Había vuelto a ser emperador.
Impecable. Contenido. Inalcanzable.
Ona sintió cómo el corazón volvía a golpearle el pecho.
Huizong la observó unos instantes antes de hablar.
—Necesito tu respuesta.
Directo.
Sin adornos.
Como si ambos supieran perfectamente qué significaba aquella pregunta.
El aire se volvió pesado.
Ona apretó apenas las manos entre las mangas de su ropa. Parte de ella quería entender primero qué era todo aquello que estaba sintiendo. Otra parte quería escapar antes de hundirse todavía más en aquella confusión.
Y fue esa parte la que respondió.
—No.
La palabra cayó seca entre ambos.
Huizong permaneció inmóvil.
Pero algo en su mirada cambió apenas.
No era rabia.
Tampoco sorpresa.
Era el peso silencioso de una expectativa quebrada.
Aun así, no discutió.
No insistió.
Porque su honor estaba por encima incluso de sus propios deseos. Y él ya había empeñado su palabra.
El emperador sostuvo su mirada apenas un instante más antes de asentir lentamente.
Después se giró.
—Ordena la partida. Marchamos de inmediato —dijo al eunuco que aguardaba afuera.
Su voz volvió a sonar firme. Imperial.
No volvió la mirada hacia Ona.
Ni una sola vez.
Y eso, inesperadamente, le dejó una sensación amarga en el pecho.
Ella permaneció quieta mientras escuchaba el movimiento apresurado en el exterior. Guardias movilizándose. Sirvientes recogiendo pertenencias. El sonido de pasos organizados atravesando los corredores del monasterio.
Entonces lo vio.
La silueta del emperador alejándose junto a la guardia imperial, recta e imponente incluso en la distancia.
Las telas oscuras de su túnica desaparecieron lentamente entre los pasillos del monasterio sin que él volviera el rostro.
Y justo cuando el movimiento de la comitiva comenzaba a perderse, otra figura cruzó el corredor.
Shen Yang.
Acompañado por varios sirvientes y parte de su equipaje, avanzaba con rapidez por el pasillo, como si también estuviera preparándose para abandonar el monasterio cuanto antes.
Ona frunció apenas el ceño.
Todo parecía marcharse demasiado rápido.
Demasiado de golpe.
Cuando finalmente el ruido desapareció y el silencio cayó sobre el lugar, la habitación se sintió extrañamente vacía.
Pesada.
Ona avanzó despacio hasta la entrada y se quedó observando el corredor ahora desierto.
El monasterio, hacía apenas unos momentos lleno de movimiento y voces, parecía inmenso en aquel silencio.
Y entonces lo sintió.
Una nostalgia repentina.
Profunda.
Dolorosa.
Se llevó una mano al pecho, confundida por la intensidad de aquella pena.
No entendía por qué sentía aquello.
No sabía por quién era realmente ese vacío.
¿Por Huizong…?
¿O por Shen Yang?
Y lo peor era que, por primera vez desde que había llegado a ese mundo, Ona ya no estaba segura de entender su propio corazón.
El corredor permanecía vacío frente a ella.
Ni Huizong.
Ni Shen Yang.
Solo el eco lejano de pasos que ya se habían ido.
El viento atravesó suavemente los pasillos del monasterio, haciendo temblar apenas las telas colgadas junto a las columnas. Todo parecía demasiado silencioso ahora. Demasiado inmóvil.
Ona bajó lentamente la mirada.
Entonces comprendió algo que la inquietó más que el beso, más que el rechazo, más incluso que aquel extraño mundo al que había llegado.
Las personas comenzaban a irse.
Y por primera vez…
No estaba segura de querer que algunas se marcharan.
Los días posteriores a la partida de y transcurrieron con una lentitud insoportable en el . El monasterio seguía siendo el mismo. Las campanas sonaban al amanecer, el incienso continuaba impregnando los corredores de madera y los monjes mantenían sus rezos en la quietud de las mañanas. Y aun así… algo había cambiado. O quizá quien había cambiado era Ona.
El silencio comenzaba a resultarle demasiado grande. A veces se descubría mirando distraídamente hacia los caminos de la montaña, como si esperara ver aparecer una silueta entre la niebla. Y casi siempre, cuando eso ocurría, no sabía a cuál de los dos esperaba ver.
Porque el recuerdo del emperador permanecía intenso, imposible de ignorar… pero eran las conversaciones tranquilas con Shen Yang las que regresaban en medio del silencio. La calma extraña que sentía cuando él estaba cerca. La manera en que lograba hacer que aquel mundo desconocido pareciera menos hostil. La sensación absurda de normalidad que encontraba a su lado incluso en medio de toda aquella confusión.
Y Ona odiaba eso.
Odiaba no entender lo que estaba sintiendo. No quería detenerse a preguntarse por qué la partida del emperador le había dejado aquella sensación amarga en el pecho, ni por qué la imagen de Shen Yang alejándose junto a sus sirvientes volvía una y otra vez a su cabeza sin permiso. A veces incluso recordaba detalles insignificantes sobre él sin ninguna razón: la curva apenas visible de su sonrisa, el tono sereno de su voz o aquella irritante facilidad que tenía para tranquilizarla cuando sentía que todo comenzaba a desmoronarse dentro de ella.
Y eso era precisamente lo que más la confundía.
Porque mientras una parte de su corazón seguía inquietándose cada vez que pensaba en Huizong… otra comenzaba a buscar refugio en Shen Yang sin que ella pudiera impedirlo.
Así que trabajaba. Trabajaba hasta agotarse. Pasaba horas ayudando a los enfermos del monasterio, preparando remedios herbales, organizando hierbas medicinales junto a los monjes y asistiendo a quienes llegaban buscando ayuda. Era más fácil concentrarse en el dolor ajeno que enfrentar el propio.
Y durante un tiempo… funcionó.
Hasta aquella mañana.
El sonido de caballos quebró la tranquilidad del monasterio antes incluso de que el sol terminara de elevarse sobre las montañas. Varios monjes abandonaron sus tareas al escuchar el movimiento en el exterior y el murmullo comenzó a extenderse rápidamente por el patio principal.