By and Down the River - Junto al río y río abajo
A Perfect Circle
Una mañana, seguía el murmullo de un arroyo, sus aguas transparentes serpenteaban entre piedras redondeadas. Al final del bosque, el arroyo se fundía con un río más amplio y profundo, de corrientes lentas y misteriosas. Nunca me atreví a nadar en esas aguas.
Me senté sobre una roca. El sol ya estaba alto y sus rayos jugaban en la superficie del agua. Me incliné y vi mi reflejo: el cabello despeinado, la frente perlada de sudor, una rama de lavanda detrás de la oreja. Entonces empecé a cantar, era una melodía vieja, de esas que mi madre me susurraba en las noches para ayudarme a dormir. Palabras que no significaban nada y, a la vez, lo significaban todo.
Fue en ese instante que lo vi, del otro lado del arroyo. Un joven alto, de pie en la orilla. Sus ojos eran de un verde extraño, con un borde gris, intensos y sin brillo. Me miraban sin pestañar. Su rostro era anguloso, esculpido con precisión: pómulos marcados, mandíbula firme y sus labios gruesos dibujaban una sonrisa que me descolocó por completo. Su cabello, negro azabache, era indomable. No se veía perfecto ni descuidado, era una desobediencia elegante. Vestía con sencillez: una túnica de lino celeste que caía hasta sus tobillos. Las mangas largas cubrían sus brazos como alas y una leve abertura en el pecho dejaba entrever la calma de su respiración. Pero su presencia desmentía la humildad del atuendo. Su porte era otro: no era un campesino, no era un noble, no parecía humano.
—¿Deseas nadar?
Extendió una mano hacia mí desde la otra orilla.
Al principio dudé. Una parte de mí, la parte que hablaba con las abejas y leía los mensajes en las nubes, supo que él no era un hombre cualquiera. Que había algo más allá de lo visible. Pero mis pies ya se habían movido y mis labios ya le habían sonreído. Asentí y me adentré en el agua hasta acortar la distancia que nos separaba.
Mi curiosidad siempre fue más fuerte que el miedo. Levanté la mano, casi sin pensar y rocé su brazo. Su piel, increíblemente pálida, estaba extrañamente fría bajo el sol del mediodía. Me quedé hipnotizada, atrapada en la profundidad de esa mirada verde y gris que seguía sin parpadear. Él no dijo una sola palabra. Sus ojos descendieron lentamente hacia mis labios, deteniéndose allí con una intensidad que me robó el aliento. Luego, sin apartar la vista, tomó la mano que aún descansaba sobre su brazo y tiró de mí suavemente hacia él.
El arroyo era una melodía líquida que nos envolvía, danzábamos y nadábamos siguiendo su ritmo. Nos sumergíamos y emergíamos riendo. Cuando la corriente me arrastró un poco, él me sostuvo con una seguridad que calmó mi miedo. Me aferré sin dudar y me dejé llevar.
—Tranquila, no permitiré que nada te suceda.
Su voz era firme, como sus brazos. En ese instante, breve y eterno, creí estar a salvo. Creí que el mundo, con toda su rareza, finalmente encajaba en sus brazos fuertes. Pero esa misma calidez repentina llevaba un susurro oculto, una advertencia muda, una coincidencia forzada, la sombra de algo por venir.
El aire se volvió frío de repente y la luz del sol se apagó. El agua cambió, se tornó espesa y oscura. Las orillas comenzaron a difuminarse. Las hojas de los árboles enrojecieron. Lo que era la música del río se volvió un silencio opresivo. Y entonces llegaron los gritos, primero como ecos lejanos y luego como lamentos reales, humanos, antiguos. Intenté nadar, me desesperé. Pero mis piernas eran de piedra y mis brazos se hundían sin fuerza. Mi pecho se llenó de miedo.
Mi destino fue arrastrado por una corriente que me llevaría a otro rumbo.