Al final del pasillo, acompañado por dos sirvientes, estaba .
El rostro de Ona cambió apenas al reconocerlo.
Shen Yang también se detuvo al verla.
Durante un instante, el corredor entero pareció quedarse en silencio.
Él estaba más pálido de lo normal. Cansado. Y a su lado permanecía una joven elegantemente vestida, sosteniendo entre las manos un recipiente de hierbas medicinales.
Su prima.
La cercanía entre ambos golpeó a Ona de una manera completamente irracional. Porque era evidente que aquella mujer estaba cuidándolo. Y Ona no tenía derecho a sentirse herida por eso. Ninguno.
Aun así, algo incómodo se tensó dentro de su pecho.
Shen Yang dio un paso hacia ella.
—No esperaba verte aquí.
Su voz seguía siendo cálida. Familiar.
Y Ona comprendió, con una claridad casi dolorosa, cuánto había extrañado escucharla.
Intentó responder con normalidad.
—Me llamaron para ayudar con la epidemia.
La prima de Shen Yang observó a Ona con evidente curiosidad, recorriendo discretamente su aspecto extranjero antes de inclinar apenas la cabeza por cortesía.
El eunuco imperial rompió el momento antes de que el silencio pudiera volverse más incómodo.
—Lady Ona, los médicos imperiales aguardan vuestra presencia.
Ella asintió lentamente.
Pero antes de seguir caminando, volvió a mirar a Shen Yang apenas un instante.
Y el leve alivio que sintió al verlo con vida la desconcertó más de lo que estaba preparada para admitir.
Ona siguió al eunuco sin mirar atrás.
El aire dentro de las estancias imperiales era más pesado, cargado de humo medicinal y hierbas hervidas. Las cortinas estaban corridas, pero la luz aún se filtraba en franjas débiles, dibujando sombras largas sobre los biombos.
Y entonces lo vio.
Huizong estaba recostado sobre el lecho imperial.
Ya no había presencia majestuosa en él.
Solo fiebre.
El rostro enrojecido, la respiración irregular, el cuerpo sostenido apenas por almohadones. Un médico intentaba ajustar un paño húmedo en su frente, pero sus manos temblaban.
Por primera vez, el emperador no parecía inalcanzable.
Parecía humano.
Demasiado humano.
Ona se quedó inmóvil un instante más de lo debido.
Y en ese instante, algo dentro de ella se quebró apenas un poco… sin hacer ruido.
No debía estar allí.
No debía mirar así.
No debía sentir nada de eso.
Porque ella no pertenecía a ese mundo.
Debía volver.
Esa idea atravesó su mente como una línea fría, clara, inevitable.
Volver a su época.
Volver a su misión.
No quedarse.
Nunca quedarse.
Pero el cuerpo no obedeció del todo a la razón.
Avanzó.
Se arrodilló junto al lecho.
Colocó dos dedos en la muñeca del emperador.
El pulso era rápido. Inestable.
Demasiado frágil para alguien que sostenía un imperio.
Ona tragó saliva.
El emperador abrió los ojos apenas un instante.
No del todo.
Solo lo suficiente para verla.
Y ese reconocimiento tenue le atravesó el pecho de una forma que no pudo controlar.
Retiró la mano demasiado rápido.
—No hables —susurró, sin saber si era una orden o una súplica.
El emperador no respondió.
Pero tampoco cerró los ojos de inmediato.
Cuando salió de la sala principal, el eunuco la condujo hacia una cámara lateral donde se almacenaban registros médicos y documentos antiguos del palacio.
—Aquí podréis trabajar sin interrupciones —dijo.
Ona asintió, aunque su mente seguía atrapada en la habitación anterior.
Y entonces, sin aviso, llegó otro pensamiento.
No del emperador.
No del palacio.
Sino de alguien que no estaba allí.
Shen Yang.
La imagen fue breve, pero suficiente.
Su voz tranquila.
Su forma de mirarla sin juicio.
La sensación incómodamente segura de estar cerca de él.
Y con esa imagen, llegó otra cosa.
Más oscura.
Más personal.
El recuerdo de lo que había sentido al verlo marcharse.
No lo había entendido entonces.
Y seguía sin entenderlo ahora.
Solo sabía que había algo en ese vacío que le dolía de una forma distinta.
Y eso la desordenaba todavía más.
Porque no encajaba.
Nada encajaba.
Ni Huizong.
Ni Shen Yang.
Ni ella misma.
Y, por encima de todo eso, seguía apareciendo el mismo pensamiento que la obligaba a tensarse por dentro:
no podía olvidar que debía regresar.
La habitación estaba llena de estanterías, rollos de bambú y archivos sellados.
El aire era distinto.
Más seco.
Más antiguo.
Y entonces lo vio.
Un sello.
No imperial.
Más antiguo.
Tianlongshi.
Ona se quedó quieta.
Pasó los dedos sobre el documento.
Sellado.
Restringido.
Como si incluso el propio palacio hubiera querido olvidarlo.
—¿Qué es esto? —murmuró.
El eunuco dudó.
Demasiado.
—No es información que deba ser consultada sin orden directa.
Eso fue suficiente.
Ona retiró la mano.
Pero el nombre quedó clavado en su mente.
Y con él, otra certeza incómoda:
cuanto más avanzaba en ese mundo… más difícil parecía la idea de salir de él.
A lo lejos, otra tos profunda se escuchó desde la sala del emperador.
Ona salió de la estancia del emperador con el pulso aún inestable. La fiebre de Huizong seguía sin ceder, pero no era eso lo que le pesaba. Era la forma en que él la había mirado… o más bien, la forma en que no había intentado retenerla.
En su presencia había algo distinto hoy. Una distancia consciente, no indiferencia.
Huizong permanecía recostado, pero su voz salió clara, aunque débil:
—Has hecho suficiente. Puedes retirarte.
Ona dudó un instante.
—Su estado aún no es estable.
Él la observó apenas, sin insistir.