Los días siguientes transcurrieron envueltos en humo medicinal, corredores silenciosos y noches demasiado largas dentro del palacio imperial. La epidemia continuaba extendiéndose por la capital y Ona apenas tenía tiempo para detenerse a pensar. Quizá por eso comenzó a pasar más tiempo junto a Shen Yang.
Al principio solo eran conversaciones breves nacidas del trabajo compartido. Comentarios sobre remedios, registros médicos o informes provenientes de distintos sectores de la ciudad. Pero, lentamente, aquella rutina comenzó a transformarse en otra cosa.
Shen Yang empezó a ayudarla con una naturalidad que desarmaba. A veces conseguía hierbas difíciles de encontrar antes de que ella siquiera las pidiera. Otras veces aparecía con antiguos registros sobre epidemias similares ocurridas décadas atrás. Incluso comenzó a colaborar con ella revisando algunos documentos relacionados con la Tianlongshi.
Y durante aquellos momentos, Ona descubrió algo que no esperaba.
Le gustaba hablar con él.
Una tarde, mientras revisaban antiguos escritos bajo la luz temblorosa de una lámpara de aceite, Ona levantó apenas la vista del pergamino que sostenía entre las manos.
—Nunca te pregunté cuál es exactamente tu cargo en el palacio.
Shen Yang dejó el pincel a un lado antes de responder.
—Trabajo en la Academia Hanlin.
Ona parpadeó apenas. Incluso ella comprendía la importancia de aquello.
—¿Eres erudito imperial?
Él asintió como si no fuera algo relevante.
—Aprobé el examen hace algunos años.
Uno de los asistentes que ordenaba documentos cerca de ellos habló antes de contenerse:
—El señor Shen fue el más joven en aprobarlo en su primer intento.
Ona giró hacia él con evidente sorpresa.
—¿En serio?
Por primera vez en días, Shen Yang sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
—No tiene demasiada importancia ahora.
Pero Ona seguía observándolo con genuina impresión. Y eso, por alguna razón, pareció incomodarlo más que cualquier elogio recibido en la corte.
Después de unos instantes, Shen Yang apoyó nuevamente el pincel sobre la mesa.
—¿Y tú? —preguntó con calma.
Ona levantó la mirada.
—¿Yo qué?
—¿Cómo era tu vida antes de llegar aquí?
La pregunta la tomó desprevenida.
Permaneció en silencio unos segundos antes de responder.
—Fui criada de manera muy estricta. Cuando notaron que tenía facilidad para aprender, pusieron personas a enseñarme desde muy pequeña. Siempre estaba estudiando algo… ciencia, cálculos, teoría…
Shen Yang frunció apenas el ceño.
—¿Teoría?
Ona sintió el error demasiado tarde.
—Quiero decir… enseñanzas del templo —corrigió rápidamente—. Los maestros del lugar donde crecí.
Shen Yang la observó un momento más de lo habitual, como si percibiera algo extraño en sus palabras. Pero no insistió.
Y Ona, silenciosamente, agradeció que no lo hiciera.
Los días continuaron transcurriendo así: trabajando, investigando y acercándose sin darse cuenta.
Mientras tanto, Ona seguía visitando cada noche los aposentos de Huizong. La fiebre tardaba demasiado en desaparecer.
Aquella noche el palacio estaba particularmente silencioso. Solo el sonido lejano de algunos pasos y el crepitar tenue de las velas rompían la quietud.
Huizong dormía.
La luz cálida suavizaba apenas las facciones normalmente severas de su rostro. Ona cambió las compresas húmedas con cuidado y volvió a sentarse junto al lecho.
Lo observó durante unos segundos demasiado largos.
Incluso enfermo seguía teniendo algo imposible de ignorar.
Algo que imponía presencia aun en silencio.
Sin detenerse a pensarlo demasiado, Ona levantó lentamente la mano y acarició apenas su rostro. El recuerdo de aquel beso regresó de inmediato a su memoria y el corazón comenzó a latirle con demasiada fuerza.
Debería haberse apartado ahí.
Pero no lo hizo.
Se inclinó apenas y besó suavemente los labios del emperador, apenas un instante, como si incluso el aire pudiera descubrirla.
Cuando se separó sintió el pulso completamente desordenado dentro del pecho.
Se puso de pie demasiado rápido y salió de la habitación casi huyendo de sí misma.
Sin embargo, apenas cruzó el corredor, se detuvo.
Porque vio a Shen Yang.
Estaba junto a su prima y ella lo abrazaba mientras hablaban en voz baja.
La escena fue breve. Inofensiva.
Y aun así, algo incómodo se tensó inmediatamente dentro de Ona.
Desvió la mirada antes de que pudieran verla y comenzó a caminar rápido por los pasillos del palacio, intentando recuperar el control sobre sí misma.
—¿Qué importa, Ona Romagnoli? —murmuró en voz baja mientras avanzaba—. De todas maneras no perteneces aquí.
Sus pasos resonaron suavemente sobre el suelo de piedra.
—Debes regresar a tu propia línea temporal… así que deja de hacerte ilusiones.
La frase sonó firme.
Pero ni siquiera ella logró convencerse del todo.
Cuando regresó más tarde a los aposentos imperiales, encontró al emperador todavía dormido. La fiebre parecía haber descendido un poco.
Ona dejó los recipientes con medicina junto a la mesa y volvió a sentarse cerca del lecho.
El agotamiento acumulado de los últimos días terminó venciendo lentamente a su cuerpo.
Y sin darse cuenta, se quedó dormida junto a la cama del emperador.
Ya entrada la noche, Huizong abrió lentamente los ojos.
La habitación permanecía en silencio.
Entonces la vio.
Dormida junto a él.
El rostro cansado. Las manos aún marcadas por el trabajo constante de los últimos días.
Huizong permaneció observándola largo rato sin decir nada.
Después, lentamente, levantó una mano y apartó apenas un mechón de cabello de su rostro.
Había algo extrañamente cálido en su mirada.
Algo que rara vez permitía ver.