Enderezó apenas la postura.
—Por supuesto que esto no es de mi incumbencia.
Intentó volver al papiro.
No funcionó.
El pensamiento no desapareció.
Y eso lo irritó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Porque, aun resistiéndose a la idea, aun negándose a darle forma… algo dentro de él estaba comenzando a cambiar.
No era lógico.
No era oportuno.
Pero estaba ahí.
Transformándose.
Volviéndose cada vez más difícil de ignorar.
Algo que no respondía a la razón.
Algo que empezaba a inclinarse, silencioso e inevitable…
hacia el amor por Ona.
Por otra parte, el emperador y Ona almorzaban juntos en la sala de escritos.
La luz del día se filtraba entre los estantes antiguos, cayendo sobre la mesa donde habían dispuesto la comida. No era un banquete, sino algo más sencillo, en armonía con el lugar.
Ona aún tenía algunos textos abiertos a un lado, como si le costara desprenderse del todo de ellos.
El emperador la observó un momento.
—Te resulta difícil apartarte de los escritos.
Ona esbozó una leve sonrisa.
—Un poco.
El silencio entre ambos no era incómodo.
Era contenido.
Medido.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo ella.
—Puedes.
Ona sostuvo su mirada.
—¿Quién es la emperatriz?
—Li Xueying.
—¿Cómo se conocieron?
—El día de nuestro matrimonio.
Ona parpadeó, apenas.
—¿Nunca antes?
—No.
El emperador hizo una breve pausa.
—Fue una alianza —dijo—. Ninguno de los dos estaba enamorado del otro. Solo lo hicimos porque su padre era el general de uno de los batallones más grandes… más poderosos que tiene la gran Kaifeng.
Ona bajó la mirada un instante, asimilando.
—¿Y qué se siente… estar casado sin amor?
El emperador apoyó suavemente la mano sobre la mesa.
—Fui educado para ello. No me resultó extraño.
Hizo una breve pausa.
—Pero para ella fue distinto.
Ona levantó la vista.
—¿Estaba enamorada de otro?
—Sí.
El silencio se volvió más íntimo.
—¿Y aun así…?
—Aun así se casó conmigo.
Ona no dijo nada.
El emperador continuó, con un tono más bajo.
—Lo supe después. Cuando ya había pasado más de un año. Nuestro hijo ya había nacido.
Ona lo miró con sorpresa contenida.
—¿Es suyo?
—Sí.
—Y aun así…
El emperador asintió apenas.
—En el segundo año, me habló de él.
Ona dudó un instante.
—¿Qué hizo usted?
El emperador no respondió de inmediato.
Su mirada se desvió apenas, como si atravesara algo más antiguo que esa conversación.
—Crecí viendo a mi padre exigir amor donde no lo había —dijo al fin—. A mi madre… y a las concubinas.
El tono cambió. Más bajo. Más contenido.
—No bastaba con obediencia. Tenían que demostrarle devoción. Fidelidad absoluta… incluso en lo que sentían.
Ona permaneció en silencio.
—Y cuando no era así… —continuó él— cuando sospechaba que sus pensamientos no le pertenecían… las castigaba.
La palabra quedó suspendida.
—Algunas murieron.
No lo dijo con dureza.
Lo dijo con una calma que pesaba más.
—Golpeadas… hasta que dejaban de resistir.
El silencio cayó con fuerza.
Ona sintió un estremecimiento que no intentó ocultar.
El emperador volvió la mirada hacia ella.
—No fue algo que quisiera repetir.
Ahora sí respondió su pregunta.
—Le dije que si realmente lo amaba… no iba a impedírselo.
Ona lo miró, esta vez sin poder ocultar su impresión.
—¿Le permitió…?
—Sí.
Una pausa.
—Para evitar sospechas, lo hicimos pasar por un eunuco a su servicio.
Ona inclinó levemente la cabeza.
—¿Cómo se llama?
El emperador dejó escapar una leve risa, suave.
—Han Wei.
Ona repitió el nombre en su mente.
—Es… inusual.
—No tanto —respondió él— si uno no confunde el deber con la posesión.
El silencio volvió a asentarse entre ambos.
El emperador la miró con calma.
—Por eso mantengo lo que te dije.
Ona sostuvo su mirada.
—Si no llegas a enamorarte de mí…
La pausa fue breve, pero firme.
—No te forzaré a casarte.
La tarde fue cediendo sin que ninguno lo notara del todo.
La luz, que al principio caía clara entre los estantes, se volvió más tenue, más dorada, hasta empezar a desvanecerse en sombras suaves sobre los escritos.
Ona seguía inclinada sobre los textos, pero sus movimientos ya no tenían la misma firmeza. Sus ojos recorrían las líneas con más lentitud, y por momentos se detenían sin avanzar.
El emperador lo notó.
No dijo nada al principio.
Solo la observó un instante más.
Y entonces, con naturalidad, se acercó.
Tomó su mano con suavidad y la ayudó a ponerse de pie.
—Volvamos —dijo con calma—. Se está haciendo tarde… y es momento de descansar.
Ona no opuso resistencia.
Solo lo miró.
—Además —añadió él—, mañana es el tercer día.
Hubo una leve pausa.
—Y tengo planeado algo muy especial.
Ona esbozó una sonrisa, cansada pero sincera.
Asintió.
—Lo esperaré.
Salieron juntos de la sala, dejando atrás los escritos, los mapas… y las respuestas que aún quedaban por descubrir.
El monasterio Beishan los recibió en silencio, envuelto ya en la calma de la tarde que se apagaba.
Caminaron unos tramos más.
Y sin decir mucho más, cada uno tomó su camino.
Pero antes de separarse, Ona sintió algo distinto.
No era una emoción clara ni fácil de nombrar.
Era una sensación nueva, tenue pero persistente, que se había instalado en su pecho sin pedir permiso.
Ella intentó entenderla.
Y la interpretó como admiración.
Como respeto.
Tal vez incluso como una forma de empatía hacia él.
Eso debía ser.
Eso era lo más lógico.