Mil inviernos

Capitulo 2

Despierto antes de que el sol termine de colarse por los ventanales.

No sé cuánto tiempo dormí. Tampoco sé si realmente dormí o solo me rendí al cansancio. Mi cuerpo está limpio, cubierto por sábanas suaves que no reconozco, pero mi mente sigue sucia, atrapada en ese cuarto húmedo, en el sonido de las cadenas, en la voz del hombre que decía que “vendrían”.

Me incorporo de golpe.

La habitación sigue ahí. Grande. Imponente. Demasiado perfecta para alguien como yo.

Respiro hondo, pero el aire no entra bien en mis pulmones. Me llevo una mano al pecho, como si pudiera calmar el latido acelerado de mi corazón. No hay cadenas. No hay puertas reforzadas. Solo una cama enorme, muebles elegantes, una alfombra espesa bajo mis pies descalzos.

Y, aun así, sé que no puedo irme.

Estoy atrapada.

Me levanto con cautela, como si el suelo pudiera romperse bajo mis pies. Camino despacio hasta uno de los ventanales. Afuera, jardines interminables, fuentes, árboles perfectamente cuidados. Todo es demasiado grande. Demasiado lejos.

Demasiado ajeno.

—Quiero irme a casa… —susurro, y mi voz suena pequeña incluso para mí.

No sé dónde está “casa” ahora. No sé si mis padres me están buscando. No sé si alguien sabe dónde estoy. Esa certeza —o la falta de ella— me desborda. Siento un nudo en la garganta, una presión constante detrás de los ojos.

No han intentado tocarme. No me han golpeado. No me han amenazado.

Y eso es lo que más miedo me da.

Un golpe suave en la puerta me hace retroceder instintivamente.

—¿Señorita? —dice una voz femenina desde el otro lado—. ¿Puedo pasar?

Dudo. Cada fibra de mi cuerpo me grita que diga que no, que corra, que grite. Pero sé que no serviría de nada.

—Sí… —respondo al final.

La puerta se abre lentamente. Es una mujer mayor, vestida de manera impecable. Su expresión es neutra, casi amable. No parece peligrosa. Eso no la vuelve menos aterradora.

—El señor Wade desea verla —dice con respeto—. Cuando esté lista.

Mi estómago se contrae.

Wade.

Ese nombre resuena dentro de mí desde que desperté. No sé quién es realmente. No sé qué quiere. Solo sé que todos parecen obedecerle sin cuestionarlo.

—¿Puedo… negarme? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.

Ella me observa un segundo más de lo necesario.

—No sería recomendable.

Asiento. No confío en mi voz.

Me visto con lo primero que encuentro en el vestidor: un vestido sencillo, claro, que no se parece en nada a mí. Me miro en el espejo y casi no me reconozco. Tengo el cabello húmedo, la piel pálida, los ojos verdes apagados por el miedo.

Tengo diecisiete años. No debería estar aquí.

Camino detrás de la mujer por pasillos interminables. Cada paso se siente como una despedida silenciosa de algo que no sé nombrar. Finalmente, llegamos a una sala amplia, sobria, elegante.

Él está de espaldas.

—Puedes retirarte —dice con una voz firme, profunda.

La mujer se va. La puerta se cierra.

Me quedo sola con él.

—Keelesy —dice entonces, girándose—. Siéntate, por favor.

No es una orden. Eso me desconcierta más que si lo fuera.

Wade es mayor, imponente sin necesidad de alzar la voz. Su mirada es calculadora, pero no cruel. No sonríe. No parece apurado.

Me siento porque mis piernas ya no me sostienen.

—No estás aquí para que te hagan daño —continúa—. Si ese fuera el caso, no estarías sentada frente a mí ahora.

—Entonces… ¿por qué estoy aquí? —me atrevo a preguntar.

Él me observa con detenimiento, como si evaluara cada palabra que podría decir.

—Porque eres importante —responde—. Aunque aún no lo sepas.

Esa respuesta no me tranquiliza. Me aterra.

—Quiero irme a casa —digo, y esta vez no logro evitar que mi voz tiemble—. No hice nada. No entiendo qué está pasando.

—Lo sé —responde con calma—. Y precisamente por eso sigues viva y a salvo.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—Por ahora —agrega.

Silencio.

—Te quedarás aquí —continúa—. Tendrás todo lo que necesites. Comida, ropa, seguridad. Nadie te tocará sin mi permiso. Nadie te lastimará.

—¿Y mi libertad? —pregunto.

Wade me mira fijamente.

—Eso no puedo dártelo.

Las lágrimas me arden en los ojos, pero no caen. Me niego a llorar frente a él.

—No intentes escapar —dice, como si leyera mis pensamientos—. No porque te lo prohíba… sino porque no sobrevivirías ahí afuera.

Me pongo de pie de golpe.

—¡No quiero estar aquí! —mi voz se quiebra—. No pertenezco a este lugar.

Wade no se inmuta.

—Todavía no —dice—. Pero aprenderás.

Me despide con un gesto. Vuelvo a la habitación sintiendo que algo se ha roto dentro de mí.

Me encierro apenas la puerta se cierra detrás de mí.

El sonido es suave, casi educado, pero para mí es el eco de una sentencia. Camino sin rumbo durante unos segundos hasta que mis fuerzas me abandonan y me dejo caer al suelo, con la espalda apoyada contra la cama.

Me dejo caer en la cama, abrazándome a mí misma.

No me golpean. No me encadenan. No me gritan.

Y, aun así, nunca me sentí tan prisionera.

Cierro los ojos con fuerza.

No sé cómo. No sé cuándo.

Pero sé algo con absoluta certeza:

No pienso quedarme aquí para siempre.

No puedo más.

Me llevo las manos al rostro y ahí, recién ahí, me permito llorar.

Lloro en silencio, con el cuerpo encogido, como si todavía estuviera en aquel cuarto sucio, como si aún tuviera la cadena en el tobillo. Me arden los ojos, me duele la cabeza, me duele el pecho. Todo me duele.

—Mamá… —susurro, y su mención me rompe por dentro.

La imagino en la cocina, preparando café, preguntándome si llegué bien, reclamándome por llegar tarde. Doy lo que sea por escucharla gritarme ahora. Doy lo que sea por volver a discutir por cosas insignificantes.

Extraño a mi familia con una desesperación que me ahoga.



#5664 en Novela romántica
#499 en Joven Adulto

En el texto hay: mafias, identidad, accion amor

Editado: 01.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.