Mil años entre nosotros

Capítulo 17

Durante los días siguientes, Ona comenzó a preparar discretamente su partida del palacio. Los mapas antiguos sobre la Tianlongshi permanecían extendidos sobre la mesa de su patio privado junto a anotaciones y registros incompletos. Después de semanas enteras revisando manuscritos viejos y relatos contradictorios, había llegado a una conclusión simple: no encontraría respuestas encerrada entre paredes.

Si la Tianlongshi realmente existía, debía realizar directamente su búsqueda geológica en las montañas del norte. Sobre el terreno. Allí donde habían surgido los antiguos relatos.

Aquella decisión le devolvió algo de claridad mental. Un objetivo. Una dirección. Y quizá precisamente por eso comenzó a evitar todavía más pensar en Huizong.

Esa tarde, Ona acomodaba varios pergaminos dentro de una caja de viaje cuando escuchó pasos acercándose lentamente al patio. No necesitó levantar la vista para saber quién era.

Huizong se detuvo bajo el corredor de madera observando los mapas abiertos sobre la mesa. Montañas. Rutas. Anotaciones.

Silencio.

Después habló.

—Así que era cierto.

Ona levantó apenas la vista.

—¿Qué cosa?

—Que está preparándose para marcharse.

Ella guardó lentamente uno de los manuscritos antes de responder:

—Debo continuar mi investigación.

Huizong permaneció observándola unos segundos más.

—Últimamente ya no la veo.

Aquellas palabras fueron tranquilas. Demasiado tranquilas.

Ona evitó mirarlo directamente.

—Ha estado ocupado.

—¿Y acaso usted no?

El aire pareció tensarse apenas entre ambos. Ona soltó lentamente el pergamino que sostenía.

—Su Majestad sabe perfectamente que esto terminará tarde o temprano. Lo que yo haga o lo que usted piense realmente no tiene demasiada relevancia.

Finalmente levantó la mirada hacia él.

—Porque ambos sabemos que yo me marcharé.

Algo oscuro cruzó apenas los ojos de Huizong. No enojo. Algo peor. Dolor contenido.

—¿Y para usted eso resulta tan sencillo?

La pregunta tomó a Ona desprevenida.

Huizong avanzó lentamente hacia la mesa.

—Porque para mí no lo es.

Aquello hizo que el corazón de Ona comenzara a latir demasiado rápido. Pero él no levantó la voz. No intentó detenerla. Ni siquiera intentó pedirle que se quedara. Y quizá precisamente por eso dolía más.

Ona apartó la mirada hacia los jardines.

—No debería decir esas cosas.

—¿Por qué?

Ella soltó una pequeña risa amarga, cansada.

—Porque mientras más las escucho… más difícil se vuelve recordar por qué debo irme.

El viento movió suavemente los faroles del patio. Durante varios segundos ninguno habló.

Y entonces Ona volvió a hablar, esta vez más bajo.

—En el lugar de donde vengo existe una novela muy famosa. El retrato de Dorian Gray.

Huizong frunció apenas el ceño.

—¿Quién es Dorian Gray?

Aquello tomó a Ona ligeramente por sorpresa. Por un instante incluso pareció olvidarse de dónde estaba realmente. Después una pequeña sonrisa cansada apareció en sus labios.

—No es una persona real. Es un personaje de una historia escrita por un gran sabio de mi pueblo.

Huizong la observó en silencio, esperando que continuara.

Ona bajó apenas la mirada hacia sus manos.

—La historia habla de cómo ciertos deseos terminan consumiendo lentamente a las personas desde dentro.

Su voz se volvió más baja. Más honesta.

—Últimamente siento que algo así me está ocurriendo. Como si una ambición hubiera calado mis huesos… mis propios tuétanos… y mientras más intento callarla, más comienza a desgastarme por dentro.

Huizong no apartó la mirada de ella ni un instante. Y Ona sintió que quizá acababa de decir demasiado. Porque por primera vez no estaba hablando de la Tianlongshi. Ni del tiempo. Ni de regresar.

Estaba hablando de él.

El silencio entre ambos se volvió peligrosamente íntimo.

Y aun así, ninguno retrocedió.

El silencio entre ambos se volvió peligrosamente íntimo y aun así, ninguno retrocedió.

Huizong parecía a punto de decir algo más cuando unos pasos apresurados resonaron detrás del corredor de madera. Ambos apartaron apenas la mirada al mismo tiempo.

Un eunuco imperial se detuvo varios metros detrás de ellos e inclinó rápidamente la cabeza.

—Su Majestad, la corte matutina ya se ha reunido. Los ministros aguardan su presencia.

El momento se rompió de inmediato. Como una cuerda tensada demasiado tiempo.

Huizong cerró apenas los ojos un instante, conteniendo algo que Ona no supo nombrar. Después volvió a mirarla. Y por primera vez desde que lo conocía, Ona pudo notar claramente frustración en él. Pequeña. Controlada. Pero real.

—Debo irme —dijo finalmente.

Ona asintió despacio.

—Lo sé.

El eunuco continuaba esperando en silencio varios pasos detrás.

Huizong permaneció todavía unos segundos observándola, como si quisiera memorizar algo de ella antes de marcharse. Sus ojos descendieron apenas hacia el rostro de Ona. Aquellos ojos azules imposibles. El cabello dorado cayendo en ondas suaves sobre sus hombros. Y aquella expresión melancólica que últimamente parecía haberse instalado permanentemente en ella.

Algo dentro de él deseó, por un instante, simplemente tomar su mano y pedirle que se quedara. Que dejara de hablar de partir. Que permaneciera junto a él.

Pero no lo hizo.

Porque le había prometido respetar su voluntad.

Y Huizong jamás rompía una promesa.

Ni siquiera cuando comenzaba a costarle respirar sostenerla.

Por eso terminó apartándose lentamente, aunque antes de irse dijo en voz baja:

—Esta noche.

Ona levantó apenas la mirada.

—¿Qué?

—Los estanques de lotos junto al ala oeste.

El corazón de Ona dio un golpe brutal dentro de su pecho.

Huizong sostuvo su mirada apenas un instante más.

—Quiero verla allí.




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