Ona inclinó rápidamente la cabeza apenas la emperatriz Dowager avanzó hacia el interior de la habitación.
El aire pareció tensarse de inmediato.
La emperatriz Dowager se detuvo junto al lecho imperial con una elegancia impecable, observando primero a su hijo y luego a Ona con una calma imposible de descifrar.
—Así que tú eres la santa de Beishan —dijo finalmente.
Su voz era suave.
Demasiado suave.
Ona mantuvo la mirada baja por respeto.
—Este humilde sujeto saluda a Su Alteza.
La emperatriz Dowager sonrió apenas.
Pero sus ojos continuaron examinándola con detenimiento.
El cabello extranjero.
Las facciones distintas.
La forma de hablar.
Incluso la manera en que permanecía junto al emperador.
Nada parecía escaparle.
—He oído muchas cosas sobre ti desde tu llegada al palacio —continuó lentamente—. Los médicos imperiales aseguran que has sido de gran ayuda durante esta epidemia.
—Solo hago lo que está a mi alcance para ayudar a los enfermos.
—Qué respuesta tan correcta.
La frase sonó amable.
Y aun así, Ona sintió algo incómodo detrás de aquellas palabras.
La emperatriz Dowager continuó observándola unos instantes más.
Como si estuviera evaluando algo mucho más profundo que simples modales.
Huizong, desde el lecho imperial, notó aquella mirada de inmediato.
Y también comprendió lo que significaba.
—Madre —intervino con calma—, Ona ha trabajado sin descanso durante días. No deberíais retenerla más tiempo aquí.
La emperatriz Dowager volvió apenas la mirada hacia su hijo.
Y por primera vez desde que había entrado en la habitación, algo parecido a una sombra cruzó sus ojos.
No molestia.
Interés.
Porque reconoció enseguida el matiz protector oculto en aquellas palabras.
Huizong rara vez intervenía por alguien.
Mucho menos de esa manera.
La emperatriz guardó silencio un momento antes de asentir suavemente.
—Tienes razón. No deseo agotar más a la santa de Beishan.
Después volvió a mirar a Ona.
—Puedes retirarte.
Ona inclinó nuevamente la cabeza.
—Sí, Su Alteza.
Y salió de la habitación sintiendo todavía aquella mirada clavada sobre su espalda.
La emperatriz Dowager abandonó las estancias imperiales poco después acompañada por sus eunucos y damas personales.
El corredor permanecía silencioso a esas horas de la noche.
Durante varios pasos no dijo nada.
Pero finalmente habló sin detenerse.
—¿Qué sabe la corte sobre ella?
Uno de los eunucos inclinó rápidamente la cabeza antes de responder.
—¿Su Alteza se refiere a la santa de Beishan?
—Mm.
El hombre dudó apenas un instante.
—Se dice que Su Majestad comenzó a mostrar interés por ella desde su primera visita al monasterio. También… que ha permitido excepciones poco habituales respecto a su presencia dentro del palacio.
La emperatriz Dowager permaneció en silencio.
El eunuco continuó con cautela:
—Muchos funcionarios consideran que Su Majestad podría estar pensando en tomarla como concubina.
Los pasos de la emperatriz Dowager no se detuvieron.
Pero algo en su expresión se volvió más frío.
—¿Y ella?
El eunuco bajó aún más la cabeza.
—No parece buscar favores de la corte, Su Alteza.
Eso hizo que la emperatriz Dowager entrecerrara apenas los ojos.
Porque eso era todavía más peligroso.
Las mujeres ambiciosas podían controlarse.
Las que no deseaban nada…
eran impredecibles.
La emperatriz continuó caminando lentamente por el corredor iluminado por faroles.
Elegante.
Serena.
Como si nada hubiera cambiado.
Pero dentro de ella, una decisión silenciosa ya comenzaba a tomar forma.
Los días posteriores a la visita de la emperatriz Dowager transcurrieron bajo una calma extraña dentro del palacio imperial.
La epidemia continuaba extendiéndose por algunos sectores de la capital, aunque lentamente comenzaba a estabilizarse gracias a las medidas de aislamiento que Ona había insistido en imponer casi desde el primer día.
Para sorpresa de muchos funcionarios, el emperador no solo había aprobado cada una de sus peticiones.
Las había reforzado.
Sectores completos del palacio fueron cerrados. Se restringió el tránsito entre patios internos. Los enfermos comenzaron a separarse de quienes aún permanecían sanos. Incluso los médicos imperiales, aunque incómodos, terminaron obedeciendo las órdenes transmitidas directamente por Su Majestad.
Y aquello empezó a llamar demasiado la atención.
Porque Huizong escuchaba a Ona.
Más de lo normal.
Mucho más de lo que la corte consideraba apropiado.
—Su Majestad ha ordenado abrir los antiguos registros astronómicos del archivo imperial —informó un eunuco cierta mañana mientras Ona organizaba varias hierbas medicinales sobre una mesa de madera—. También autorizó vuestro acceso a los pabellones históricos del ala oriental.
Ona levantó la vista con sorpresa.
—¿Los registros astronómicos?
—Así es.
El hombre inclinó respetuosamente la cabeza.
—Su Majestad considera que cualquier información relacionada con fenómenos extraños ocurridos en el pasado podría ayudar en vuestra investigación sobre la Tianlongshi.
El corazón de Ona se tensó apenas.
Así que realmente estaba ayudándola.
No solo permitiéndole investigar.
Moviendo recursos imperiales para ella.
Aquello era peligroso.
Demasiado.
Porque cuanto más cerca estaba de la verdad…
más cerca estaba también de encontrar la manera de regresar.
Y aun así, una parte de ella comenzaba a odiar esa idea.
Aunque intentó convencerse de que aquello solo era gratitud.
Después de todo, el emperador necesitaba resolver la epidemia.
Era lógico que quisiera ayudarla a investigar.