Lunes — 9:18 a. m.
Daniel llevaba cuarenta minutos intentando convencer a Roberto de que comprar cuatro computadoras nuevas no solucionaría todos los problemas de la empresa.
—Pero son más rápidas —insistió Roberto.
—También un carro deportivo es más rápido —respondió Daniel—, pero no por eso sirve para transportar una refrigeradora.
Lucía soltó una carcajada desde el otro lado de la oficina.
—Tío, te lo está explicando bonito.
Roberto cruzó los brazos.
—Entonces ¿qué compramos?
Daniel giró la computadora hacia él.
—Dos equipos nuevos. Los otros los actualizamos. El dinero restante lo usamos en respaldo, seguridad y capacitación.
—¿Y tú estás seguro?
—No.
Roberto lo miró.
Daniel sonrió.
—Estoy segurísimo.
Lucía volvió a reír.
El pequeño emprendimiento familiar comenzaba finalmente a tomar forma.
Lo que días atrás parecía un local lleno de cajas ahora tenía escritorios, un área de atención, computadoras instaladas y una pequeña pared donde Patricia había colocado el nombre de la empresa.
Lucía estaba especialmente emocionada.
—Mira esto —le dijo a Daniel.
Le mostró su computadora.
Había diseñado varias propuestas para redes sociales.
—Está bien —dijo él.
Lucía frunció el ceño.
—¿“Está bien”?
—Sí.
—Trabajé tres horas.
—Entonces está muy bien.
—Eres terrible dando cumplidos.
Daniel sonrió.
—Valeria dice lo mismo.
Lucía lo miró.
—¿En serio?
—Constantemente.
—Entonces tiene razón.
Daniel continuó configurando un equipo.
Lucía se sentó frente a él.
—¿Siempre has sido así?
—¿Así cómo?
—Como si todo lo importante se pudiera demostrar haciendo cosas.
Daniel dejó de escribir.
La pregunta le resultó inesperada.
—Supongo.
—Hay gente que necesita escucharlas también.
Daniel levantó una ceja.
—¿Esto sigue siendo asesoría tecnológica?
—Ahora cuesta extra.
Él rio.
—¿Valeria te contrató?
—No.
Lucía se levantó.
—Pero las mujeres hablamos.
—Eso me preocupa.
—Debería.
Daniel sonrió y volvió al trabajo.
Pero aquella frase permaneció unos segundos más de lo esperado en su cabeza.
Hay gente que necesita escucharlas también.
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11:42 a. m.
Valeria estaba esperando un café cuando el teléfono vibró.
Instagram.
**A Adrián Molina le gustó tu publicación.**
Nada extraño.
Hasta que vio cuál.
Una fotografía de hacía cinco años.
Valeria frunció el ceño.
Abrió la notificación.
Era ella a los veintidós.
Cabello más corto.
Jeans rotos.
Una camiseta blanca.
Sentada sobre el capó del automóvil de una amiga.
Recordaba perfectamente aquella época.
Estaba soltera.
Acababa de comenzar la universidad.
Tenía menos responsabilidades.
Menos miedo.
Y probablemente bastante menos sentido común.
Sonrió.
Entonces llegó otra notificación.
A Adrián Molina le gustó tu publicación.
Otra fotografía antigua.
Cuatro años atrás.
Valeria en la playa.
—¿Qué haces?
Otra.
Adrián Molina indicó que le gusta tu publicación.
Esta vez una fotografía de su cumpleaños número veintitrés.
Valeria abrió el chat.
No escribió.
Esperó.
Nada.
Entonces llegó una cuarta notificación.
Valeria comenzó a reír sola.
Valeria: ¿Estás haciendo arqueología en mi Instagram?
La respuesta tardó veinte segundos.
Adrián: Investigación histórica.
Valeria: Qué vergüenza.
Adrián: ¿Por qué?
Valeria: Hay fotos horribles ahí.
Adrián: No encontré ninguna.
Valeria sintió aquella pequeña reacción otra vez.
No respondió.
Llegó otro mensaje.
Adrián: Eras diferente.
Valeria escribió:
Valeria: Tenía 22 años 😂
Adrián: No hablo físicamente.
Eso la hizo detenerse.
Valeria: ¿Entonces?
Adrián: Parecías más despreocupada.
Valeria volvió a mirar las fotografías.
Era cierto.
Había algo en aquella muchacha que ya no reconocía completamente.
Valeria: Tenía menos cosas que perder.
Envió el mensaje.
Inmediatamente se arrepintió.
Era demasiado personal.
Adrián tardó un poco.
Adrián: Esa respuesta fue más triste de lo que esperaba.
Valeria: Tampoco dramatices.
Adrián: No dramatizo.
Después:
Adrián: Aunque me habría gustado conocerte en esa época.
Valeria sintió un pequeño nudo en el estómago.
Valeria: Probablemente te habría caído mal.
Adrián: Imposible.
Valeria: Era insoportable.
Adrián: Algunas cosas no cambian.
Valeria soltó una carcajada.
Valeria: Idiota.
Adrián reaccionó con un corazón.
Valeria observó el corazón.
Un simple emoji.
Nada.
Absolutamente nada.
Pero permaneció mirándolo demasiado tiempo.
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## 4:53 p. m.
El cielo cambió en menos de diez minutos.
Valeria salió de la universidad y se detuvo.
—No puede ser.
Nubes oscuras habían cubierto completamente el horizonte.
El viento comenzó a mover los árboles.
Algunos estudiantes aceleraron el paso.
Otros sacaron paraguas.
Valeria miró hacia el estacionamiento.
Estaba bastante lejos.
—Perfecto.
—Corre.
Reconoció la voz.
Adrián estaba detrás de ella.
—¿Tienes paraguas? —preguntó Valeria.
—No.
—Entonces tu plan es brillante.
Una gota cayó.
Después otra.
—Vale…
El cielo prácticamente se abrió.
Editado: 30.08.2026