Miles de palabras, una decisión

Capitulo 3 - Escena 3 — El hombre que no quería una fiesta

Escena 3 — El hombre que no quería una fiesta

Lunes — 12:18 a. m.

Daniel no preguntó dos veces.

Cuando llegó al apartamento de Valeria y vio en la computadora la grabación de la mujer frente a la puerta trasera de Lirio & Abril, su expresión cambió.

No gritó.

No golpeó nada.

No comenzó a decir que iba a encontrar a quien fuera responsable.

Hizo algo que a Valeria, en aquel momento, le pareció mucho más tranquilizador.

Pensó.

—Guarda el video original.

—Ya lo descargué.

—Haz otra copia.

—Daniel…

—Otra.

Valeria lo miró.

Él ya estaba revisando la hora exacta de la cámara.

—No vamos al negocio.

—Pero dejó un sobre.

—Precisamente por eso no vamos.

—Podríamos—

Daniel levantó la mirada.

—Vale.

No fue una orden.

Fue esa forma suya de decir su nombre cuando estaba realmente preocupado.

—No sabemos quién es esa mujer, qué quiere ni qué dejó allí. No voy a llevarte a medianoche para averiguarlo.

Valeria cruzó los brazos.

—Es mi negocio.

—Lo sé.

—Entonces—

Daniel se acercó.

Le sostuvo suavemente ambos brazos.

—Y mañana vas a seguir teniendo negocio.

Pausa.

—Esta noche no necesitas demostrarle a nadie que eres valiente.

Aquello la silenció.

Daniel tomó el teléfono.

—Vamos a denunciarlo.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Daniel, son las doce—

—La persona que te está siguiendo no parece preocuparse por el horario.

Valeria lo miró unos segundos.

Y terminó asintiendo.

No porque necesitara que Daniel decidiera por ella.

Sino porque, por primera vez desde que había comenzado todo aquello, agradecía tener al lado a alguien que podía conservar la calma cuando ella no podía.

1:06 a. m. — Policía

No contaron toda la historia.

No hablaron de Andrés.

Ni de la carta.

Ni de las sospechas familiares.

Ni de Adrián.

Ni de Marco.

La denuncia se limitó a lo ocurrido aquella noche.

Una mujer desconocida.

La grabación.

El mensaje recibido.

El hecho de que aparentemente sabía que la floristería pertenecía a Valeria.

El sobre dejado junto a la puerta.

La policía les recomendó no tocarlo hasta que fuera revisado.

Daniel preguntó todo.

Qué conservar.

Qué capturas guardar.

Qué información anotar.

Qué hacer si la mujer regresaba.

A quién llamar.

Valeria lo observaba.

No estaba actuando como un héroe.

Estaba actuando como Daniel.

Organizando el miedo.

Convirtiéndolo en acciones.

Eso era lo que hacía con los problemas.

Los dividía hasta que parecían manejables.

Cuando salieron, estaba lloviznando.

Daniel le abrió la puerta del carro.

—No tienes que hacer eso.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo haces?

—Porque está lloviendo.

—Puedo abrir una puerta bajo la lluvia.

Daniel sonrió.

—Nunca dije que no pudieras.

Valeria subió.

Él cerró.

Y ella sonrió sola.

Había cosas que Daniel hacía sin convertirlas en discursos.

Quizá por eso funcionaban.

Una aclaración importante

Daniel y Valeria no vivían juntos.

Aunque a cualquiera que observara sus vidas desde afuera podía parecérselo.

Vivían en el mismo edificio.

Valeria, en el segundo piso.

Daniel, en el tercero.

Un piso de diferencia.

Pero a veces podían pasar dos días completos sin entrar al apartamento del otro.

Trabajo.

Universidad.

Proyectos.

Reuniones.

Cansancio.

Había noches en que Daniel subía directamente al tercero mientras Valeria llegaba horas después.

Otras veces Valeria se quedaba trabajando hasta tarde en la floristería y Daniel apenas alcanzaba a enviarle:

Daniel: Avísame cuando estés arriba.

Y ella respondía:

Valeria: Ya llegué.

Vivían cerca.

No fusionados.

Y a ambos les gustaba así.

Todavía.

Aquella noche fue diferente.

Daniel subió primero a su apartamento.

Regresó diez minutos después con una mochila.

Valeria la miró.

—¿Qué haces?

—Me quedo.

—Daniel.

—Dos noches.

—No necesito guardaespaldas.

—Excelente, porque soy ingeniero.

Valeria rio.

—¿Y tu apartamento?

—No va a extrañarme.

—¿Y si yo sí quiero dormir sola?

Daniel se quedó quieto.

—Duermo en el sofá.

Valeria lo miró.

Eso era lo que necesitaba escuchar.

No me quedo porque yo decido.

Sino me quedo si tú quieres.

—Puedes dormir conmigo.

Daniel levantó una ceja.

—Eso fue rápido.

—No arruines el momento.

—Entendido.

2:13 a. m.

Ya estaban acostados cuando el teléfono de Valeria comenzó a sonar.

Videollamada.

Isabella.

Daniel cerró los ojos.

—No.

Valeria comenzó a reír.

—Contesta.

—Son las dos de la mañana.

El teléfono siguió sonando.

Daniel tomó una almohada y se la puso sobre la cara.

Valeria respondió.

—Hola.

Isabella apareció con el cabello recogido y cara de sueño.

—¿ESTÁN BIEN?

Daniel habló desde debajo de la almohada.

—No.

—¡Daniel!

Él sacó la cara.

—Estamos bien, Isa.

—Muéstramelo.

Valeria giró la cámara.

Daniel levantó la mano.

—Vivo.

—¿Fueron a la policía?

—Sí.

—¿Qué dijeron?

—Que guardemos todo.

—¿Y el negocio?

—Mañana.

Isabella frunció el ceño.

—No vayas sola.

—No voy a ir sola.

Isabella miró a Daniel.

—¿Te vas a quedar con ella?

—Dos noches.

Isabella sonrió.

—Ah.

Valeria señaló la pantalla.

—No empieces.

—No dije nada.

Daniel:




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