Mil formas de amar

Capítulo 2

Capítulo 2: La Promesa de una luna de miel

Hay deudas que no se pagan con dinero, sino con el tiempo que se nos escapa entre los dedos. Primero se lo prometí para nuestra luna de miel, pero los bolsillos estaban vacíos. Luego le dije que iríamos para nuestro aniversario, pero la vida se puso difícil y los planes se quedaron guardados en un cajón. Pasó el tiempo, llegaron las limitaciones y el mar se convirtió en un horizonte inalcanzable. Pero hoy no. Hoy el calendario se detiene y las promesas se cumplen.

—Abre los ojos, mi vida —le digo en un susurro, mientras el aire caliente y salado nos golpea la cara.

No estamos en cualquier lugar. Estamos en ese hotel de playa que ella tantas veces miró en folletos, ese con las cabañas sobre el agua y la arena blanca como la harina.

—¡Es el hotel de la foto! —exclama ella, llevándose las manos a la boca.

Yo no estoy en la silla. Estoy de pie, con los pies descalzos sobre la madera del muelle, sintiendo el sol en los hombros. La tomo de la cintura y la acerco a mí, sintiendo su perfume mezclarse con la brisa marina.

—Te lo debía —le digo al oído—. Te debía este amanecer, este lujo y este silencio. Ya no hay más "después". El aniversario es hoy y cada día que yo decida escribir para ti.

Ella se apoya en mi pecho y miramos el océano infinito. Por primera vez en mucho tiempo, no siento el peso de lo que no pude darle, sino la satisfacción de verla allí, donde siempre soñé que estaría.

El traje de baño.

Ella entra a la boutique del hotel y, esta vez, no busca algo que oculte o que sea simplemente "práctico". Sale con un traje de baño que parece diseñado por el mismo sol: elegante, atrevido, de un color que resalta su piel bronceada por esta luz que solo existe en mi imaginación.

Caminamos juntos por la orilla, justo donde la espuma del mar nos lame los pies. Yo camino erguido, con la frente en alto, sintiendo el orgullo inflarme el pecho. Noto cómo los hombres que descansan en sus camastros o caminan por la arena giran la cabeza para verla pasar. Siento sus miradas de admiración, y por qué no, un poco de esa envidia sana.

Ella se da cuenta y sonríe con una timidez pícara, apretando mi mano.

—Todos me están mirando —me susurra, escondiendo la cara en mi hombro.

—Que miren —le respondo con una sonrisa triunfal—. Que vean lo que es una mujer hermosa. Durante mucho tiempo estuvimos guardados entre cuatro paredes, pero hoy el mundo es tu pasarela. Eres la mujer más bella de esta playa y de todas las que voy a inventar para ti.

En ese momento, ella deja de ser la cuidadora cansada para ser la mujer deseada, la reina de mi historia, y yo soy el hombre afortunado que camina a su lado, disfrutando de cada mirada que confirma lo que yo siempre he sabido.

Por la noche.

La noche cae sobre el hotel y el sonido de las olas se mezcla con las notas de una banda de música en vivo que llega desde la terraza. El ambiente huele a coco, a perfume caro y a libertad. Ella se ha puesto un vestido largo, de una tela oscura y gruesa que cae con elegancia sobre sus curvas, ocultando el secreto que le pedí que guardáramos para nosotros.

—¿Estás segura de que nadie lo nota? —me pregunta al oído, con las mejillas encendidas mientras caminamos hacia la pista de baile.

—Nadie puede ver nada —le respondo, rodeando su cintura con seguridad—, pero yo lo sé. Y esa sensación es la que necesitamos hoy. Ese pequeño atrevimiento que nos recuerda que estamos vivos, que somos fuego.

Entramos en la discoteca y la música nos envuelve. No hay sillas de ruedas, no hay dolores, no hay cansancio. La tomo de la mano y la guío hacia el centro de la pista. Ella se mueve al ritmo de la música, y yo disfruto de la complicidad de nuestras miradas. Cada vez que la acerco a mí, el roce de la tela de su vestido contra su piel me recuerda nuestro pacto silencioso.

En medio de las luces y el ritmo, ella se ríe como no lo hacía en años. Somos dos amantes en un mundo que no nos debe nada, viviendo un momento que es solo nuestro. No es solo baile; es recuperar el territorio del deseo que la realidad nos había intentado arrebatar.




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