Capítulo 3: Bienvenidos a Disney.
—¡Papá, mira el castillo! —grita el más pequeño, señalando esas torres azules que parecen tocar el cielo.
En esta historia, yo voy caminando a su lado. Los tomo de las manos y siento la energía de sus dedos pequeños apretando los míos.
—Vayan —les digo, dándoles un suave empujón hacia la entrada principal—. Hoy no hay que elegir entre un helado o un juguete. Hoy, todo lo que vean y deseen, es suyo.
Veo a mi esposa sonreír. Ella lleva ropa cómoda y una gorra de orejas de ratón que la hace ver diez años más joven. Me mira de reojo, sabiendo que este es mi regalo para ellos, pero también para mi propio corazón de padre.
—¿Estás seguro, "jefe"? —me susurra ella con tono juguetón, recordando los días en que hacíamos malabares con las cuentas.
—Hoy soy el dueño de la fábrica de magia —le respondo—. ¡Míralos! Por fin el dinero es solo papel de colores y lo único que importa es que no se borre esa sonrisa de sus caras.
Nos detenemos en la tienda principal,.
—Vengan aquí —les digo, llamándolos al centro del pasillo—. Elijan lo que quieran, pero quiero que cada uno se lleve unas orejas de Mickey personalizadas. Con sus nombres bordados en hilo de oro.
Sus caras se iluminan. Mientras el empleado borda los nombres con una precisión lenta, yo les compro también esos globos gigantes que tienen un Mickey dentro de otro globo transparente, de esos que parecen flotar por encima de todos los problemas del mundo.
—Esto es para que nunca olviden que estuvimos aquí —les digo mientras les coloco las gorras con cuidado—. Para que cuando cierren los ojos en casa, recuerden que en el mundo de papá, ustedes siempre tienen lo mejor.
Mi esposa me mira mientras sostiene los globos. Por un momento, el brillo de los globos se refleja en sus ojos y parece que estamos en una burbuja donde nada malo nos puede alcanzar.