Miles de palabras, una decisión

Capitulo 1 - Escena 1 — Los mensajes

8:12 a. m.

El teléfono de Valeria vibró por quinta vez antes de que abriera los ojos.

No era la alarma.

La alarma había sonado doce minutos antes y ella la había apagado casi por instinto, como hacía cada mañana cuando sentía que el día comenzaba demasiado pronto. Lo que ahora insistía sobre la mesa de noche eran mensajes.

Uno.

Otro.

Y otro más.

Valeria estiró la mano sin incorporarse por completo y tomó el celular. La habitación todavía estaba en penumbra. Apenas entraba una franja de luz por las cortinas.

Desbloquea la pantalla.

Diecisiete notificaciones.

WhatsApp.

Instagram.

Dos correos.

Tres reacciones a una historia que había publicado la noche anterior.

Sonrió apenas.

No porque aquello fuera extraño.

Precisamente porque ya no lo era.

Abrió Instagram primero.

Había subido una fotografía sencilla. Nada especial. Estaba en una cafetería, con el cabello recogido, una blusa blanca y una taza sobre la mesa. Ni siquiera había pensado demasiado en la foto antes de publicarla.

Las respuestas decían otra cosa.

“Qué hermosa.”

“Cada día más bonita.”

“Definitivamente alguien tiene demasiada suerte.”

“¿Siempre te despiertas así de perfecta?”

Valeria deslizó el dedo por la pantalla.

Un corazón.

Una carita enamorada.

Un mensaje de alguien que apenas conocía.

Otro de alguien a quien nunca había visto en persona.

Y luego apareció un nombre que sí reconoció.

Marco Vidal.

—Otra vez tú… —murmuró.

Abrió el mensaje.

“Esa sonrisa debería tener derechos de autor.”

Valeria soltó una pequeña risa.

Era una frase absurda.

Demasiado preparada.

Y aun así funcionaba.

No respondió.

Solo dejó el mensaje abierto unos segundos más de lo necesario.

Después cerró Instagram y entró a WhatsApp.

Ahí estaba Daniel.

Su mensaje había llegado a las 7:02 a. m.

Daniel: Buenos días, amor. ¿Dormiste bien?

Valeria sintió algo diferente al leerlo.

No una emoción intensa.

No mariposas.

Más bien algo conocido.

Cálido.

Familiar.

Respondió:

Valeria: Buenos días ❤️ Sí, un poco cansada. ¿Y tú?

Daniel aparecía en línea.

Escribiendo…

La palabra desapareció.

Volvió a aparecer.

Finalmente llegó el mensaje.

Daniel: Bien. Ya voy saliendo para el trabajo. Come algo antes de irte a la universidad.

Valeria observó la pantalla.

Esperó.

Nada más.

Ni “te extraño”.

Ni “qué bonita estabas ayer”.

Ni “quiero verte”.

Solo:

Come algo antes de irte a la universidad.

Valeria sonrió, pero esta vez con cierta resignación.

Daniel era así.

Práctico.

Cuidadoso.

Afectuoso a su manera.

Siempre pendiente de cosas que parecían pequeñas.

Que comiera.

Que llegara bien.

Que no manejara cuando estuviera demasiado cansada.

Que llevara un paraguas cuando iba a llover.

Que revisara las llantas del carro.

Que descansara cuando tenía migraña.

Valeria sabía que todo aquello también era amor.

Lo sabía.

El problema era que algunas mañanas quería que el amor sonara un poco más bonito.

El teléfono vibró otra vez.

Adrián Molina: Buenos días, compañera favorita.

Valeria levantó una ceja.

Inmediatamente llegó otro mensaje.

Adrián: Espero que hoy vengas con ganas de salvar nuestro proyecto porque yo oficialmente ya me rendí 😂

Ella respondió sin pensarlo demasiado.

Valeria: Dramático. Apenas vamos empezando.

Adrián: Fácil decirlo cuando eres la más inteligente del grupo.

Valeria negó con la cabeza mientras sonreía.

Valeria: Exagerado.

Adrián: No estoy exagerando.

Unos segundos después:

Adrián: Aunque debo admitir que ser inteligente no es precisamente lo primero que uno nota de ti.

Valeria dejó de sonreír.

No porque el comentario la molestara.

Todo lo contrario.

Ahí estaba nuevamente esa sensación.

Pequeña.

Rápida.

Casi eléctrica.

No respondió.

Dejó el teléfono sobre la cama y se levantó.

Caminó hacia el espejo.

Su cabello estaba desordenado. Tenía una marca de la almohada en una mejilla y los ojos todavía medio dormidos.

—Sí, claro —dijo mirándose—. Perfecta.

Pero volvió a sonreír.

Mientras se arreglaba, el celular continuó vibrando sobre la cama.

Valeria intentó ignorarlo.

Se duchó.

Se maquilló ligeramente.

Eligió unos jeans oscuros, zapatillas blancas y una blusa color beige.

Frente al espejo dudó unos segundos.

Se soltó el cabello.

Luego volvió a recogerlo.

Se lo soltó otra vez.

—Ridícula —se dijo.

No iba a arreglarse para nadie.

O al menos eso quería creer.

Cuando regresó por el teléfono, tenía otro mensaje de Daniel.

Daniel: Te dejé dinero en la cuenta para que compres el libro que necesitabas.

Valeria se quedó quieta.

Había mencionado aquel libro tres días antes.

Una sola vez.

Ni siquiera recordaba haberle dicho el precio.

Abrió la aplicación del banco.

Ahí estaba la transferencia.

Sintió ternura.

Una ternura real.

Le escribió:

Valeria: Gracias, amor ❤️ No era necesario.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Daniel: Lo sé.

Dos palabras.

Valeria las leyó dos veces.

Y sonrió.

Ese era Daniel.

Mientras los demás parecían competir por encontrar las palabras perfectas, él hacía cosas que pocas veces anunciaba.

El problema era que las palabras también importaban.

Al menos para ella.

Tomó su bolso y salió del apartamento.

En el ascensor volvió a revisar Instagram.

Otro mensaje de Marco.

Esta vez acompañado de una foto de un café.

Marco: Si algún día quieres cambiar la cafetería de tus historias por una mejor, conozco una.




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