Martes — 8:36 a. m.
Valeria descubrió la fotografía por accidente.
O al menos eso se dijo.
Estaba sentada en el carro, todavía en el estacionamiento de la universidad, esperando que terminara una canción antes de bajar. Abrió Instagram por costumbre y comenzó a deslizar el dedo sin prestar demasiada atención.
Una historia.
Otra.
Publicidad.
Una fotografía.
Y entonces se detuvo.
Adrián Molina.
Valeria reconoció inmediatamente el sendero.
Una montaña cubierta de pinos se levantaba detrás de cinco personas. Adrián estaba en uno de los extremos del grupo, sonriente, con camiseta negra, gorra y una pequeña mochila.
Pero no fue Adrián quien capturó primero su atención.
Fue la mujer a su lado.
Lucía Méndez.
Valeria acercó ligeramente el teléfono.
—¿Lucía?
Habían estudiado juntas un par de asignaturas durante la carrera. No eran amigas cercanas, pero sí lo suficiente para saludarse, conversar ocasionalmente y seguirse en redes.
Lucía era bonita.
Muy bonita.
Cabello largo, ropa deportiva y una enorme sonrisa mientras sostenía a Adrián por un hombro.
Había otras tres mujeres en la fotografía.
Valeria leyó la descripción.
“Necesitaba desconectarme un poco. Buena ruta, mejores personas.”
Pasó a la siguiente fotografía.
Adrián caminando por el sendero.
Después Lucía y sus amigas junto a una cascada.
Otra de todo el grupo.
Y finalmente una donde Adrián y Lucía aparecían sentados sobre una roca mientras los demás estaban algunos metros detrás.
Valeria sintió algo.
Fue rápido.
Incómodo.
Y completamente fuera de lugar.
Volvió a la fotografía anterior.
La amplió.
Miró la mano de Lucía sobre el hombro de Adrián.
Entonces reaccionó.
—¿Qué estoy haciendo?
Cerró Instagram.
Dejó el teléfono sobre el asiento del copiloto.
Miró hacia el parabrisas.
Aquello no tenía ningún sentido.
Adrián podía salir con quien quisiera.
Podía subir fotografías con quien quisiera.
Podía tener novia mañana si quería.
No era asunto suyo.
Además, ella tenía a Daniel.
Una relación.
Una relación buena.
Una cita preciosa apenas la noche anterior.
Entonces, ¿qué era aquello?
¿Celos?
La palabra apareció tan claramente que inmediatamente quiso rechazarla.
—No.
Tomó el bolso.
—Curiosidad.
Mucho mejor.
Pero mientras caminaba hacia el edificio recordó algo.
Adrián había desaparecido durante todo el fin de semana.
Necesitaba alejarme un par de días para ordenar algunas cosas.
Ahora sabía dónde había estado.
En la montaña.
Con Lucía.
Y sus amigas.
Valeria apretó los labios.
—¿Y qué?
Entró al edificio.
No consiguió responderse.
---
10:18 a. m.
Adrián llegó siete minutos tarde a la reunión.
—Perdón.
Valeria no levantó inmediatamente la mirada de la computadora.
—Qué raro.
Adrián dejó la mochila sobre una silla.
—¿Eso fue sarcasmo?
—Observación.
—Buenos días, entonces.
—Buenos días.
Él la miró.
Valeria continuó escribiendo.
—¿Estás enojada?
Ahora sí levantó la vista.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué estaría enojada?
—Esa es exactamente la pregunta que estoy haciendo.
—No estoy enojada.
Adrián se sentó frente a ella.
—Está bien.
Silencio.
Valeria movió el cursor por un documento que llevaba treinta segundos sin leer.
Adrián abrió su computadora.
—¿Viste lo que te mandé anoche?
—No.
—Te mandé la corrección del módulo.
—Ah.
—Ese “ah” tuvo personalidad.
Valeria lo miró.
—Adrián.
—¿Qué?
—Trabajemos.
—Estoy intentando.
Ella respiró.
—Tenemos que terminar la primera fase antes del viernes.
—Sí, jefa.
Valeria volvió a mirar la pantalla.
Adrián sonrió discretamente.
Pasaron algunos minutos trabajando.
Todo regresó lentamente a la normalidad.
Hasta que Adrián mencionó:
—Por cierto, el sábado estuvimos hablando de ti.
Los dedos de Valeria se detuvieron sobre el teclado.
—¿Quiénes?
—Lucía y yo.
Valeria intentó que su voz sonara indiferente.
—¿Lucía Méndez?
—Sí.
—Vi que salieron.
La frase escapó antes de que pudiera detenerla.
Adrián levantó una ceja.
—¿Viste?
—Instagram existe, Adrián.
—Cierto.
—Me apareció la publicación.
—Ah.
Valeria continuó:
—Se veía bonito el lugar.
—Muchísimo.
—¿Fueron ustedes dos?
Adrián tardó medio segundo en responder.
—Éramos cinco.
Valeria ya lo sabía.
Había contado perfectamente a las cinco personas de la fotografía.
—Ah, bueno.
—Lucía me invitó. Sus amigas estaban organizando la salida.
—Qué bien.
Adrián la observó.
—¿Por qué preguntas?
—Conversación normal.
—Claro.
—¿Qué?
—Nada.
Valeria volvió a la computadora.
—Dijiste que hablaron de mí.
—Sí.
—¿Por qué?
—Lucía preguntó si seguíamos estudiando juntos.
—¿Y?
—Le dije que sí.
—¿Eso fue toda la conversación?
Adrián sonrió.
—No.
Valeria esperó.
—Entonces…
Adrián se recostó ligeramente en la silla.
—Me preguntó si todavía eras igual.
—¿Igual cómo?
—Organizada. Perfeccionista. Un poco mandona.
—¿Un poco?
—Estoy intentando proteger nuestra amistad.
Valeria rio.
La tensión disminuyó.
—¿Y qué dijiste?
—Que sí.
—Gracias.
—Y que estabas diferente.
Valeria volvió a detenerse.
—¿Diferente cómo?
Adrián la miró.
Esta vez no respondió inmediatamente.
Algo en su expresión cambió.
Ya no estaba bromeando.
Editado: 30.08.2026