Poison - Veneno
Alice Cooper
Desperté empapada y temblando. No era el frío lo que me helaba, sino la certeza de que mi mundo había quedado atrás. Ya no había arroyo, ni bosque, ni Grecia.
El cielo era un crepúsculo perpetuo, una mancha rojo violáceo que no se decidía entre la muerte del día y la agonía de la noche. No había estrellas ni pájaros, solo un silencio absoluto. La orilla del río estaba cubierta de pequeñas piedras porosas, calientes al tacto, como si acabaran de ser expulsadas de las entrañas de un volcán. Vapores espirales ascendían desde la tierra, envolviéndolo todo en una bruma densa, casi aceitosa. El aire olía a ceniza y a sulfuro. Como si los siglos hubieran exhalado su último aliento justo allí. Detrás de mí, un agua negra, como petróleo.
Me esforcé por levantarme, pero mi cuerpo no respondía. Me sentía ajena, extraña. Al tocar mi pecho, no sentí los latidos de mi corazón. Exhalé por la nariz y la boca, pero no sentí que el aire saliera. Pensé que estaba muerta, que la Muerte había venido a reclamarme. Pronto descubriría que algo peor me había encontrado.
Frente a mí, estaba el joven. Pero ahora, algo en su figura ya me decía que no era humano. Era como si el entorno se hubiera rendido a su presencia; peor aún: como si todo ese reino existiera solo para él. Su elegancia contrastaba con aquel paisaje de ruinas y, sin embargo, encajaba. Su postura era impecable, el rostro sereno, pero sus ojos, ahora parecían brasas encerradas en hielo, una mezcla de rojo y celeste que no parecían mirarme, sino devorarme.
—Bienvenida, Elina.
—¿Dónde estamos? —pregunté, temiendo la respuesta—. ¿Qué es este lugar?
—Mi hogar, el reino que yace debajo del tuyo, el Inframundo. Llegamos hasta aquí fluyendo por el río Estigia.
Su respuesta cayó sobre mí como una verdad que no quería aceptar. Di un paso atrás y tropecé con una raíz carbonizada. El miedo me apretaba el pecho como una garra invisible.
En ese instante, supe que no había regreso, que la libertad era un recuerdo y que la vida había cambiado de forma. Él ya me había visto, me había elegido, y los dioses no olvidan ni perdonan.
—¿Quién eres? —susurré, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.
Él inclinó la cabeza levemente, con una cortesía antigua, casi irónica.
—Soy Hades, el Dios del inframundo, el que reina bajo la tierra. Amo de la oscuridad. Soberano de los muertos. Guardián de las almas que cruzan este río. Y desde hace días, tu más devoto observador.
Mi garganta se cerró. Quise hablar, pero no me salían las palabras.
—Rara vez me detengo a observar a los mortales. Pero tú tienes algo especial. Caminas con libertad, te ríes como si el tiempo no te pesara, eres la más viva entre los vivos.
—Devuélveme a mi mundo —exigí, intentando sonar firme, pero sintiendo cómo el miedo me quebraba la voz—. No quiero estar aquí. No te lo pedí.
—Yo te voy a pedir algo.
Sus ojos se tornaron más oscuros, más cercanos a la noche.
—Quiero que vivas conmigo, aquí, eternamente. Serás reina entre sombras. Libre de enfermedad, de muerte, de dolor, de envejecer.
—Prefiero morir —interrumpí, y esta vez mi voz sonó más segura—. Antes que vivir contigo en este infierno.
Él sonrió con paciencia, como quien sabe que el tiempo juega a su favor.
—La muerte no será una opción para ti.
Retrocedí y el suelo crujió bajo mis pies. A mis espaldas, el río burbujeaba como si ardiera por dentro. Los gritos lejanos, antes murmullos, ahora eran lamentos definidos.
—¡Jamás! —dije, apretando los puños—. No quiero tu reino, ni tu eternidad, ni tu amor. Amo mi mundo, amo mi libertad… aunque sea mortal.
—¿Tanto miedo te da el amor de un Dios?
—Me da asco tu idea de amor; no sabes amar nada ni a nadie. No quiero ser tu prisionera, no me interesa.
Y entonces, sin pensarlo, me atreví a golpearlo. La bofetada cruzó el aire como un látigo. Su rostro se giró apenas, y por un instante, la sonrisa desapareció. Sus ojos, antes tan contenidos, brillaron con furia.
—Me encanta que tu primer contacto físico, sabiendo quién soy realmente, sea a través de un golpe. Mi interés por ti va en aumento.
Mientras él hablaba, corrí. El suelo se quebró bajo mí, y de la tierra emergieron dos criaturas de barro. Serpientes gigantes, negras, con ojos de fuego. Se enroscaron alrededor de mis tobillos y muñecas, transformándose en grilletes de hierro candente con formas de escamas. Caí de rodillas, me ardía todo el cuerpo.
Él se acercó, y mientras lo hacía, su figura pareció transformarse. Ya no era solo el joven del río. Su sombra se proyectaba sin necesidad de luz. Ahora parecía más alto, imponente, cruel. Su piel tenía un tono más bronceado por siglos de fuego. Llevaba una túnica de color turquesa, dejando ver un torso duro como la piedra. Sus músculos estaban perfectamente definidos, como si cada fibra hubiera sido forjada en antiguas batallas. Su cabello ahora caía largo y ondulado en mechones oscuros hasta los hombros, enmarcando un rostro de rasgos firmes y viriles. La barba áspera lo hacía parecer aún más severo, más eterno. Pero lo que más impactaba eran sus ojos celestes, fríos y profundos. Eran ojos que no miraban, decidían destinos.
—Tú elegiste, Elina. Dejaré que seas libre… pero a mi manera.
Me sujetó del rostro. Sus dedos eran fríos como mármol sumergido en agua helada. Su boca se posó sobre la mía: fue un beso largo, amargo, una marca, una imposición. Sentí una invasión oscura que me atravesó los labios y se implantó en cada rincón de mi cuerpo, un veneno que fluyó por mis venas. Una llama ardiente se encendió en mi corazón. Una luz dorada brotó de mis ojos por unos segundos, luego se extinguió.
—¿Qué me hiciste?