Mil años entre nosotros

Capítulo 15

Los días posteriores a la visita de la emperatriz Dowager transcurrieron bajo una calma extraña dentro del palacio imperial.

La epidemia continuaba extendiéndose por algunos sectores de la capital, aunque lentamente comenzaba a estabilizarse gracias a las medidas de aislamiento que Ona había insistido en imponer casi desde el primer día.

Para sorpresa de muchos funcionarios, el emperador no solo había aprobado cada una de sus peticiones.

Las había reforzado.

Sectores completos del palacio fueron cerrados. Se restringió el tránsito entre patios internos. Los enfermos comenzaron a separarse de quienes aún permanecían sanos. Incluso los médicos imperiales, aunque incómodos, terminaron obedeciendo las órdenes transmitidas directamente por Su Majestad.

Y aquello empezó a llamar demasiado la atención.

Porque Huizong escuchaba a Ona.

Más de lo normal.

Mucho más de lo que la corte consideraba apropiado.

—Su Majestad ha ordenado abrir los antiguos registros astronómicos del archivo imperial —informó un eunuco cierta mañana mientras Ona organizaba varias hierbas medicinales sobre una mesa de madera—. También autorizó vuestro acceso a los pabellones históricos del ala oriental.

Ona levantó la vista con sorpresa.

—¿Los registros astronómicos?

—Así es.

El hombre inclinó respetuosamente la cabeza.

—Su Majestad considera que cualquier información relacionada con fenómenos extraños ocurridos en el pasado podría ayudar en vuestra investigación sobre la Tianlongshi.

El corazón de Ona se tensó apenas.

Así que realmente estaba ayudándola.

No solo permitiéndole investigar.

Moviendo recursos imperiales para ella.

Aquello era peligroso.

Demasiado.

Porque cuanto más cerca estaba de la verdad…

más cerca estaba también de encontrar la manera de regresar.

Y aun así, una parte de ella comenzaba a odiar esa idea.

Aunque intentó convencerse de que aquello solo era gratitud.

Después de todo, el emperador necesitaba resolver la epidemia.

Era lógico que quisiera ayudarla a investigar.

¿No?

Los archivos imperiales resultaron mucho más extensos de lo que Ona había imaginado.

Pasó días enteros recorriendo corredores silenciosos repletos de rollos antiguos, registros incompletos y crónicas deterioradas por el paso del tiempo. El olor del papel envejecido y de la tinta seca impregnaba el aire constantemente. Algunos documentos hablaban de eclipses. Otros de incendios celestes registrados siglos atrás. Muchos estaban acompañados por anotaciones escépticas escritas por eruditos posteriores.

“Relato improbable.”
“Sin evidencia verificable.”
“Posible superstición local.”

Ona revisaba texto tras texto bajo la tenue luz de los faroles hasta que una noche encontró un manuscrito distinto al resto.

El papel estaba desgastado por la humedad y el tiempo. Las cubiertas apenas conservaban restos de tinta, y varias páginas parecían haber sido copiadas incontables veces a lo largo de distintas generaciones.

No tenía apariencia de documento oficial.

Parecía más bien una recopilación de leyendas antiguas.

Ona lo abrió lentamente.

Las primeras páginas hablaban acerca de fenómenos celestes registrados durante antiguos períodos de guerra. Luces atravesando el cielo nocturno. Objetos caídos desde las montañas. Relatos transmitidos entre aldeas aisladas del norte del imperio.

Ona siguió leyendo sin demasiado interés.

Hasta que encontró el nombre.

Tianlongshi.

El corazón le dio un vuelco inmediato.

Se incorporó apenas sobre la mesa y comenzó a revisar las líneas siguientes con mucha más atención.

El texto hablaba de una piedra encontrada cerca de una región montañosa al norte del imperio. Según antiguos relatos, quienes la hallaron afirmaban que la roca conservaba calor incluso durante el invierno y que durante algunas noches desprendía luces extrañas acompañadas por sonidos difíciles de describir.

Algunos testimonios aseguraban que los animales evitaban acercarse al lugar después del anochecer y que varias personas regresaban de la montaña diciendo haber escuchado “el cielo respirar”.

La mayoría de los eruditos posteriores descartaban aquellas historias como supersticiones locales deformadas por el paso del tiempo.

Y aun así…

Ona sintió un escalofrío.

Porque aquello no sonaba completamente imposible.

El manuscrito incluso mencionaba un templo antiguo construido cerca del lugar donde supuestamente había aparecido la piedra siglos atrás.

Pero justo cuando comenzaban las referencias geográficas más específicas, varias páginas faltaban.

Quizá destruidas por el tiempo.

Quizá jamás copiadas nuevamente.

Ona pasó lentamente los dedos por los bordes desgastados del papel mientras intentaba contener la frustración.

Tan cerca.

Había llegado demasiado cerca.

Durante los días siguientes, la búsqueda comenzó a consumirla por completo.

Dormía poco.

Comía apenas lo necesario.

Pasaba horas entre textos antiguos intentando conectar fragmentos dispersos, comparando mapas deteriorados y relatos contradictorios. A veces incluso olvidaba cuánto tiempo llevaba sentada allí hasta que el cuerpo comenzaba a dolerle.

Y mientras más avanzaba…

más se repetía a sí misma que no debía olvidar por qué estaba allí.

Debía regresar.

Tenía que regresar.

No podía permitirse echar raíces en aquel tiempo.

No podía permitirse sentir demasiado.

Y aun así…

cada vez que Huizong aparecía inesperadamente en los archivos o enviaba nuevos registros para ayudarla, algo dentro de ella se volvía más difícil de ignorar.

Días después, al regresar agotada de uno de los sectores de cuarentena, Ona descubrió movimiento frente a los aposentos que le habían asignado.

Varios sirvientes trasladaban cofres, biombos y macetas hacia un patio interior conectado a sus habitaciones.




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