silencio cambió.
Pero no desapareció del todo.
Ona se incorporó con suavidad.
—Vaya… es tarde —dijo, casi en un suspiro contenido—. Me es necesario descansar. Mañana debo atender a los enfermos… y luego salir con el emperador.
Al decirlo, su tono recuperó esa sobriedad que tanto le costaba sostener unos instantes antes. Como si esas palabras fueran una armadura que volvía a colocarse.
Shen Yang también se puso de pie.
—Claro —respondió—. No querría quitarle más tiempo.
Pero no se movió de inmediato para abrirle la puerta.
Hubo una pausa breve. No incómoda, pero sí cargada de algo que ninguno nombró.
Ona sostuvo su postura, aunque por dentro todavía sentía el eco de ese instante anterior, demasiado cercano.
—Le agradezco la información —añadió—. Ha sido… útil.
La palabra quedó elegida con cuidado.
Shen Yang asintió apenas.