Miles de palabras, una decisión

Capitulo 2 - Escena 1 — Porque ahora

Viernes — 7:09 p. m.

—¿Qué pasa? —preguntó Daniel.

Valeria seguía sosteniendo el teléfono.

En la pantalla permanecía aquel mensaje del número desconocido:

“Pregúntale a Daniel quién era Andrés.”

Por un instante pensó en mostrárselo.

Pero algo la detuvo.

Quizá fue la manera en que Daniel la miraba.

Quizá fue el miedo absurdo de que una pregunta pudiera convertir una noche normal en algo completamente diferente.

—Mateo dijo que su tío se llamaba Andrés —respondió finalmente.

Daniel permaneció inmóvil.

—¿Andrés qué?

Valeria frunció el ceño.

—No sé.

—Pregúntale.

—Daniel…

—Pregúntale el apellido.

Ya no parecía curioso.

Parecía preocupado.

—¿Por qué?

—Solo pregúntale.

Valeria abrió el grupo.

Mateo seguía sin responder.

Entonces escribió directamente:

Valeria: Mateo, cuando puedas contestar, ¿cuál era el nombre completo de tu tío?

No hubo respuesta.

Daniel caminó hacia la ventana.

—¿Conocías a alguien llamado Andrés? —preguntó Valeria.

—Conozco a varios.

—Entonces ¿por qué estás así?

—¿Así cómo?

—Raro.

Daniel se pasó una mano por el cabello.

—No estoy raro.

Valeria reconoció inmediatamente la contradicción.

Estaba muy raro.

Pasaron casi veinte minutos.

Nada.

Daniel intentó cambiar de tema.

No pudo.

Se levantaba.

Se sentaba.

Miraba el teléfono.

Revisaba mensajes.

Volvía a mirar a Valeria.

Hasta que a las 7:31 llegó una notificación.

No era Mateo.

Era Sofía.

Sofía: Conseguí el nombre completo. Lo publicó un familiar.

Después:

Sofía: Andrés Ferrera Salgado.

El teléfono casi resbaló de la mano de Valeria.

No por ella.

Por Daniel.

—¿Qué apellido dijiste? —preguntó él.

Valeria levantó lentamente la mirada.

—Ferrera Salgado.

Daniel perdió el color.

—¿Daniel?

Él no respondió.

—Andrés Ferrera Salgado.

Daniel tragó saliva.

Una gota de sudor apareció junto a su sien.

—No…

—¿Qué pasa?

—No puede ser.

—¿Lo conocías?

Daniel intentó responder.

—Yo… yo…

Valeria nunca lo había visto tartamudear.

Nunca.

—Daniel, mírame.

Él sacó el celular.

Buscó frenéticamente un contacto.

Llamó.

—¿A quién llamas?

Daniel levantó una mano pidiéndole silencio.

Alguien contestó.

—Soy yo.

Escuchó.

Su expresión empeoró.

—Dime que no es él.

Silencio.

Daniel cerró los ojos.

—¿Estás seguro?

Valeria sintió que el estómago se le cerraba.

Daniel caminó hacia el otro lado de la habitación.

—¿Y la otra persona?

Valeria levantó la cabeza.

Daniel la miró inmediatamente.

Se dio vuelta.

—Entiendo.

Escuchó durante casi un minuto.

—Voy.

Colgó.

—¿Qué está pasando? —preguntó Valeria.

Daniel tomó las llaves.

—Tengo que viajar.

—¿A dónde?

—No sé todavía.

—¿Cómo que no sabes?

—Tengo que ver vuelos.

—Daniel.

Él comenzó a buscar algo en un cajón.

—Necesito mi pasaporte.

Valeria se levantó.

—¡Daniel!

Él se detuvo.

Por primera vez la miró.

Tenía miedo.

No preocupación.

Miedo.

—¿Quién era Andrés?

Daniel respiró.

—No puedo explicártelo ahora.

—¿No puedes o no quieres?

—Vale…

—Hace diez minutos estábamos tomando café y ahora estás buscando tu pasaporte.

—Lo sé.

—Entonces dime qué está pasando.

Daniel cerró los ojos.

—Hay cosas que no conoces.

Aquella frase cayó como una piedra.

—¿Qué cosas?

—De mi familia.

—¿Andrés era familia tuya?

Daniel no respondió.

—Daniel.

—Después.

—No.

—Valeria, por favor.

Era la primera vez que escuchaba aquella súplica en su voz.

No parecía estar ocultando algo para protegerse.

Parecía estar intentando mantenerse entero.

—Solo espérame —dijo.

—¿Esperarte cuánto?

—No sé.

—¿Dónde vas?

—Primero tengo que viajar a Tegucigalpa. Desde ahí voy a ver qué vuelo consigo.

—¿Y después?

Daniel negó lentamente.

—Todavía no sé.

Valeria sintió rabia.

Pero también miedo.

—¿Por qué no puedes decírmelo?

Daniel tomó su rostro entre las manos.

—Porque hay cosas que necesito confirmar antes de contártelas.

—Eso no me tranquiliza.

—Lo sé.

—¿Quién iba con Andrés?

Las manos de Daniel se separaron lentamente de su rostro.

Silencio.

Demasiado.

—Daniel.

Él bajó la mirada.

—No me preguntes eso todavía.

Y Valeria comprendió que acababa de encontrar la pregunta que Daniel más temía.

Viernes — 10:46 p. m.

El aeropuerto estaba lleno.

Maletas.

Anuncios.

Personas abrazándose.

Niños dormidos sobre las piernas de sus padres.

Gente despidiéndose sin saber cuándo volvería a verse.

Daniel llevaba solamente una mochila y una pequeña maleta.

Valeria había insistido en acompañarlo.

Ninguno habló demasiado durante el trayecto.

Ahora estaban frente al control de seguridad.

—Escríbeme cuando llegues —dijo ella.

Daniel asintió.

—Lo haré.

—No desaparezcas.

—No voy a desaparecer.

Valeria quiso creerle.

—¿Vas a estar bien?

Daniel miró hacia las puertas de embarque.

—No sé.

Aquella sinceridad le rompió algo por dentro.

Valeria lo abrazó.

Daniel la rodeó con ambos brazos.

Durante unos segundos todo lo demás desapareció.

No había Adrián.

No había Instagram.

No había dudas románticas.

No había opciones.

Solamente miedo.




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