Ona llegó al estanque de lotos antes de la hora acordada.
La noche era silenciosa.
Las aguas oscuras reflejaban la luz temblorosa de los faroles y el aire frío comenzaba a anunciar la llegada del invierno.
Durante unos instantes permaneció inmóvil junto al borde del estanque.
Todavía le costaba creer que hubiera aceptado acudir.
Ni siquiera estaba segura de qué esperaba de aquella conversación.
Quizá nada.
Quizá demasiado.
Apretó los dedos alrededor de la pequeña linterna de papel que sostenía entre las manos.
El reflejo dorado de la llama osciló sobre la superficie del agua.
Huizong aún no había llegado.
Y, por alguna razón, eso la puso nerviosa.
Porque cuanto más tiempo permanecía allí sola, más difícil resultaba ignorar lo que estaba ocurriendo dentro de ella.
El afecto que sentía por él ya no podía esconderse detrás de excusas.
Ni detrás de la gratitud.
Ni detrás de la amistad.
Aquello era algo mucho más peligroso.
Algo que jamás había planeado.
Algo que no debía suceder.
Escuchó pasos aproximándose detrás de ella.
Ona se giró.
Pero no era Huizong.
Era una mujer vestida con las sedas oscuras propias de las damas personales de la emperatriz viuda.
La mujer se inclinó respetuosamente.
—Lady Ona.
El corazón de Ona se hundió de inmediato.
—¿Sí?
—Su Alteza la emperatriz viuda solicita verla de inmediato.
Ona frunció ligeramente el ceño.
—¿Ahora?
—Ahora.
La respuesta fue cortés.
Pero no sonó como una invitación.
Sonó como una orden.
Ona volvió la vista hacia el sendero por donde Huizong debía llegar.
Por un instante consideró negarse.
Sin embargo, descartó la idea inmediatamente.
Era la emperatriz viuda.
No podía rechazar una convocatoria semejante.
—Entiendo.
La dama hizo un gesto para que la siguiera.
Y unos momentos después, Ona abandonó el estanque sin saber que Huizong llegaría apenas unos minutos más tarde para encontrar únicamente el jardín vacío.
Los corredores interiores del palacio estaban casi vacíos a aquella hora.
El sonido de los pasos de Ona y la dama resonaba suavemente sobre las losas de piedra mientras avanzaban cada vez más hacia las dependencias privadas de la emperatriz viuda.
A medida que caminaban, Ona comenzó a sentir una incomodidad difícil de explicar.
Algo no estaba bien.
La convocatoria había sido demasiado repentina.
Demasiado oportuna.
Como si alguien hubiera sabido exactamente dónde encontrarla aquella noche.
Finalmente llegaron ante unas altas puertas de madera oscura.
Dos eunucos apartaron las hojas silenciosamente.
La dama hizo una reverencia.
—Lady Ona ha llegado.
Ona entró.
El salón estaba iluminado por lámparas de aceite suspendidas de soportes de bronce.
El aroma del incienso impregnaba el aire.
Todo transmitía orden.
Control.
Autoridad.
Al fondo de la estancia, la emperatriz viuda permanecía sentada junto a una mesa baja cubierta de documentos y sellos imperiales.
No levantó la vista de inmediato.
Terminó primero de leer el texto que tenía entre las manos.
Después dejó el documento a un lado.
Solo entonces observó a Ona.
Aquello resultó extrañamente intimidante.
Como si la anciana hubiera decidido deliberadamente recordarle cuánto poder existía entre ambas.
—Acércate.
Ona obedeció.
La emperatriz viuda la observó durante varios segundos.
Sin hablar.
Sin sonreír.
Sin mostrar emoción alguna.
Aquella mirada era peor que cualquier insulto.
Parecía estar evaluándola.
Midiéndola.
Calculando exactamente qué lugar ocupaba dentro del tablero que protegía.
Finalmente habló.
—Ahora entiendo.
Ona parpadeó.
—¿Su Alteza?
—Ahora entiendo por qué mi hijo ha perdido tanto tiempo contigo.
El comentario cayó con aparente suavidad.
Pero debajo de aquella voz tranquila había una dureza imposible de ignorar.
Ona sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No pretendía...
—No me interesa lo que pretendías.
La emperatriz viuda tomó lentamente su taza de té.
—Lo único que me interesa son los resultados.
El silencio volvió a instalarse.
—Mi hijo es el emperador de la Gran Song.
Su mirada permanecía fija sobre Ona.
—No es un hombre común.
No puede elegir libremente.
No puede amar libremente.
No puede vivir para sí mismo.
Cada una de sus decisiones afecta al imperio entero.
La anciana dio un pequeño sorbo a su té.
—Y sin embargo, últimamente parece olvidar esa realidad cuando está cerca de ti.
Ona bajó la mirada.
No porque aceptara la acusación.
Sino porque sabía que había algo de verdad en aquellas palabras.
La emperatriz viuda continuó.
—Eres extranjera.
No perteneces a ninguna familia noble.
No tienes linaje.
No tienes conexiones políticas.
No tienes el estatus necesario para ocupar un lugar junto a él.
Sus palabras no fueron pronunciadas con crueldad.
Eso era precisamente lo inquietante.
Hablaba como alguien que estuviera describiendo una ley natural.
Algo inevitable.
—Y aun así —continuó— has permitido que las cosas lleguen demasiado lejos.
Ona levantó la vista.
—Yo jamás he intentado perjudicar a Su Majestad.
—No dudo que lo creas.
La emperatriz viuda dejó la taza sobre la mesa.
—Pero las buenas intenciones no cambian la realidad.
La anciana inclinó apenas la cabeza.
—Una mujer inteligente sabe retirarse antes de convertirse en un problema.
El corazón de Ona comenzó a latir con fuerza.
Por primera vez comprendió claramente hacia dónde se dirigía aquella conversación.