Miles de palabras, una decisión

Capitulo 2 - Escena 2 — La familia que no conocíamos

Dos días después — 6:38 p. m.

Valeria reconoció el carro antes de ver a Daniel.

Estaba estacionada frente al aeropuerto, mirando una y otra vez las puertas automáticas mientras pasajeros arrastraban maletas y familias se abrazaban en la acera.

Daniel había enviado un mensaje cuarenta minutos antes.

Daniel: Ya aterricé.

Nada más.

Valeria había respetado su silencio durante el viaje.

No preguntó.

No llamó.

Pero las preguntas estaban allí.

Andrés.

Mateo.

La fotografía de 2001.

El hombre que se parecía demasiado a Daniel.

La persona que viajaba con Andrés.

Y aquella frase del número desconocido:

“Pregúntate por qué Daniel nunca te habla de su padre.”

Las puertas se abrieron.

Daniel apareció.

Valeria sintió inmediatamente que algo en él había cambiado.

No físicamente.

Era la manera de caminar.

Llevaba una pequeña maleta y una mochila, pero parecía cargar algo muchísimo más pesado.

Daniel la vio.

Se detuvo.

Durante unos segundos ninguno sonrió.

Después Valeria caminó hacia él.

Daniel dejó la maleta.

Y se abrazaron.

Fuerte.

Sin preguntas.

Él escondió el rostro junto a su cuello.

Valeria sintió su respiración temblar.

—Ya estás aquí —susurró.

Daniel no respondió.

Ella sintió humedad sobre su hombro.

Daniel estaba llorando.

Entonces decidió que Andrés podía esperar unos minutos más.

7:26 p. m.

No fueron a casa.

Daniel pidió detenerse en un pequeño mirador desde donde podían verse las luces de la ciudad.

Valeria compró dos cafés.

Él apenas tocó el suyo.

—Pregúntame —dijo finalmente.

Valeria lo miró.

—No sé por dónde empezar.

—Por Andrés.

Ella respiró.

—¿Quién era?

Daniel sostuvo el vaso entre ambas manos.

—Mi papá.

Valeria quedó inmóvil.

Todo el ruido de la ciudad pareció alejarse.

—¿Andrés… era tu padre?

Daniel asintió.

—Andrés Ferrera Salgado.

Valeria recordó el mensaje de Mateo.

Mi tío Andrés.

—Entonces Mateo…

—Es mi primo.

Valeria abrió ligeramente la boca.

—¿Mateo es tu primo?

—Sí.

—¿Y ninguno lo sabía?

Daniel negó.

—Ni él ni yo.

Valeria intentó ordenar las piezas.

—Pero Mateo te conoce desde…

—Por ti.

—Exactamente.

—Nunca hablamos de nuestras familias.

Daniel sonrió tristemente.

—Resulta absurdo ahora.

Valeria permaneció callada.

—Mi papá tenía un hermano —continuó Daniel—. Ricardo. El papá de Mateo.

Valeria comenzó a comprender.

—Andrés y Ricardo…

—Hermanos.

—Dios.

Daniel miró hacia las luces.

—Y durante meses estuve viendo a mi primo sin saber que era mi primo.

A Valeria se le escapó una pequeña risa de incredulidad.

Daniel también sonrió.

—No tiene gracia.

—Un poquito.

—Un poquito.

Fue la primera vez que lo vio sonreír desde su regreso.

Pero quedaba una pregunta más grande.

—Daniel… ¿por qué nunca me hablaste de tu papá?

La sonrisa desapareció.

El niño que esperó

Daniel tenía ocho años cuando Andrés se fue.

No hubo una gran despedida.

Eso era lo que más recordaba.

Ninguna pelea cinematográfica.

Ninguna maleta lanzada por una ventana.

Ninguna explicación que un niño pudiera guardar para comprenderla años después.

Simplemente se fue.

Primero por trabajo.

Después llamó menos.

Luego dejó de llamar.

Daniel tenía un hermano menor, Gabriel.

Su madre hizo lo posible para convertir aquella ausencia en algo normal.

No funcionó.

—Durante años pensé que había sido por nosotros —dijo Daniel.

Valeria sintió que se le cerraba la garganta.

—¿Por ustedes?

—Cuando eres niño no entiendes que los adultos pueden ser cobardes por razones que no tienen nada que ver contigo.

Miró sus manos.

—Solo piensas: si mi papá no quiere verme, debe haber algo malo en mí.

Valeria tomó su mano.

Daniel continuó:

—Después dejé de extrañarlo.

Hizo una pausa.

—O aprendí a fingirlo.

Pasaron los años.

Andrés formó otra familia.

Daniel lo supo mucho después.

—¿Tu mamá sabía?

—Sí.

—¿Y nunca intentaste buscarlo?

—No.

Su respuesta fue firme.

—Él se fue. Yo no tenía por qué perseguirlo.

Hasta hacía cuatro años.

Andrés encontró a Daniel.

Primero un mensaje.

Después otro.

Una llamada que Daniel rechazó.

Otra.

Finalmente contestó.

—¿Por qué?

Daniel sonrió con tristeza.

—Curiosidad.

Valeria entendió aquella palabra demasiado bien.

—Hablamos durante casi dos horas.

—¿Qué te dijo?

—Que lo sentía.

Daniel bajó la mirada.

—Veintidós años para decir dos palabras.

Valeria apretó su mano.

—¿Lo perdonaste?

Daniel tardó.

—Todavía no sé.

Una hermana

—Pero no volvió solo —continuó.

Valeria recordó inmediatamente el misterio.

—¿La otra persona?

Daniel negó.

—No. Esa es otra historia.

Valeria quiso preguntar.

Daniel la detuvo suavemente.

—Déjame llegar ahí.

Ella asintió.

Daniel sacó su teléfono.

Buscó una fotografía.

Una mujer joven apareció en pantalla.

Cabello oscuro, sonrisa amplia, ojos muy parecidos a los de Daniel.

—Ella es Isabella Ferrera.

Valeria tomó el teléfono.

—¿Tu hermana?

—Media hermana.

—Se parecen.

—Ella dice que no.

—Entonces necesita lentes.

Daniel sonrió.

—Tiene veintiséis.

Isabella había crecido con Andrés.

Había conocido una versión completamente diferente del mismo hombre.




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