Miles de palabras, una decisión

Capítulo 2 - Escena 7 — Las personas que regresan sin que nadie las invite

Capítulo 2 — Lo que viaja con nosotrosEscena 7 — Las personas que regresan sin que nadie las invite2:06 a. m. — Clínica

El médico regresó poco después de las dos.

Esta vez no traía malas noticias.

—Los estudios complementarios no muestran ninguna complicación grave —explicó—. Creemos que el malestar puede estar relacionado con el proceso de recuperación, el cansancio y algunos efectos secundarios de la medicación.

Daniel soltó el aire lentamente.

Valeria sintió que sus hombros finalmente descendían.

—¿Puede irse? —preguntó Daniel.

—Preferimos mantenerla aquí unas horas más. Si todo continúa estable, podrá salir por la mañana.

—¿Puedo verla?

—Está dormida.

Daniel asintió.

—Aunque entre, probablemente ni se dé cuenta.

Eso no le importó.

Entró.

Isabella dormía profundamente.

Daniel permaneció unos segundos junto a la cama.

Le acomodó la manta.

Miró el monitor.

Después volvió a mirarla.

—No vuelvas a hacerme esto —susurró.

Ella no respondió.

Obviamente.

Daniel sonrió apenas.

—Ni despierta me haces caso.

Salió.

2:31 a. m.

El grupo comenzó a despedirse.

Sofía abrazó a Valeria.

Kevin prometió regresar con desayuno si hacía falta.

Mateo fue el último de los estudiantes en acercarse a Daniel.

—Avísame apenas despierte.

—Te aviso.

—Es mi prima.

Daniel sonrió.

—Todavía me parece raro escucharte decir eso.

—A mí también.

Se abrazaron.

Adrián se acercó a Valeria.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Segura?

—Cansada.

Él asintió.

No hubo nada más.

—Descansa.

—Tú también.

Adrián se marchó.

Y Valeria notó algo.

Meses atrás habría esperado una segunda frase.

Un mensaje.

Algún comentario que prolongara innecesariamente el momento.

Esta vez no.

Y estaba comenzando a acostumbrarse a esa versión de él.

Lucía también se despidió.

Finalmente quedaron Daniel, Valeria y Samuel.

—Tenemos que irnos —dijo Daniel mirando la hora.

Valeria lo observó.

—¿Vas a trabajar mañana?

—Tengo reunión a las ocho.

—Daniel…

—Es el arranque del proyecto nuevo. No puedo cancelarla.

No sonaba orgulloso de ello.

Sonaba culpable.

Samuel, que estaba sentado al fondo, levantó la cabeza.

—Yo puedo quedarme.

Los dos lo miraron.

—¿Qué? —preguntó Daniel.

—Puedo quedarme hasta que despierte.

Daniel frunció ligeramente el ceño.

—No tienes que hacerlo.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Samuel miró hacia la puerta de la habitación.

—Porque cuando despierte quizá sea bueno que vea una cara conocida.

Silencio.

Daniel lo estudió.

No como rival.

Ni como hermano celoso.

Como un hombre intentando decidir si podía confiar algo importante a otro.

—Samuel —dijo Valeria—, llevas aquí horas.

—No importa.

Daniel se acercó.

—Si pasa cualquier cosa…

—Te llamo.

—Cualquier cosa.

—Daniel.

Samuel sonrió.

—Te llamo.

Daniel extendió la mano.

Samuel la estrechó.

—Gracias.

—De nada.

Daniel se alejó dos pasos.

Regresó.

—Y no dejes que se levante sola.

Samuel soltó una risa.

—Está bien.

—Ni que cargue nada.

—Está bien.

—Y si dice que se siente bien—

—Probablemente no le crea.

Daniel lo miró.

Por primera vez sonrió.

—Aprendes rápido.

Valeria tomó del brazo a Daniel.

—Vámonos antes de que le dejes un manual de instrucciones.

Samuel se sentó nuevamente.

—Buenas noches.

Valeria lo miró antes de salir.

Aquello no parecía el gesto de un hombre intentando impresionar a una mujer.

Isabella estaba dormida.

Ni siquiera sabría que él se había quedado.

Y precisamente por eso el gesto significaba mucho más.

6:43 a. m.

Samuel no durmió.

Intentó.

Fracasó.

Compró dos cafés aunque sabía que Isabella probablemente no podría tomar uno.

Leyó parte del libro que había llevado.

Revisó el teléfono.

Miró las puertas demasiadas veces.

A las seis y cuarenta y tres apareció un hombre de unos cincuenta y tantos años.

Samuel lo reconoció por fotografías.

Ricardo.

El padre de Mateo.

El hermano de Andrés.

—Buenos días —dijo Ricardo—. Busco a Isabella Ferrera.

Samuel se levantó.

—Está descansando.

Ricardo lo miró.

—¿Familia?

Samuel sonrió.

—No.

—¿Amigo?

Samuel dudó.

—Sí.

Ricardo entendió aquella duda.

No dijo nada.

—Soy su tío.

—Lo sé. Ricardo.

Él levantó una ceja.

—¿Y tú eres…?

—Samuel.

Ricardo sonrió.

—Ah.

Samuel frunció el ceño.

—¿Qué significa “ah”?

—Nada.

—Últimamente todo el mundo me dice “ah”.

Ricardo soltó una carcajada.

—Tranquilo, muchacho.

Se sentó a su lado.

Durante algunos minutos hablaron.

De Isabella.

De Mateo.

Del accidente.

De Andrés.

Ricardo miró hacia la habitación.

—Todavía estoy aprendiendo a ser tío.

Samuel sonrió.

—Ella todavía está aprendiendo a tener tío.

Ricardo asintió.

—Supongo que tenemos tiempo.

La frase quedó flotando.

Porque después de Andrés, ninguno quería volver a asumir que el tiempo estaba garantizado.

7:18 a. m.

Isabella despertó.

No vio a Samuel.

Él había bajado a comprar agua cuando una enfermera entró a revisarla.

Ricardo pudo verla unos minutos.

—¿Tío?

Él sonrió.

—Hola, sobrina.

Isabella todavía parecía adormecida.

—Qué raro suena.

—Muchísimo.

Ricardo besó su frente.

—Mateo quería venir, pero le dije que durmiera.

—Gracias.

—Daniel me llamó anoche.




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