Mil formas de amar

Capítulo 1

CAPÍTULO 1

El peso del recuerdo

¿Puedes imaginar lo que es tener una esposa a quien deseas darle muchas cosas y no tener? Ella me cuida, me ama y se merece que yo pudiera salir con ella a pasear. Quisiera tener dinero para comprarle ropa; a ella le encanta, lo sé porque la veo mirando en su celular vestidos bonitos, zapatos y accesorios. Estoy triste por eso, y es una tristeza que, como mi invalidez, no se me pasa.

Pero si la realidad me niega esa felicidad, voy a inventar una nueva. Si mis piernas no me llevan y mis bolsillos están vacíos, mi mente será distinta. Voy a escribir una historia donde ella sea la reina que merece ser, donde le compro cada vestido que mira en su pantalla y donde mis hijos no conocen la palabra 'límite'. En esas páginas, vamos a recorrer el mundo juntos, sin sillas de ruedas, sin cuentas pendientes, solo nosotros y el horizonte.

Querida lectora, te invito a esta travesía.

La Travesía: Destino París

Empecemos por París. La luz de la tarde cae dorada sobre la Avenida Montaigne y ella camina a mi lado, radiante, sin el cansancio de los años difíciles en el rostro. Se detiene frente a una vitrina de cristal impecable, sus ojos brillan con la misma intensidad que cuando mira el celular en la penumbra de nuestra habitación, pero esta vez, el objeto de su deseo está a solo unos pasos.

—¡Mira este vestido tan lindo! —exclama, señalando una pieza de seda que parece flotar.

—¡Cómpralo! —le respondo de inmediato, disfrutando de la fuerza de mi propia voz y de la firmeza de mis pasos sobre el pavimento.

Ella me mira con esa duda que la realidad le ha tatuado en la frente.

—¿Cuánto valdrá?

—No preguntes el precio —le digo, tomándola de la mano con seguridad—. Si te gusta, ¡cómpralo! Aquí, en estas letras, mi amor, el presupuesto es infinito y mi deseo de verte feliz es la única moneda que cuenta.

El probador de los sueños

Ella entra a la tienda con paso tímido, pero las puertas se abren como si la hubieran estado esperando toda la vida. Yo me quedo en un sillón de terciopelo, cruzando las piernas —un gesto sencillo que en este mundo es un triunfo—, mientras la veo desaparecer tras una cortina pesada.

Cuando sale, París parece detenerse. El vestido le queda como si hubiera sido cosido para ella. Se mira en el espejo de tres cuerpos, se da una vuelta y, por un segundo, se olvida de los ahorros, de las facturas y de mi invalidez. Se ve a sí misma: la mujer hermosa y vibrante que siempre ha sido.

—¿Me veo bien? —pregunta.

—Te ves como la dueña del mundo —le respondo, y en mi mente ya estoy firmando el recibo con tinta invisible—. Y ahora, busca los zapatos. No nos vamos de aquí hasta que lleves tantas bolsas que tengamos que pedir un taxi solo para ellas.

Bajo las luces de la torre

La noche en París huele a lluvia reciente y a flores frescas. Estamos sentados en una pequeña mesa con mantel blanco, justo frente a la Torre Eiffel, que parpadea como si intentara seguirle el ritmo a los latidos de mi corazón. Ella lleva puesto el vestido nuevo, y la luz de las velas hace que sus ojos brillen de una manera que hacía años no veía.

Me inclino hacia ella, estirando una mano que no tiembla, y le acaricio la mejilla.

—Sabes, mi vida —le digo con voz suave, mientras el sonido de un acordeón se escucha a lo lejos—, sé que esto es un invento mío. Sé que estamos en nuestra habitación, que mis piernas no responden y que el dinero sigue siendo una cuenta pendiente.

Ella me mira con una ternura infinita, pero antes de que pueda decir algo, continúo:

—Pero aunque todo este escenario sea de papel y sueños, lo que siento mientras te miro aquí es lo más real que tengo. Este orgullo de ser tu esposo, este deseo de bajarte las estrellas y este amor que no cabe en ninguna invalidez... eso no lo estoy inventando. Eso es lo único que la realidad no me ha podido quitar.

— Lo sé— dice ella con ternura, yo recibo con amor lo que puedas darme. Lo importante es el detalle. Me haces sentir que parecemos dos niños que juegan juntos como una manera muy original de quererse.




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