Lunes — 7:40 a. m.
El grupo llevaba varios días funcionando de una manera extraña.
Sofía escribía.
Kevin enviaba memes.
Mateo había vuelto poco a poco a participar.
Valeria organizaba las tareas pendientes.
Pero Adrián prácticamente había desaparecido.
No había abandonado el grupo.
No había discutido con nadie.
Simplemente dejó de ser Adrián.
Y tratándose de alguien que tenía una opinión para absolutamente todo, su silencio comenzaba a notarse demasiado.
Hasta aquella mañana.
A las 7:40 a. m., el teléfono de Valeria vibró sobre la mesa de noche.
SOBREVIVIENTES FASE 2
Adrián: Buenos días. Estoy disponible desde hoy para trabajar en el 5 % que falta. Díganme qué parte tomo.
Nada más.
Valeria permaneció mirando el mensaje.
Esperó.
Ningún segundo mensaje.
Ninguna broma.
Ningún comentario dirigido a ella.
Ningún intento de explicar por qué había estado ausente.
Mateo fue el primero en responder.
Mateo: Buenos días, desaparecido.
Sofía: Confirmamos que sigue vivo.
Kevin: Necesito una prueba.
Adrián: ¿Qué prueba?
Kevin: Di algo fuera de lugar.
Pasaron algunos segundos.
Adrián: Trabaja.
Kevin: Sí es él.
Valeria soltó una carcajada.
Isabella apareció en la puerta de la habitación con el cabello recogido y dos tazas.
—¿Qué pasó?
—Adrián volvió a escribir.
Isabella se detuvo.
—¿Qué dijo?
Valeria le mostró el teléfono.
Isabella leyó.
—Eso fue sorprendentemente normal.
—Exactamente.
—¿Te preocupa?
—No.
Isabella la miró.
Valeria corrigió:
—Me llama la atención.
—Eso es diferente.
—Sí.
Isabella le entregó el teléfono.
—Entonces déjalo ser normal.
Aquella respuesta sorprendió a Valeria.
—¿No vas a analizarlo?
—Estoy de vacaciones de mi carrera como investigadora privada.
—Gracias a Dios.
Isabella tomó café.
—Hasta nuevo aviso.
Valeria rio.
Y entre la conversación, el desayuno y las prisas para llegar a la universidad, algo importante quedó enterrado en algún rincón de su memoria.
El número desconocido.
La fotografía de 2001.
El último mensaje.
“Uno de ellos sabe más sobre la familia Ferrera de lo que ha contado.”
Valeria había prometido hablar con Isabella.
Se le olvidó.
Una semana después del parcial
La universidad había recuperado su caos habitual.
Estudiantes corriendo.
Filas administrativas.
Profesores cargando carpetas.
Quejas por calificaciones.
Café.
Muchísimo café.
Valeria estaba con Sofía, Mateo, Kevin y Adrián afuera del edificio cuando escucharon una voz conocida.
—Veo que sobrevivieron.
Valeria giró.
—¡Lucía!
Lucía caminaba hacia ellos con una carpeta transparente llena de documentos.
Valeria la abrazó.
—¿Qué haces aquí?
Lucía levantó los papeles.
—Oficializando mi regreso.
—¿Ya?
—Vengo a inscribir las clases del próximo período.
Sofía celebró.
—¡Por fin!
Mateo abrió los brazos.
—Bienvenida nuevamente al sufrimiento.
Kevin añadió:
—Todavía puedes escapar.
—Ya pagué —respondió Lucía.
Kevin hizo una expresión seria.
—Entonces estás perdida.
Todos rieron.
Incluso Adrián, que durante los últimos días había mantenido una actitud mucho más reservada.
Lucía lo miró.
—¿Y tú? Estás sospechosamente callado.
—Estoy madurando.
Mateo tosió.
—Mentira.
—Estoy intentándolo.
Valeria sonrió.
Era agradable tenerlo nuevamente allí sin sentir que cada conversación llevaba escondida una segunda intención.
Al menos eso quería creer.
Un comentario innecesariamente necesario
Mientras caminaban hacia la cafetería, Lucía se colocó junto a Valeria.
—Por cierto, Daniel terminó el proyecto de mis tíos.
Valeria sonrió.
—Sí. Me contó.
—Quedaron encantados.
—Se esforzó muchísimo.
—Demasiado.
Lucía soltó una pequeña risa.
—Hubo noches en las que prácticamente tuvimos que obligarlo a dejar de trabajar.
Valeria la miró.
—¿Tuvimos?
Lucía continuó caminando.
—Mi tío, mi tía, yo…
—Ah.
Solo eso.
Ah.
Pero cualquier mujer sabía que había al menos siete significados diferentes para aquel “ah”.
Lucía la miró de reojo.
—¿Qué?
—Nada.
—Valeria.
—Estoy caminando.
—Estás caminando celosa.
Valeria abrió los ojos.
—No estoy celosa.
Lucía comenzó a reír.
—Claro.
—No lo estoy.
—Perfecto.
—Solo pregunté.
—También perfecto.
Aquella tranquilidad irritó inexplicablemente a Valeria.
—¿Qué tanto trabajabas tú con Daniel?
Adrián, que caminaba delante, redujo ligeramente el paso.
Sofía lo notó y le dio un pequeño golpe en la espalda.
—Sigue caminando.
—No hice nada.
—Precisamente.
Lucía respondió:
—Bastante. Yo estaba encargándome de la parte digital y administrativa.
—¿Hasta tarde?
—Algunas veces.
Valeria sintió aquella pequeña punzada.
Ridícula.
Irracional.
Pero real.
—Incluso una noche tuve que quitarle la computadora —añadió Lucía—. Eran casi las once y no había cenado.
Valeria dejó de caminar.
—¿Las once?
Lucía también se detuvo.
—Vale…
—No pasa nada.
—Tu cara dice que sí.
—Mi cara está perfectamente normal.
Mateo susurró a Kevin:
—No está normal.
Kevin respondió:
—Cállate si quieres vivir.
Valeria los escuchó.
Editado: 03.09.2026