Miles de palabras, una decisión

Capitulo 1 - Escena 8 — Lo que nadie debería decir

Martes — 10:48 p. m.

Valeria había leído el mensaje cuatro veces.

No porque no lo entendiera.

Porque deseaba haberlo entendido mal.

Estaba sentada en la cama, con una lámpara encendida y la computadora abierta frente a ella. Una serie continuaba reproduciéndose en el televisor sin que supiera qué estaba ocurriendo.

En la pantalla del teléfono seguía el mensaje de Adrián.

Adrián: Hoy Daniel fue a buscarte, ¿verdad?

Valeria había respondido:

Valeria: Sí. ¿Por qué?

Adrián: Lo vi.

Nada extraño.

Hasta ahí.

Después:

Adrián: A veces me pregunto si realmente eres feliz con él o simplemente llevas demasiado tiempo siendo feliz de la misma manera.

Valeria había sentido inmediatamente que algo estaba fuera de lugar.

No era un cumplido.

No era una broma.

No era una conversación universitaria.

Era Daniel.

Su relación.

Un territorio donde Adrián no tenía ningún derecho a entrar.

Escribió:

Valeria: No entiendo por qué me preguntas eso.

Adrián respondió:

Adrián: Porque contigo nunca sé si dices lo que sientes o lo que crees que debes sentir.

Valeria dejó el teléfono sobre la cama.

—No.

Lo tomó nuevamente.

Valeria: Adrián, no hables de mi relación.

Esta vez tardó en responder.

Adrián: Tienes razón.

Valeria sintió cierto alivio.

Hasta que llegó otro mensaje.

Adrián: Pero alguien tenía que decírtelo.

El alivio desapareció.

Valeria: ¿Decirme qué?

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Regresaron.

Adrián: Que estar acostumbrada a alguien no significa necesariamente estar enamorada.

Valeria sintió rabia.

Una rabia inmediata.

Escribió sin pensarlo:

Valeria: Ya basta.

Adrián estaba escribiendo.

Ella continuó.

Valeria: Tú no sabes lo que siento por Daniel.

Valeria: No sabes lo que hemos vivido.

Valeria: Y definitivamente no tienes derecho a decidir si lo que siento es amor o costumbre.

Adrián respondió:

Adrián: No estoy decidiendo nada por ti.

Valeria: Entonces deja de hablar como si conocieras mi relación.

Silencio.

Valeria esperaba una disculpa.

Llegó.

Pero no como quería.

Adrián: Perdón.

Después:

Adrián: Solo me cuesta entender cómo alguien que te tiene puede dejar que otras personas consigan hacerte sentir cosas que él ya no consigue.

Valeria quedó inmóvil.

Aquello sí dolió.

No porque fuera verdad.

Porque estaba diseñado para hacerla dudar.

Y por primera vez desde que Adrián había comenzado a acercarse, Valeria no sintió curiosidad.

Sintió rechazo.

Valeria: Eso estuvo completamente fuera de lugar.

La respuesta llegó inmediatamente.

Adrián: Lo sé.

Valeria: Entonces ¿por qué lo dijiste?

Pasaron treinta segundos.

Un minuto.

Dos.

Finalmente:

Adrián: Porque me gustas.

Valeria dejó de respirar durante un instante.

No era una insinuación.

No era una frase escondida.

No era una fotografía antigua.

No era:

“Momento equivocado.”

Era directo.

Porque me gustas.

Valeria sintió que el corazón se aceleraba.

Pero no de emoción.

De preocupación.

Aquello cambiaba las reglas.

Escribió:

Valeria: No debiste decirme eso.

Adrián tardó.

Adrián: Probablemente no.

Valeria: No “probablemente”.

Valeria: No debiste.

Silencio.

Después:

Adrián: Entendido.

Valeria dejó el teléfono.

Se levantó.

Caminó hacia la ventana.

La ciudad parecía tranquila desde allí.

Personas regresando a casa.

Luces encendidas en otros apartamentos.

Autos atravesando las calles.

Todo continuaba exactamente igual.

Pero algo había cambiado.

Hasta ese momento podía convencerse de que quizá estaba interpretando demasiado.

Los cumplidos.

Los mensajes.

La tormenta.

Las fotografías antiguas.

Las bromas.

Ahora ya no.

Adrián acababa de darle nombre.

Y extrañamente, saberlo no la hizo sentir mejor.

11:17 p. m.

El teléfono sonó.

Valeria miró inmediatamente.

Daniel.

Sintió un pequeño vacío en el pecho.

Contestó.

—Hola.

—¿Estabas dormida?

—No.

—¿Todo bien?

—Sí.

Daniel guardó silencio.

—No sonó como un sí.

Valeria cerró los ojos.

Otra vez.

Él la conocía demasiado.

—Estoy cansada.

—Entonces no te quito tiempo.

—Daniel…

—¿Sí?

Valeria estuvo a punto de contarle.

Adrián acaba de decirme que le gusto.

La frase llegó hasta su garganta.

Pero se detuvo.

¿Por qué?

No había hecho nada malo.

Precisamente por eso podía decirlo.

Sin embargo, sabía lo que ocurriría después.

Daniel comenzaría a mirar a Adrián de otra manera.

Cada proyecto.

Cada reunión.

Cada mensaje.

Todo cambiaría.

Y Valeria todavía necesitaba entender qué hacer con aquello.

—Nada —dijo.

Hubo una pausa.

—Te quiero —dijo Daniel.

Aquellas dos palabras le hicieron daño de una manera extraña.

—Yo también.

—Descansa.

—Tú también.

Colgó.

Valeria permaneció mirando la pantalla.

Por primera vez sintió que callar algo podía pesar incluso cuando uno no había hecho nada malo.




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