Miércoles — 7:18 a. m.
Adrián siempre había sido bueno entrando en lugares donde nadie lo había invitado.
No literalmente.
No era imprudente.
No era agresivo.
No era de esos hombres que necesitaban levantar la voz para ser vistos.
Su manera de entrar era distinta.
Observaba.
Escuchaba.
Esperaba.
Y cuando finalmente hablaba, casi siempre conseguía que alguien recordara lo que había dicho.
Por eso tenía amigos tan diferentes entre sí.
Mateo lo buscaba cuando necesitaba reírse.
Kevin cuando quería discutir alguna idea absurda.
Sofía cuando necesitaba una opinión sincera.
Pero si había alguien con quien Adrián realmente bajaba la guardia, era Samuel Ortega.
Samuel no estudiaba con ellos.
Habían sido amigos desde el colegio.
Trabajaba en diseño audiovisual, vivía a unos veinte minutos de la universidad y tenía la capacidad de detectar cuando Adrián estaba mintiéndose a sí mismo antes que nadie.
Aquella mañana estaban desayunando en una cafetería pequeña.
Samuel mordió una tostada.
—Entonces dime otra vez por qué seguiste a la hermana.
Adrián levantó la mirada.
—Porque apareció en sugerencias.
—Mentira.
—Instagram hace eso.
—Instagram también me sugiere casas de lujo y no por eso compro una.
Adrián sonrió.
—No significa nada.
Samuel apoyó los codos sobre la mesa.
—Adrián.
—¿Qué?
—¿Es la hermana de Daniel?
—Media hermana.
—Peor.
—¿Por qué peor?
—Porque ahora ya estás investigando a la familia del novio.
Adrián soltó una pequeña risa.
—No estoy investigando nada.
Samuel lo observó.
—¿Y cómo sabías que era ella?
Silencio.
Adrián bebió café.
—Valeria la mencionó.
—Ajá.
—Y apareció en una historia.
—Ajá.
—La seguí.
Samuel se recostó en la silla.
—Eso no responde mi pregunta.
Adrián suspiró.
—Me dio curiosidad.
Samuel sonrió.
—Exactamente.
Adrián sabía dónde quería llegar.
No le gustaba.
—No voy a hacer nada.
—Nunca dije que fueras a hacerlo.
—Entonces deja de verme así.
—Solo estoy intentando entender por qué sigues metiéndote en algo que sabes que no te conviene.
Adrián miró hacia la calle.
Autos.
Personas.
Rutinas.
—Porque me gusta.
Samuel dejó de bromear.
—Eso ya lo sé.
—No como al principio.
—¿Cómo entonces?
Adrián tardó.
—No sé.
Esa era la verdad.
Al principio había sido atracción.
Después conversación.
Luego curiosidad.
Y más tarde algo mucho más molesto:
respeto.
Valeria no era solamente bonita.
Eso era precisamente lo que más le complicaba las cosas.
Era disciplinada.
A veces exageradamente responsable.
Se preocupaba por sus amigos.
Hablaba de su padre con una nostalgia que Adrián nunca había querido tocar demasiado.
Se reía fuerte cuando olvidaba controlar la risa.
Podía ser firme con él y cinco minutos después preocuparse porque hubiera comido.
Y cuanto más intentaba convencerse de que simplemente debía dejar de mirarla de determinada manera, más detalles encontraba.
—¿Te gustaría que dejara a Daniel? —preguntó Samuel.
Adrián lo miró.
—No.
La respuesta salió tan rápido que incluso Samuel se sorprendió.
—Eso sí no me lo esperaba.
Adrián apretó la taza.
—No quiero que ella sufra.
—Entonces estás haciendo un pésimo trabajo.
Adrián frunció el ceño.
—No estoy haciendo nada.
Samuel negó lentamente.
—Ese es el problema con ustedes los inteligentes.
—¿“Ustedes”?
—Creen que porque no besaron a nadie, no hicieron nada.
Adrián se quedó callado.
Samuel continuó:
—Hay mensajes que también cruzan líneas.
Eso sí le molestó.
Porque era verdad.
—Ya hablé con ella.
—¿Y?
—Me puso límites.
—Bien.
—Y los estoy respetando.
Samuel levantó una ceja.
—¿Incluso siguiendo a la hermana?
Adrián sonrió con resignación.
—Eso quizá fue innecesario.
—Milagro.
—Pero no le voy a escribir.
—Eso dijiste de las fotos antiguas.
Adrián lo miró.
Samuel levantó ambas manos.
—Solo digo.
Durante unos segundos ninguno habló.
Después Samuel preguntó:
—¿Y qué quieres realmente?
Adrián miró hacia la ventana.
—Que algún día, si ella mira hacia otro lado…
Hizo una pausa.
—No sea porque yo la empujé.
Samuel lo observó.
—Eso sonó peligrosamente maduro.
—No te acostumbres.
Pero cuando Adrián salió de aquella cafetería supo algo que no quería admitir:
había seguido a Isabella porque quería comprender un poco más el mundo alrededor de Valeria.
Y eso, aunque pareciera insignificante, seguía siendo una manera de acercarse.
Universidad — 90 %
Miércoles — 11:36 a. m.
El profesor miró el avance del proyecto durante casi cinco minutos sin decir nada.
Kevin estaba nervioso.
—Profesor…
Nada.
Sofía susurró:
—Creo que murió.
—Cállate.
El profesor movió el cursor.
Luego miró al grupo.
—Noventa por ciento.
Mateo abrió los ojos.
—¿Eso es bueno?
—¿Usted qué cree?
—Con usted nunca se sabe.
Todos rieron.
El profesor sonrió.
—Está muy bien.
Valeria sintió alivio.
Adrián levantó el puño discretamente.
Kevin lo chocó con el suyo.
—Nos faltan pruebas —continuó el profesor—. Documentación final y algunos detalles de interfaz.
—¿Entonces no tenemos que rehacer nada? —preguntó Sofía.
—No.
Kevin puso ambas manos sobre la mesa.
—Profesor, quiero decirle que acaba de regalarme seis años de vida.
—Le recomiendo usarlos estudiando para el parcial.
Editado: 30.08.2026