Mil años entre nosotros

Capítulo 16

Aquella noche, incluso después de que Huizong abandonó el patio privado, Ona fue incapaz de volver a concentrarse realmente en los manuscritos. Permaneció sentada frente a la mesa durante largo rato con la mirada fija sobre las páginas abiertas, aunque ya no estaba leyendo nada. Seguía escuchando aquella pregunta dentro de su cabeza. “¿De verdad deseas irte?”

El sonido de la lluvia continuaba cayendo suavemente sobre los tejados del palacio. El viento húmedo hacía oscilar apenas la llama de los faroles, proyectando sombras doradas sobre los antiguos escritos.

Ona cerró lentamente el manuscrito que tenía frente a ella y, por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de sí misma. Porque el problema ya no era Huizong. Era ella. Era la forma en que comenzaba a reaccionar cerca de él. La manera en que su presencia alteraba su lógica. La facilidad con la que empezaba a olvidar por momentos quién era realmente.

Ona apoyó ambos brazos sobre la mesa y se cubrió el rostro con las manos, agotada.

No podía permitirse aquello.

Ella había hecho un compromiso consigo misma. Con la ciencia. Con su investigación. Con las personas de su época que seguían esperando respuestas. No iba a dejar que sentimientos personales interfirieran con todo aquello.

Además, debía recordar constantemente que ese no era su tiempo.

Ella no pertenecía allí.

Y mientras más estudiaba la Tianlongshi, más consciente era del peligro que implicaba alterar demasiado las cosas. ¿Qué ocurriría si permanecía allí? ¿Qué pasaría si sus acciones terminaban afectando acontecimientos futuros? ¿Si provocaba fracturas temporales sin siquiera darse cuenta?

La sola posibilidad le helaba la sangre.

Debía regresar.

Aunque comenzara a dolerle la idea.

Ona soltó lentamente el aire y terminó guardando varios de los escritos dentro de una caja de madera lacada. Necesitaba despejar la cabeza.

Se puso de pie lentamente y abandonó el pequeño patio privado.

Los corredores del ala oeste permanecían tenuemente iluminados por faroles nocturnos. El palacio estaba mucho más silencioso que de costumbre, pero no era una calma verdadera. Era agotamiento. Uno pesado. Visible.

A medida que avanzaba por los pasillos, Ona comenzó a notar detalles que antes quizá habría ignorado. Sirvientes caminando con movimientos lentos por falta de sueño. Eunucos apoyados unos segundos contra las columnas antes de continuar trabajando. Médicos imperiales revisando registros con ojeras profundas bajo la luz de los faroles. Incluso algunos eruditos dormían inclinados sobre las mesas de trabajo del ala administrativa.

La epidemia no solo había enfermado personas.

Había consumido al palacio entero.

Y a ella también.

Ona continuó caminando lentamente por los corredores abiertos mientras el aire frío de la noche rozaba suavemente las mangas de su túnica.

Por un instante, sintió deseos de regresar al monasterio Beishan. Allí todo era más simple. Más silencioso. Más fácil de comprender.

Pero ese pensamiento desapareció tan rápido como llegó.

Porque sabía perfectamente que ya nada volvería a sentirse igual después de haber entrado en el corazón de la corte imperial.

Después de haber conocido a Huizong.

Y ese fue precisamente el pensamiento que hizo que Ona se detuviera abruptamente en medio del corredor.

Frunció el ceño consigo misma, molesta.

No debía seguir pensando en él de aquella manera. No debía permitirse empezar a construir deseos imposibles. Porque incluso si olvidaba por un instante quién era ella… el mundo jamás lo haría.

Él seguía siendo el emperador.

Y ella… solo una extranjera atrapada fuera de su tiempo.

Ona permaneció varios segundos inmóvil junto a una de las lámparas de piedra del corredor exterior. El viento nocturno descendía frío desde los jardines internos del palacio, haciendo estremecer apenas las mangas ligeras de su túnica.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que no escuchó los pasos acercarse.

Solo sintió, de pronto, el peso tibio de una capa cubriéndole suavemente los hombros.

Ona se sobresaltó apenas y giró la cabeza.

Shen Yang estaba detrás de ella.

La expresión tranquila de siempre permanecía en su rostro, aunque el cansancio bajo sus ojos era evidente incluso bajo la tenue luz de los faroles.

—Se resfriará si continúa caminando por los corredores sin abrigarse —dijo con naturalidad, como si aquello fuera lo más obvio del mundo.

Ona bajó lentamente la mirada hacia la capa oscura que él acababa de colocar sobre sus hombros.

Y por alguna razón… aquello le dolió un poco.

Porque tiempo atrás, un gesto así probablemente habría acelerado su corazón de inmediato.

Ahora, en cambio, sentía algo distinto. Más confuso. Más distante. Como si algo dentro de ella hubiera cambiado silenciosamente sin que terminara de darse cuenta cuándo ocurrió.

Aun así, levantó apenas la vista hacia él.

—Gracias.

Shen Yang apoyó una mano detrás de la espalda mientras observaba los corredores vacíos.

—Todo el palacio habla de usted últimamente.

Ona frunció apenas el ceño.

—Eso no suena bien.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Shen Yang. Pequeña. Discreta.

—En la corte casi nada lo es.

Aquello consiguió arrancarle una pequeña risa cansada a Ona.

Y Shen Yang la observó apenas un instante más de lo debido. Como si el simple hecho de verla sonreír aliviara algo dentro de él.

Después desvió la mirada hacia los jardines oscuros.

—Se ve agotada —dijo finalmente, con un tono mucho más bajo—. Debería descansar más y cuidar mejor de usted misma, señorita.

No sonó como un reproche. Ni como una orden.

Sonó personal. Sincero.

Como alguien que llevaba varios días observándola trabajar hasta el límite sin saber cómo decirle que aquello comenzaba a preocuparle.

Ona sintió una pequeña presión incómoda en el pecho.




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