Miles de palabras, una decisión

Capitulo 1 - Escena 5 — Las personas que regresan

Miércoles — 10:23 a. m.

Hay personas que salen de nuestra vida sin despedirse.

No porque haya ocurrido algo malo.

Simplemente porque un día dejamos de coincidir.

Primero dejamos de compartir clases. Después dejamos de escribirnos. Los cumpleaños se convierten en una reacción a una historia, las conversaciones en un “tenemos que vernos”, y eventualmente alguien que conocía nuestra rutina termina convertido en una fotografía que aparece de vez en cuando en redes sociales.

Lucía Méndez había sido eso para Valeria.

Un recuerdo agradable de otra época.

Hasta aquella mañana.

Valeria estaba con Sofía y Mateo frente al edificio administrativo cuando escuchó una voz detrás de ellos.

—¿Todavía sobreviven sin mí?

Mateo volteó primero.

—¡No puede ser!

Lucía estaba unos metros atrás.

Llevaba jeans, una blusa azul clara y una carpeta contra el pecho.

Sofía corrió a abrazarla.

—¡Lucía!

Mateo se unió.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a averiguar unas cosas.

—¿Qué cosas?

Lucía levantó la carpeta.

—Estoy pensando volver.

—¿A estudiar?

—Sí.

Las reacciones fueron inmediatas.

Preguntas.

Sonrisas.

Un abrazo más.

Valeria también sonrió.

Pero su sonrisa llegó un segundo tarde.

Lucía la miró.

—Hola, Vale.

—Hola.

Se abrazaron.

Fue un abrazo sincero.

Y eso hizo que Valeria se sintiera peor.

—Me alegra verte —dijo Lucía.

—Igualmente.

No era mentira.

Ese era el problema.

Valeria no tenía absolutamente nada contra ella.

Lucía siempre había sido amable.

Nunca habían discutido.

Nunca habían competido por nada.

No existía ninguna razón lógica para que su regreso le provocara aquella pequeña incomodidad.

Excepto una.

La fotografía.

El sendero.

La mano de Lucía sobre el hombro de Adrián.

Valeria sintió vergüenza de sí misma.

—¿Vas a retomar la misma carrera? —preguntó.

—No. Creo que ahí estuvo mi error la primera vez.

—¿Qué quieres estudiar?

—Mercadotecnia digital.

Sofía sonrió.

—Te queda perfecto.

—Eso espero.

Lucía miró alrededor.

—Extrañaba esto.

Su expresión cambió ligeramente.

—Más de lo que pensaba.

Y Valeria reconoció algo en sus ojos.

Nostalgia.

La misma que uno siente cuando regresa a un lugar que alguna vez fue cotidiano y descubre que siguió existiendo perfectamente sin nosotros.

—¿Y cuándo empezarías? —preguntó Mateo.

—El próximo período, si todo sale bien.

—Adrián se va a alegrar —dijo Sofía.

Valeria bajó la mirada hacia su teléfono.

El movimiento fue automático.

Lucía sonrió.

—Ya sabe.

Aquellas dos palabras fueron suficientes para provocar nuevamente esa pequeña molestia.

Ya sabe.

Por supuesto que sabía.

Habían salido juntos el fin de semana.

Valeria respiró lentamente.

Esto es ridículo.

Guardó el teléfono.

—Pues bienvenida de regreso —dijo.

Y esta vez intentó que su sonrisa llegara a tiempo.

---

Miércoles — 6:14 p. m.

—¡Funcionó!

Valeria alejó el teléfono de la oreja.

—No tienes que gritar.

—¡Dos semanas, Valeria!

Daniel estaba eufórico.

El problema del sistema finalmente había quedado resuelto.

—Entonces hoy sí vas a dormir.

—No.

—Daniel.

—Tengo proyecto nuevo.

Valeria soltó una carcajada.

—Eres imposible.

—Pero este está interesante.

—Siempre dices eso.

—Porque todos son interesantes hasta que empiezan a fallar.

Daniel hizo una pausa.

—Por cierto, necesito tu ayuda.

—¿Con programación?

—No confío tanto en ti.

—Gracias.

—Con ropa.

Valeria se rio.

—Eso sí.

—Mañana tengo que visitar a unos clientes nuevos.

—¿Formal?

—No demasiado. Es un emprendimiento familiar, pero quieren implementar todo el sistema desde cero.

—Pantalón beige.

—Ajá.

—Camisa azul oscuro.

—¿Zapatos?

—Los café.

—¿Los nuevos?

—No. Los que te regalé.

—Esos ya están viejos.

—Daniel, tienen seis meses.

—En tecnología eso es antiguo.

—Estamos hablando de zapatos.

—Correcto.

Valeria sonrió.

—Ponte esos.

—Está bien.

Daniel guardó silencio unos segundos.

—Curiosamente, creo que conoces a la familia.

—¿Yo?

—Los clientes son tíos de Lucía.

Valeria dejó de sonreír.

—¿Lucía Méndez?

—Sí.

—¿Cómo sabes?

—Ella estuvo hoy en la reunión inicial con ellos.

Valeria se incorporó ligeramente en el sofá.

—¿Lucía estuvo contigo?

—Sí. Va a ayudarles con el emprendimiento.

—Ah.

Daniel continuó con absoluta naturalidad.

—Parece que por eso quiere volver a estudiar. Me contó que ahora tendrá horarios más flexibles y quiere aprovechar para retomar la universidad.

—Sí. La vimos hoy.

—¿En serio?

—Fue a preguntar por los planes de estudio.

—Qué pequeño es el mundo.

Valeria miró hacia la ventana.

—Demasiado.

—¿Qué?

—Nada.

Daniel siguió hablando del proyecto.

Valeria lo escuchó.

Y entonces algo curioso ocurrió.

Por primera vez entendió que Lucía estaba comenzando a aparecer en lugares que antes no ocupaba.

La universidad.

El grupo de antiguos compañeros.

El entorno de Adrián.

Ahora también, indirectamente, el trabajo de Daniel.

No había nada sospechoso.

Nada extraño.

Simplemente la vida cruzando caminos.

Aun así, Valeria sintió como si alguien hubiese movido silenciosamente algunas piezas de un tablero.

Todavía no sabía para qué.

---

Jueves — 2:06 p. m.

La reunión con el profesor estaba programada para las dos.

Valeria llegó diez minutos antes.




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