Mil maneras de volver a encontrarte

Capítulo 2 - Un desconocido conocido

Desde que fui madre nunca había descansado tan bien como esa noche; tanto que casi me da un infarto cuando me di cuenta de que podía perder el segundo avión hacia mi destino definitivo: Alemania.

—Mierda —murmuré.

Jacob estaba a mi lado durmiendo plácidamente, sin llorar y sin emitir ningún sonido.

—No deberías pronunciar esas palabras delante de él.

Se estaba atando el nudo de la corbata en inglés mientras se miraba en el espejo. Con la luz que entraba por la ventana me di cuenta de que era mucho más atractivo de lo que me había parecido la noche anterior. Tenía la piel clara y tersa, resaltando sus pómulos y una mandíbula bien definida. Cejas perfectas, una nariz redondeada y unos labios gruesos y rosados. Se notaba que se había afeitado recientemente porque apenas tenía un amago de barba. Sus ojos azules me examinaron fijamente: eran fríos y me penetraron como si su mirada quemase.

Busqué a mi alrededor la hora. El vuelo salía a las doce de la mañana desde Noruega, y recoger todas las maletas, tomar un taxi, facturar y llegar hasta la puerta de embarque corriendo con un bebé en brazos no era una opción pausada.

—Gracias —pronuncié mientras me levantaba y colocaba a Jacob en su carrito. Soltó un quejido, pero siguió durmiendo.

—No tenía otra opción.

Ni siquiera me digné a mirarlo. Imbécil. Y mentirosa.

Cuando tuve todas mis cosas, me moví hacia la puerta y le eché un vistazo rápido. Vestía un traje de chaqueta azul eléctrico que parecía estar diseñado a la medida de su cuerpo. O quizás lo estaba. Cerré detrás de mí y miré el móvil: apenas eran las nueve de la mañana. Suspiré aliviada y avancé hasta el mostrador para avisar de que me iba y pedir un taxi hacia el aeropuerto.

El proceso no fue fácil, pero conseguí hacer el papeleo, comer una barrita energética y alimentar a Jacob antes de subir a bordo.

—Pórtate bien, pequeño —le susurré al acomodarnos en el avión.

Jugó con un sonajero y un peluche de oso panda, comió otra vez y durante la primera hora de vuelo todo funcionó. Pero aún quedaban dos horas más hasta llegar a Hannover. Había buscado mucha información sobre la ciudad: el río que la cruzaba, su buena temperatura y lo bonita que era. Tenía mucha ilusión por estar allí y por ver crecer a Jacob en esa zona, aunque el miedo a enfrentarme a un trabajo nuevo en un país donde no dominaba el idioma me generaba una presión constante en el pecho.

Cuando los primeros quejidos de Jacob resonaron, empecé a mecerlo en mis brazos, una y otra vez, hasta que comenzó a llorar. Miré al señor mayor que tenía a mi lado, que intentaba ver una película con sus auriculares.

—Jacob —le regañé. Le regañé. Era un bebé de tan solo cuatro meses. ¿Cómo iba a entender que estaba haciendo algo mal? ¿Realmente estaba haciendo algo mal?

Me recogí el pelo como pude y me levanté con él en brazos para ir al baño del avión. Cogí lo necesario para cambiarlo; seguro se sentía mojado. Lo cambié sobre mis piernas de la mejor manera posible y paró de llorar.

—Bien, estamos bien.

Apretándolo contra mi pecho, me mecí dentro del diminuto espacio. Unos golpes en la puerta nos asustaron y comenzó a llorar de nuevo. Puse los ojos en blanco e ignoré el sonido: esa persona podía esperar. Tres golpes más fuertes retumbaron.

—¡Ocupado!

Cuatro golpes más. Mi paciencia se agotó y abrí la cerradura para encontrarme de frente con «el diablo». Es decir, el hombre misterioso y gruñón que me había cedido su cama la noche anterior en el hotel. Si mis ojos reflejaban sorpresa, los suyos eran dos témpanos de hielo. Fijos, serios e impenetrables.

—Si no te apartas, no puedo pasar —dijo en un inglés impecable, firme y grave.

—Claro.

Me aparté a un lado del estrecho pasillo para dejarlo entrar. Cerró la puerta tras de sí y suspiré; evidentemente no había venido a buscarme, solo necesitaba usar el baño.

Volví a mi asiento y aproveché que Jacob se tranquilizó para mirar el mapa de Hannover. Tenía una entrevista en el colegio esa misma tarde y solo de pensarlo me sudaban las manos. Me imaginaba a la típica directora diciéndome: «¿Por qué quieres este trabajo?», y yo, perdida y asustada, respondiendo: «Tengo un bebé que alimentar y lo estoy criando sola, ¿usted qué cree?». Con esa actitud dudaba que me dieran el puesto.

A menos de una hora de aterrizar, Jacob comenzó a llorar con todas sus fuerzas. Ni juguetes, ni cuentos, ni comida: nada lo calmaba. El señor a mi lado resopló al menos cinco veces en quince minutos e intentó taparse los oídos. Escuché quejas atrás y vi a alguien pedirle tapones a la azafata. Mi estómago rugía de hambre y de nervios; molestar a los demás era una de las cosas que peor gestionaba.

El hombre de mi lado resopló por última vez y se levantó molesto hacia la parte trasera. Cerré los ojos y mecí a Jacob susurrándole la nana que mi madre me cantaba de pequeña. Era mi último recurso.

Sentí que alguien ocupaba el asiento vacío a mi lado mientras el llanto de Jacob aumentaba. De pronto, una mano agarró la mía. Abrí los ojos con pánico, con el corazón acelerado golpeándome en el cuello. Pero a mi lado no había vuelto el hombre mayor enfadado, sino el desconocido de la noche anterior, que miraba a Jacob con el ceño fruncido mientras intentaba tomarlo en brazos.

—No.

Por primera vez desde que lo conocí, elevó las comisuras en una leve sonrisa. Y vaya sonrisa. Su labio inferior, más grueso que el superior, le daba un aspecto irresistible.

—Estás molestando a todo el avión. Déjame intentarlo.

—He dicho que no. Es mi hijo y los bebés lloran, ¿sabes?

—Sí, lo comprobé de sobra anoche.

La señora del otro lado del pasillo nos miró fijamente. La desafié con la mirada hasta que volvió su atención a la pantalla.

—Deja de insinuar cosas —le hablé muy bajo—. Nos están mirando mal.

—¿Nos miran por lo que he dicho o porque Jacob no para de llorar?




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