5:48 a. m.
Mateo tenía una vida que sus amigos de la universidad conocían muy poco.
Para ellos era el que hacía bromas cuando algo salía mal, el que podía aparecer con comida para todos sin que nadie se lo pidiera y, desde hacía poco, el primo inesperado de Daniel e Isabella.
Pero antes de que existieran grupos de WhatsApp, entregas, parciales o proyectos imposibles, Mateo tenía una rutina bastante distinta.
A las cinco y cuarenta y ocho de la mañana ya estaba despierto.
No porque le gustara madrugar.
Eso sería exagerar.
Le gustaba lo que ocurría después de conseguir levantarse.
Abrió la ventana de su habitación.
El cielo apenas comenzaba a cambiar de color.
Azules oscuros.
Naranja.
Una pequeña franja rosada detrás de los edificios.
Sacó una cámara vieja de un estante.
No era profesional.
Ni siquiera era especialmente buena.
Era una cámara digital que su padre había usado durante años y que Mateo se negaba a reemplazar.
Fotografió el amanecer.
Revisó la imagen.
—Horrible.
Tomó otra.
—Menos horrible.
Una tercera.
Sonrió.
Esa sí.
La fotografía era uno de sus pasatiempos secretos.
No publicaba casi nada.
No tenía una cuenta dedicada.
Simplemente guardaba imágenes.
Calles vacías.
Perros dormidos frente a negocios.
Personas esperando autobuses.
Sombras.
Atardeceres.
Su madre cocinando sin darse cuenta.
Su padre leyendo.
Momentos que probablemente nadie más consideraría importantes.
Después preparó café.
Y, mientras esperaba, abrió una pequeña libreta donde llevaba otra de sus costumbres:
escribía una sola cosa buena que hubiera ocurrido el día anterior.
La noche anterior había escrito:
“Empezamos otro período y seguimos todos aquí.”
Mateo observó la frase durante unos segundos.
Después cerró la libreta.
Habían pasado demasiadas cosas como para no valorar algo tan sencillo.
Una versión diferente de Mateo
A las siete ya estaba trabajando.
Tres días por semana ayudaba medio tiempo en el negocio de su padre, Ricardo.
No era precisamente glamoroso.
Impresiones.
Rótulos.
Facturas.
Inventario.
Diseños que los clientes pedían “más grandes, más brillantes y con más cosas”.
Mateo llevaba principalmente la parte informática.
Respaldos.
Equipos.
Base de datos.
Diseños rápidos cuando faltaba alguien.
Y, sobre todo, solucionar aquello que Ricardo llamaba:
—La computadora está rara.
Que podía significar cualquier cosa desde una impresora desconectada hasta haber cerrado accidentalmente el navegador.
—Papá —dijo Mateo desde el escritorio—, tienes treinta y siete pestañas abiertas.
Ricardo miró la pantalla.
—Las necesito.
—Hay seis de Facebook.
—Son investigaciones.
Mateo comenzó a reír.
—¿Investigaciones de qué?
—De personas.
—Eso se llama chisme.
Ricardo levantó un dedo.
—Cuando tienes más de cincuenta se llama mantenerse informado.
Mateo negó con la cabeza.
Su madre pasó por detrás.
—Tu papá es chismoso desde los veinte.
—Gracias por el apoyo —dijo Ricardo.
Aquellas mañanas le gustaban a Mateo.
No tenían nada extraordinario.
Precisamente por eso.
Después de la muerte de Andrés, había empezado a apreciar mucho más los momentos en que su familia estaba simplemente allí.
8:32 a. m.
Mientras buscaba unas facturas viejas, Mateo abrió un gabinete que casi nunca utilizaban.
Dentro había carpetas.
Discos compactos.
Memorias USB.
Fotografías impresas.
—Papá, ¿esto se puede botar?
Ricardo levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
Mateo sacó una caja.
—Esto parece arqueología.
—Ni se te ocurra.
—¿Por qué?
—Hay fotos.
Mateo abrió.
Cumpleaños.
Navidades.
Viajes.
Personas que ya no reconocía.
Hasta que encontró una fotografía conocida.
Se quedó completamente quieto.
Cuatro hombres jóvenes.
Año 2001.
Andrés entre ellos.
La misma fotografía que el número desconocido había enviado a Valeria.
Mateo sintió un pequeño escalofrío.
—Papá.
Ricardo seguía revisando una factura.
—¿Qué?
—¿De dónde salió esto?
Le mostró la fotografía.
Ricardo la miró.
Su expresión cambió.
—Hace años que no veía esa cosa.
—¿Quiénes son?
Ricardo señaló.
—Andrés.
Eso ya lo sabía.
—Ese soy yo.
Mateo volvió a mirar.
Ahí estaba.
Muchísimo más joven.
Con más cabello.
Y con suficientes rasgos familiares como para explicar por qué, en la fotografía enviada a Valeria, uno de los hombres parecía vagamente una versión distinta de Daniel.
Mateo sintió que algo encajaba.
—Entonces eres tú.
—¿Quién esperabas que fuera?
—No sé.
Ricardo tomó la foto.
Sonrió con cierta tristeza.
—Ese día fuimos a un río. Éramos unos idiotas.
—¿Y los otros?
Ricardo señaló los rostros.
—Amigos de aquellos años. Hace muchísimo que no sé nada de ellos.
Mateo tragó saliva.
Después hizo la pregunta.
—¿Quién tomó la fotografía?
Ricardo lo miró.
—Yo.
Mateo frunció el ceño.
—Pero estás en ella.
Ricardo rio.
—Temporizador. Puse la cámara sobre una piedra y corrí.
Mateo no rio.
Ricardo lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Pero sí pasaba.
Valeria había recibido aquella fotografía de una persona desconocida.
Una fotografía que aparentemente pertenecía a Ricardo.
Y ahora acababa de descubrir que Ricardo sabía exactamente quiénes aparecían allí y cómo había sido tomada.
Mateo miró a su padre.
Editado: 03.09.2026