El cortejo imperial avanzó hacia el campo de Cuju bajo una tarde clara y serena. Los estandartes se mecían suavemente con el viento, y los funcionarios aguardaban inclinados en profundas reverencias mientras el emperador Huizong descendía del palanquín con la calma impecable que parecía acompañarlo incluso en los gestos más simples.
Ona bajó después.
El murmullo de los presentes disminuyó apenas al verla caminar junto al emperador. No demasiado cerca. No demasiado lejos.
La distancia exacta que exigía el protocolo.
El campo se extendía amplio frente a ellos. A lo lejos, varios jugadores entrenaban mientras los oficiales explicaban las normas del juego y los preparativos para el torneo imperial. El sonido seco de los mazos golpeando la pelota atravesaba el aire de tanto en tanto.
Huizong escuchaba en silencio.
O al menos eso aparentaba.
Porque más de una vez sus ojos terminaban desviándose hacia Ona.
Y Ona lo notaba.
Eso era lo peor.
Lo notaba incluso cuando fingía atención en otra cosa.
Caminaron entre los límites del campo mientras los funcionarios hablaban sin descanso. Ona respondía apenas cuando era necesario, pero cada tanto sentía aquella mirada fija sobre ella, tranquila… persistente.
Como si él estuviera intentando descifrar algo.
Y quizás lo estaba haciendo.
En un momento, uno de los jugadores perdió el control de su caballo durante una maniobra brusca. El animal relinchó con fuerza y se desvió violentamente.
Varias personas se sobresaltaron.
Ona reaccionó por reflejo y dio un paso hacia atrás.
La mano del emperador sostuvo su brazo antes de que pudiera perder el equilibrio.
Fue un contacto breve.
Pero firme.
Demasiado firme.
Cuando Ona alzó la vista, lo encontró observándola muy de cerca.
—Estoy bien —dijo ella rápidamente, apartándose apenas.
Huizong no respondió enseguida.
Solo soltó lentamente su brazo.
Y continuó caminando.
Pero después de eso, el silencio entre ambos cambió.
Se volvió más pesado.
Más consciente.
El recorrido terminó poco antes del atardecer. Los funcionarios hicieron las últimas reverencias mientras los guardias imperiales preparaban el regreso al monasterio.
Ona creyó que volvería en otro palanquín.
Pero cuando uno de los eunucos apartó la cortina de seda del palanquín imperial, comprendió que no.
Huizong entró primero.
Ella dudó apenas un instante antes de subir también.
Adentro, el espacio era reducido. Elegante. Silencioso.
El movimiento comenzó casi enseguida.
El balanceo suave del palanquín acompañaba el sonido apagado de los pasos exteriores y el roce ocasional de las cortinas de seda movidas por el viento.
Ninguno habló al principio.
Ona mantenía la vista fija al frente, demasiado consciente de la cercanía entre ambos.
Intentó concentrarse en cualquier otra cosa. En el viaje. En el sonido exterior. En las luces del atardecer filtrándose entre las telas.
Pero podía sentirlo ahí.
Demasiado cerca.
—No eres como las demás —dijo él finalmente.
La voz grave rompió el silencio con una suavidad peligrosa.
Ona no respondió.
Sus dedos se tensaron apenas sobre la tela de sus mangas.
Huizong la observó unos segundos.
—Eso es lo que te vuelve imposible de ignorar.
El corazón de Ona dio un golpe incómodo contra su pecho.
El espacio dentro del palanquín pareció reducirse todavía más.
Ella retrocedió apenas.
Un movimiento mínimo.
Instintivo.
Como si intentara recuperar aire.
Huizong lo vio.
Y aun así avanzó.
No de manera brusca.
No como un hombre dominado por el impulso.
Fue algo peor.
Una decisión tomada con absoluta claridad.
Le sostuvo el rostro entre los dedos.
Y la besó.
El mundo pareció detenerse un instante.
El suave balanceo del palanquín.
El ruido lejano de los guardias.
El sonido del exterior.
Todo quedó distante.
Ona permaneció inmóvil un segundo.
Demasiado sorprendida para reaccionar.
El beso no fue delicado.
Fue directo.
Humano.
Peligrosamente real.
Cuando él se apartó, el aire dentro del palanquín se sentía distinto.
Más cálido.
Más difícil de respirar.
Ona lo miró fijamente, todavía intentando comprender qué acababa de pasar.
Y entonces habló antes de poder contenerse.
—…me robaste mi primer beso.
La frase salió cargada de desconcierto más que de enojo.
Pero la reacción llegó enseguida.
Su mano se alzó y el golpe resonó seco dentro del palanquín.
Huizong giró apenas el rostro por el impacto.
Lento.
Controlado.
No hubo furia en sus ojos cuando volvió a mirarla.
Solo algo profundo y difícil de nombrar.
Reconocimiento.
Como si aquella cachetada hubiera confirmado algo que él ya sospechaba de ella desde el principio.
Afuera, el cortejo imperial siguió avanzando hacia el monasterio.
Como si nada hubiera cambiado.
Pero dentro del palanquín…
Nada seguía igual.
Cuando finalmente regresaron al monasterio, el cielo comenzaba a teñirse con los últimos tonos del atardecer. El trayecto de vuelta había transcurrido en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el sonido constante de los pasos y el leve balanceo del palanquín.
Ona apenas recordó cómo había llegado hasta su habitación.
Todo había ocurrido demasiado rápido.
El emperador Huizong había descendido primero al llegar, retomando de inmediato aquella compostura impecable que parecía imposible de quebrar frente a los demás. No volvió a acercarse a ella. No dijo nada más.
Y quizá eso era lo que más la desordenaba.
Cuando por fin estuvo sola, Ona cerró la puerta de su habitación apenas entró y apoyó la espalda contra la madera, como si necesitara asegurarse de que el mundo entero hubiera quedado afuera.