9:20 a. m.
La cafetería del segundo piso estaba casi vacía.
A esa hora, la mayoría de los estudiantes ya se encontraba en los salones o caminaba apresuradamente por los pasillos. Quedaban algunas mesas ocupadas, una pareja frente a dos computadoras y un muchacho con audífonos que parecía completamente ajeno al mundo.
Valeria subió las escaleras todavía sosteniendo el café que Daniel le había llevado.
Encontró a Adrián junto a una ventana.
Estaba sentado frente a su computadora, pero no parecía estar trabajando. Tenía un pequeño paquete de papel sobre la mesa y dos vasos de café.
Valeria miró los vasos.
Luego miró el que llevaba en la mano.
—No me digas que eso era la sorpresa.
Adrián levantó la vista.
—Buenos días para ti también.
—Ya tengo café.
Adrián observó el vaso.
—Daniel.
No fue una pregunta.
—Daniel —confirmó ella.
Adrián tomó uno de los cafés y lo acercó hacia sí.
—Bueno. Me sacrifico.
—Qué tragedia.
—Mi intención era quedar bien contigo.
—Llegaste tarde.
Adrián sonrió.
—Puedo intentarlo mañana.
Valeria sintió que aquella frase tenía una segunda interpretación, aunque probablemente solo existía en su cabeza.
Decidió ignorarla.
—¿Y eso? —preguntó señalando el pequeño paquete.
—Tu sorpresa.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Valeria dejó su bolso y el café sobre la mesa.
—Adrián, si compraste algo…
—Cuesta menos que tu café.
—Eso no responde mi pregunta.
—Ábrelo.
Valeria retiró el papel.
Era un pequeño marcador para libros.
De madera.
Tenía grabada una frase:
“Para las personas que todavía prefieren perderse entre páginas.”
Valeria lo sostuvo entre los dedos.
—¿Dónde encontraste esto?
—Ayer.
—¿Y por qué me lo compraste?
Adrián encogió los hombros.
—Porque dijiste que habías perdido el tuyo.
Valeria levantó la mirada.
—¿Cuándo dije eso?
—El martes.
Ella intentó recordarlo.
Nada.
Probablemente había sido uno de aquellos comentarios que uno hace sin pensar.
—Tienes buena memoria.
—Para algunas cosas.
Hubo un silencio.
Pequeño.
Inofensivo.
Pero Valeria sintió nuevamente aquella incómoda sensación de estar prestándole demasiada atención a cosas que no deberían tener importancia.
Guardó el marcador.
—Gracias.
—De nada.
—Pero no tienes que estar comprándome cosas.
—Vale, cuesta como tres dólares.
—No es por el dinero.
Adrián la observó.
Por primera vez desde que se conocían, pareció medir cuidadosamente lo que iba a decir.
—Entonces no pensemos demasiado en ello.
Valeria sostuvo su mirada.
—Exactamente.
Adrián sonrió.
—Tenemos clase.
—Tenemos clase —repitió ella.
Ambos recogieron sus cosas.
Valeria tomó su teléfono de la mesa al mismo tiempo que Adrián intentó mover una libreta que estaba debajo.
Sus manos se tocaron.
Fue accidental.
Apenas un roce.
Nada más.
Pero ninguno de los dos retiró la mano inmediatamente.
Quizá fue un segundo.
Tal vez menos.
Valeria sintió el calor de sus dedos sobre los suyos y algo completamente irracional recorrió su cuerpo.
Retiró la mano.
Adrián hizo lo mismo.
—Perdón —dijo él.
—Tranquilo.
Valeria tomó el teléfono.
No ocurrió nada más.
Adrián no intentó tocarla nuevamente.
No hizo ninguna broma.
Ni siquiera cambió su expresión.
Y aquello, extrañamente, hizo que el momento resultara todavía más evidente para ella.
Caminaron hacia el salón hablando del proyecto.
Como dos compañeros.
Como siempre.
Pero durante la clase Valeria miró su propia mano dos veces.
Y las dos veces se molestó consigo misma.
---
Viernes — 10:47 p. m.
Valeria estaba acostada cuando recibió el último mensaje de Adrián.
Habían estado hablando sobre una presentación que debían entregar la semana siguiente.
Nada personal.
Nada extraño.
Hasta el último mensaje.
Adrián: A veces creo que contigo tengo que recordar dónde termina la confianza y empieza otra cosa.
Valeria frunció el ceño.
Vio aparecer los tres puntos.
Adrián estaba escribiendo.
Esperó.
Los puntos desaparecieron.
Volvieron.
Desaparecieron nuevamente.
No llegó nada más.
Valeria comenzó a escribir:
¿Qué quieres decir?
No lo envió.
Borró.
Escribió:
¿Otra cosa como qué?
También lo borró.
Finalmente dejó el teléfono sobre la mesa.
No voy a entrar en eso.
Daniel le escribió diez minutos después.
Daniel: Buenas noches, amor. Descansa.
Valeria respondió:
Valeria: Buenas noches ❤️ Te quiero.
Y cerró los ojos.
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Sábado
Adrián no escribió.
Valeria no lo notó por la mañana.
O eso creyó.
A las doce revisó el grupo del proyecto.
Había mensajes de otros compañeros.
Nada de Adrián.
A las cuatro de la tarde abrió Instagram.
Adrián no había publicado nada.
¿Y a mí qué me importa?
Cerró la aplicación.
Por la noche salió con Camila.
Hablaron durante horas.
Trabajo.
Universidad.
Ropa.
Un profesor insoportable.
Una compañera que acababa de comprometerse.
Daniel.
Todo.
Valeria no mencionó a Adrián.
Ni una sola vez.
Y precisamente por eso, cuando regresó a casa, pensó en él.
Miró WhatsApp.
Nada.
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Domingo — 6:32 p. m.
Seguía sin haber mensajes.
Entonces ocurrió algo que Valeria no esperaba.
Le pareció extraño.
No preocupante.
No importante.
Simplemente… extraño.
Durante semanas, Adrián había encontrado cualquier excusa para escribir.
Editado: 30.08.2026