Mil besos para morir

PRÓLOGO

Mi nombre es Elina, podría haberlo cambiado o inventarme otros, pero preferí conservarlo, porque un nombre también puede ser un acto de resistencia. Elina significa “luz”, “resplandeciente”, “antorcha” en griego. Aunque he pasado la mayor parte de mi vida entre sombras, me aferro a la idea de que algo de esa luz todavía sigue en mí. Tal vez no para iluminar a otros, pero sí para recordarme quién fui, para mantener viva mi propia llama.

Escribo estas memorias a finales de marzo del 2025, en los últimos días de un verano extraño, desde mi casa en Santa Clara del Mar, Argentina. El sol quema más que antes, el cielo parece más desgastado y el mar, aunque resuena con el mismo murmullo de siempre, se ve más apagado, como si también estuviera cansado de llevar las olas a la orilla.

Cuando has vivido tanto, la memoria empieza a traicionarte, a volverse líquida y a desdibujarse. Antes de que me olvide de mí misma, quiero dejar algo que se quede, incluso cuando yo ya no esté.

Decidí que la única forma de contar mi historia es a través de las palabras. Elijo escribir esto en castellano. Un castellano que, lo sé, está teñido de rioplatense ya que es el dialecto que me adoptó cuando más lo necesitaba. Viajé a través de las fronteras de América y de España, me quité y me puse idiomas o acentos como quien cambia de ropa, pero fue ese eco argentino el que se me cosió a la piel. Por eso te hablo desde este acento, que se impuso sobre todos.

Mi forma de escribir quizá te resulte extraña: un poco antigua, un poco moderna. A veces uso palabras que no me pertenecen, que vienen de siglos lejanos. Estoy hecha de muchas versiones de mí misma, de ruinas, de canciones olvidadas, de idiomas extintos y de besos que cambiaron el rumbo de demasiadas vidas.

Fui escribiendo en hojas sueltas, en el reverso de un boleto de tren, en servilletas, en el margen de un pasaporte. Las fui juntando como se junta la vida: con parches, con silencios, con recuerdos que no siempre se quieren recordar.

Cada capítulo de estas memorias lleva el título de una canción, y estoy segura de que algunas resonarán en tu cabeza cuando las leas. No es un recurso decorativo, sino la clave de cada historia, canciones de las últimas décadas, temas que se siguen escuchando y otros más recientes.

La música fue siempre mi otra voz. Cuando yo no podía hablar, dejaba que una canción lo hiciera por mí. Algunas me recuerdan a ciudades lejanas, otras a hombres que se fueron demasiado pronto, y otras simplemente al eco de mi propia soledad. Quise que cada título fuera un guiño al lector, porque estas canciones existen y nos pertenecen a todos.




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