La entrevista había terminado.
—Puedes retirarte.
Ona hizo una reverencia automática.
Después giró sobre sus talones y abandonó la sala.
Solo cuando las puertas se cerraron detrás de ella comprendió que estaba temblando.
Cuando Huizong llegó al estanque de lotos, el jardín estaba vacío.
La linterna de papel que Ona había llevado aquella noche permanecía apoyada sobre la baranda de madera del puente.
La llama aún seguía encendida.
Aquello significaba que había estado allí.
Y que se había marchado hacía poco.
Huizong permaneció inmóvil observando la pequeña luz vacilar sobre el agua oscura.
Algo dentro de él se tensó inmediatamente.
Ona no era una mujer descortés.
Si había aceptado encontrarse con él, no se habría marchado sin más.
Mucho menos dejando atrás la linterna.
—¿Quién estuvo aquí? —preguntó.
Uno de los guardias inclinó la cabeza.
—Vimos a una de las damas personales de la emperatriz viuda, Su Majestad.
Huizong volvió la vista lentamente hacia él.
—¿La emperatriz viuda?
—Sí, Su Majestad.
El emperador no dijo nada.
Pero la expresión de su rostro cambió.
Porque no hacía falta ser especialmente perspicaz para entender qué había ocurrido.
Su madre había intervenido.
Una vez más.
La brisa nocturna agitó las ramas desnudas de los árboles.
Durante unos segundos permaneció observando el estanque.
Después se volvió.
—Retírense.
Los guardias obedecieron inmediatamente.
Huizong permaneció algunos instantes más completamente solo.
Mirando la linterna.
Mirando el lugar donde Ona debía haber estado esperándolo.
Y sintió una desagradable sensación de frustración.
No por haber perdido aquella conversación.
Sino porque conocía demasiado bien a su madre.
Sabía cómo operaba.
Sabía cómo pensaba.
Y sabía que cuando ella decidía intervenir, nunca lo hacía sin un motivo.
Aquella misma noche se dirigió a los aposentos de la emperatriz viuda.
La anciana aún permanecía despierta.
Como si hubiera esperado su llegada.
Cuando Huizong entró, ella estaba revisando documentos junto a una mesa baja.
Ni siquiera pareció sorprendida al verlo.
—Hijo mío.
Huizong realizó la reverencia protocolar correspondiente.
Pero fue breve.
Demasiado breve.
La emperatriz viuda lo notó.
—¿Ocurre algo?
—He sabido que Lady Ona estuvo aquí esta noche.
La anciana levantó la vista lentamente.
—Así es.
—¿Con qué propósito?
La emperatriz viuda tomó una taza de té.
—Simple curiosidad.
Huizong permaneció en silencio.
Aquella respuesta era demasiado simple.
Demasiado conveniente.
—¿Y qué hablaron?
La emperatriz viuda sonrió apenas.
—¿Desde cuándo el emperador interroga a su propia madre sobre conversaciones privadas?
Huizong sostuvo su mirada.
—Desde que esas conversaciones parecen alterar el comportamiento de las personas involucradas.
Por primera vez la sonrisa desapareció.
Solo un instante.
Pero desapareció.
La emperatriz viuda dejó la taza sobre la mesa.
—Hablamos de asuntos apropiados para dos mujeres.
Nada más.
Huizong no respondió.
Porque no le creyó.
Y ella lo sabía.
Durante unos segundos el silencio se volvió incómodo.
La anciana terminó rompiéndolo.
—¿Te preocupa tanto esa muchacha?
La pregunta fue formulada con aparente ligereza.
Pero ambos comprendieron perfectamente lo que había detrás.
Huizong bajó la mirada hacia los documentos de la mesa.
—Me preocupa cualquier persona que sirva fielmente al imperio.
—Por supuesto.
Aquella vez la ironía fue casi imperceptible.
Casi.
La emperatriz viuda volvió a tomar su taza.
—No debes preocuparte.
Lady Ona se encuentra perfectamente.
Solo necesitaba recordar ciertas realidades.
Aquellas palabras terminaron de confirmar las sospechas de Huizong.
No supo exactamente qué había ocurrido.
Pero sí comprendió que algo había sido dicho.
Algo importante.
Algo suficientemente grave como para que Ona abandonara el estanque sin esperarlo.
Cuando finalmente se retiró de los aposentos imperiales, el malestar no había desaparecido.
Al contrario.
Había empeorado.
Porque conocía demasiado bien a su madre.
Y sabía reconocer cuándo estaba ocultando algo.
Mientras caminaba por los corredores silenciosos del palacio, una única idea comenzó a instalarse en su mente.
Necesitaba hablar con Ona.
Y averiguar qué había ocurrido realmente aquella noche.
Ona regresó a su patio privado poco antes de la medianoche.
No recordaba con claridad el camino de regreso.
Solo las palabras de la emperatriz viuda repitiéndose una y otra vez dentro de su cabeza.
"No tienes el estatus necesario."
"Una mujer inteligente sabe retirarse."
"Ordenaré tu ejecución."
Al cruzar la puerta de sus aposentos, se apoyó unos segundos contra la madera.
De pronto se sintió agotada.
No físicamente.
Era un cansancio más profundo.
Más difícil de explicar.
Como si algo se hubiera quebrado silenciosamente dentro de ella.
Vei, que había permanecido despierta esperándola, se levantó de inmediato.
—¿Lady Ona?
Ona intentó responder.
Pero no encontró palabras.
Simplemente negó con la cabeza.
—Quiero estar sola.
Aquello bastó para que Vei comprendiera que algo grave había ocurrido.
No insistió.
La observó desaparecer dentro de sus habitaciones y cerrar la puerta.
Aquella noche Ona no durmió.
Permaneció sentada junto a la ventana observando las sombras proyectadas por los faroles del patio.
Intentó leer.
No pudo.
Intentó estudiar los manuscritos relacionados con la Tianlongshi.