9:15 a. m.
Valeria llegó a la universidad con siete minutos de sobra.
Lo sabía porque había mirado la hora tres veces desde que estacionó el carro.
Caminaba por uno de los senderos principales del campus con el bolso colgado del hombro y el teléfono en la mano. A su alrededor, la universidad ya tenía ese movimiento particular de las mañanas: estudiantes apresurados, conversaciones que se cruzaban, vasos de café, computadoras bajo el brazo y grupos reunidos frente a los edificios antes de entrar a clases.
Era una mañana como cualquier otra.
O al menos eso intentaba decirse.
El teléfono vibró.
Adrián: ¿Ya llegaste?
Valeria continuó caminando.
No respondió inmediatamente.
Dos minutos después llegó otro.
Adrián: Te vi entrar.
Valeria levantó la mirada casi por reflejo.
Buscó entre las personas que caminaban frente a ella.
Nada.
Miró hacia la cafetería.
Tampoco.
Sonrió.
Valeria: ¿Ahora me vigilas? 😂
Los tres puntos aparecieron casi inmediatamente.
Adrián: Vigilar es una palabra muy fea.
Adrián: Digamos que tengo buena vista.
Valeria negó con la cabeza.
Guardó el teléfono.
Dio cinco pasos.
Volvió a vibrar.
Esta vez intentó no sacarlo.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Terminó haciéndolo.
Adrián: Aunque hoy tampoco ayudas mucho a pasar desapercibida.
Valeria disminuyó el paso.
Leyó nuevamente.
No había nada extraordinario en aquellas palabras.
Un cumplido.
Eso era todo.
Ella había recibido cientos.
Probablemente miles.
De compañeros, conocidos, desconocidos, clientes, amigos y personas que aparecían ocasionalmente en sus redes sociales.
Entonces, ¿por qué ese le había gustado?
No encontró una respuesta inmediata.
Y quizá por eso volvió a leerlo.
Continuó caminando.
Adrián: En serio, Vale. Te ves increíble.
Esta vez no contestó.
Bloqueó la pantalla.
No significa nada.
Era importante dejarlo claro, aunque fuera solamente para sí misma.
Adrián era su compañero.
Se llevaban bien.
Él era naturalmente carismático.
Probablemente hablaba así con muchas personas.
Además, ella tenía pareja.
Una pareja a quien quería.
Una relación real.
Casi tres años no desaparecían porque un hombre supiera escribir una frase bonita a las nueve de la mañana.
—Ya —murmuró—. Deja de darle importancia.
Guardó el celular dentro del bolso.
Aquello debía terminar ahí.
Entonces levantó la mirada.
Y lo vio.
Pero no era Adrián.
Era Daniel.
Venía caminando hacia ella.
Valeria se detuvo.
Por un instante sintió una emoción extraña, casi como si sus pensamientos hubieran sido sorprendidos haciendo algo que no debían.
Ridículo.
Daniel no podía leer su mente.
Y ella no había hecho absolutamente nada.
Él llevaba la mochila sobre un hombro y sostenía dos vasos de café. Tenía el cabello ligeramente despeinado y aquella expresión tranquila que Valeria conocía demasiado bien.
Cuando la vio, sonrió.
Y esa sonrisa hizo algo que ningún mensaje había conseguido aquella mañana:
la hizo sentir en casa.
—¡Hola, hermosa! —dijo Daniel al acercarse.
Valeria sonrió.
—¿Qué haces aquí?
—Buenos días para ti también.
Ella soltó una pequeña risa.
Daniel se inclinó y la besó.
Fue un beso corto.
Cotidiano.
De esos que después de varios años de relación dejan de necesitar preparación.
Cuando se separaron, Daniel levantó uno de los vasos.
—Te traje café.
Valeria lo miró.
—¿Viniste hasta acá para traerme café?
—No.
—Ah.
—También vine para verte.
Valeria sonrió.
—Eso estuvo mejor.
—Estoy aprendiendo.
Ella tomó el vaso.
Ni siquiera necesitaba preguntar qué había comprado.
Daniel conocía exactamente cómo le gustaba.
Valeria bebió un poco.
Perfecto.
—Gracias.
—De nada.
Daniel la observó durante unos segundos.
—Te ves bonita.
Valeria dejó de beber.
La frase era sencilla.
Exactamente la misma clase de frase que había estado recibiendo toda la mañana.
Pero viniendo de Daniel debía sentirse diferente.
Y se sentía diferente.
Solo que no de la manera que esperaba.
Porque inmediatamente recordó el mensaje de Adrián.
En serio, Vale. Te ves increíble.
Dos hombres.
Dos cumplidos.
Una diferencia enorme.
Uno tenía derecho a decírselo.
El otro no necesariamente.
Y aun así, por alguna razón que le incomodaba reconocer, las palabras de Adrián habían llegado primero a algún lugar de su mente y parecían negarse a salir.
—¿Vale?
Parpadeó.
—¿Qué?
Daniel sonrió.
—Te fuiste.
—¿Cómo?
—Estás aquí, pero te fuiste.
—No.
—Sí.
—Estoy pensando.
—Eso precisamente significa que te fuiste.
Valeria sonrió.
—Tengo muchas cosas de la universidad.
No era mentira.
Tenía un proyecto pendiente, dos trabajos por revisar y una presentación que todavía necesitaba organizar.
Pero tampoco era toda la verdad.
Daniel comenzó a caminar a su lado.
—¿A qué hora entras?
—A las nueve y media.
—Entonces te acompaño.
Valeria asintió.
Caminaron juntos.
Daniel comenzó a contarle algo sobre su trabajo. Un problema con un sistema que llevaba varios días fallando y que finalmente habían conseguido resolver.
Valeria lo escuchaba.
O intentaba hacerlo.
—Resultó que el problema nunca estuvo en el servidor —explicaba Daniel—. Era una configuración absurda que alguien cambió hace como dos semanas.
—Mmm.
—Y estuvimos prácticamente dos días buscando…
El teléfono vibró dentro del bolso.
Editado: 30.08.2026