El emperador no había dormido del todo bien.
No era inquietud. Era más bien una idea que no terminaba de acomodarse. Recordó la cabalgata, la forma en que Ona miraba el paisaje, cómo detenía la atención en detalles que otros habrían dejado pasar.
Había algo en ella que no encajaba con lo habitual.
Y entonces lo pensó.
No como estrategia. Más bien como una intuición simple.
Si algo podía interesarle… no era el campo.
Eran otras cosas.
—
A la mañana siguiente, la mandó a llamar.
Cuando Ona llegó, el emperador ya la esperaba. Su actitud era más suelta que el día anterior, menos formal, como si la jornada no requiriera tanta estructura.
—Hoy no saldremos —dijo.
Hizo una breve pausa, observándola.
—Hay un lugar… —continuó— que creo que te fascinará.
Ona no respondió de inmediato, pero su mirada se mantuvo atenta.
El emperador comenzó a caminar, indicándole que lo siguiera.
—Es una sala dentro del templo —añadió con naturalidad—. Allí se conservan escritos antiguos… de dos dinastías anteriores incluso.
Ona sintió cómo algo en su interior se tensaba apenas.
—También hay mapas —continuó él—. Algunos bastante antiguos. No todos están completos, pero… siguen ahí.
La miró de reojo, apenas.
—Pocas personas tienen paciencia para ese tipo de cosas.
Siguieron avanzando por los pasillos, donde la luz de la mañana comenzaba a colarse entre las estructuras.
—Pero creo que a ti no te molestará.
Ona quedó impactada.
No lo mostró de forma evidente, pero en su interior supo que había encontrado algo valioso. Entre tantos escritos, mapas y registros acumulados durante años, era casi seguro que allí habría información sobre la Tianlongshi.
La idea le trajo una calma inesperada.
Era, sin duda, una oportunidad.
Y eso la reconfortaba.
Una leve sonrisa, contenida pero sincera, apareció en su rostro mientras observaba el lugar.
El emperador la vio.
Y ese pequeño gesto —tan mínimo, tan fuera de cálculo— le bastó para desordenarle el pensamiento.
Sintió el corazón más vivo de lo habitual.
Demasiado.
Apartó la mirada un instante, como si necesitara recuperar el control de sí mismo.
Al principio, la idea del matrimonio había sido clara. Precisa. Una decisión política.
Un modo de asegurar una alianza con la santa de Beishan, de fortalecer vínculos donde era necesario hacerlo.
Nada más.
Pero ahora…
Ahora había algo distinto.
No sabía exactamente en qué momento había comenzado, pero ya no podía negarlo: conocerla había cambiado la naturaleza de esa decisión.
Ya no era solo estrategia.
Y eso, más que tranquilizarlo, lo inquietaba.
Porque por primera vez en mucho tiempo, había algo en juego que no podía medir con certeza.
El emperador la observó en silencio.
Mientras Ona se acercaba a los estantes y comenzaba a revisar algunos escritos, pasando las hojas con cuidado, deteniéndose en ciertos fragmentos más de lo habitual, él no apartó la mirada.
Había algo en esa escena —tan simple, tan ajena a cualquier intento de impresionar— que lo retenía.
Le atraía esa sencillez.
La forma en que Ona se concentraba en detalles que otros ignorarían sin pensarlo dos veces. No había prisa en sus movimientos, ni intención de mostrarse. Solo una atención genuina hacia lo que tenía frente a ella.
Era distinta.
En todo sentido.
Y eso lo descolocaba más de lo que le gustaría admitir.
Acostumbrado a gestos medidos, a palabras elegidas para agradar, a miradas que buscaban algo a cambio… Ona no encajaba en nada de eso.
No parecía interesada en impresionarlo.
Ni en complacerlo.
Y, sin embargo, ahí estaba él, observándola más de lo necesario, siguiendo con la mirada cada pequeño gesto mientras ella recorría los textos antiguos como si el resto del mundo quedara atrás.
Y fue entonces cuando lo entendió con una claridad incómoda:
Si no lograba ganársela…
ella no se casaría con él.
No había imposición posible ahí.
No con Ona.
Y esa certeza, tan simple como inevitable, comenzó a pesarle más de lo que esperaba.
En otra parte del monasterio, la luz del día entraba con claridad por la ventana, iluminando la habitación con una calma que no lograba alcanzarlo.
Shen Yang permanecía de pie junto a la mesa, con los textos abiertos frente a él… sin realmente verlos.
Había intentado volver a lo de siempre.
Leer. Ordenar ideas. Pensar con claridad.
Pero no funcionaba.
Apoyó las manos sobre la mesa, exhalando con control.
No era propio de él.
Cerró los ojos un instante.
No tenía sentido.
Lo que había ocurrido no era más que un momento fuera de lugar. Una conversación, una proximidad circunstancial… nada más.
Nada que justificara ese desorden.
Se enderezó apenas, como si con ese gesto pudiera reorganizarse.
—Es una confusión —murmuró en voz baja.
Su mente buscó una explicación lógica.
Y la encontró.
Shen Lian.
Su prima.
La imagen de ella apareció con naturalidad: correcta, serena, conocida. Parte de su mundo desde siempre.
Tal vez era eso.
Había estado varios días lejos de la capital. Lejos de lo habitual.
Lejos de lo que le era propio.
Era lógico que su mente buscara reemplazos. Que proyectara.
Sí.
Eso debía ser.
Ona no era…
No encajaba.
No era el tipo de mujer que le interesaba.
Demasiado distinta.
Demasiado difícil de leer.
Demasiado—
Se detuvo.
El silencio volvió a imponerse.
Abrió los ojos.
Y, a pesar de todo el razonamiento, algo no terminaba de asentarse.
Porque cada vez que intentaba cerrar la idea…
Volvía a verla.
La forma en que lo miró.
La cercanía.
Ese instante que no había sabido cortar.