Miles de palabras, una decisión

Capitulo 3 - Escena 4 — Los caminos que siempre dejan huellas

Escena 4 — Los caminos que siempre dejan huellas

Martes — 6:07 a. m.

Los lirios blancos seguían en la cabeza de Valeria.

No porque fueran sus flores favoritas.

Ni siquiera lo eran.

Le gustaban, por supuesto. Era difícil trabajar rodeada de flores y no aprender a encontrar belleza en casi todas.

Pero desde aquella noche, los lirios blancos habían dejado de ser simplemente flores.

La mujer había dejado uno seco frente a Lirio & Abril.

Después Mariana había seguido la cuenta de la floristería y reaccionado precisamente a una publicación antigua donde aparecía un arreglo de lirios blancos.

Y la noche anterior alguien había deslizado bajo la puerta de Valeria una nota:

“Pregúntale a Adrián qué ocurrió antes de conocerte.”

Demasiadas cosas.

Demasiados puntos.

Y todavía ninguna línea segura entre ellos.

Valeria había fotografiado el papel sin tocarlo demasiado y avisado a Daniel. Él había bajado desde su apartamento del tercer piso casi inmediatamente.

No habían abierto la puerta.

No habían perseguido a nadie.

Esta vez estaban aprendiendo.

Guardar.

Documentar.

Informar.

Esperar.

Pero aquella mañana Valeria despertó pensando en otra cosa.

El vehículo.

La cámara del negocio vecino había captado parcialmente el automóvil donde la mujer misteriosa se había marchado.

Y entre todos sus amigos había una persona que podía reconocer un vehículo casi únicamente por la forma de una luz trasera.

Kevin.

6:24 a. m. — El hombre que corría mientras los demás dormían

A esa misma hora, Kevin ya llevaba nueve kilómetros.

Mientras la mayoría de sus amigos negociaba con la alarma del teléfono, él corría por una avenida todavía medio vacía.

Tenis.

Reloj deportivo.

Audífonos.

Respiración controlada.

Paso constante.

Kevin no corría para bajar de peso.

Ni para tomarse fotografías.

Corría porque le gustaba descubrir cuánto tiempo podía convencer a su cuerpo de continuar cuando su cabeza comenzaba a decirle que se detuviera.

En su habitación tenía dos medallas de las que estaba particularmente orgulloso.

Primer lugar — Maratón 42K.

Y, meses después:

Segundo lugar — Ultramaratón 50K.

La segunda le dolía un poco más.

Precisamente por eso la quería tanto.

Había terminado destruido.

Piernas temblando.

Pies llenos de ampollas.

Y aun así había cruzado segundo.

Sus amigos conocían ambas medallas.

Lo que no hacían era acompañarlo.

Una vez había intentado convencerlos.

Kevin había escrito:

Kevin: Mañana 5:15 a. m. Salimos a correr. ¿Quién se apunta?

Mateo:

Mateo: Reportado por contenido ofensivo.

Sofía:

Sofía: A esa hora todavía soy menor de edad.

Valeria:

Valeria: Te apoyo emocionalmente desde mi cama.

Adrián:

Adrián: ¿Cuántos km?

Kevin:

Kevin: 18.

Adrián:

Adrián: Retiro la pregunta.

Desde entonces Kevin había dejado de invitarlos.

Aquella mañana terminó los doce kilómetros que le correspondían.

Miró el reloj.

Sonrió.

Y a las 7:35 a. m., después de ducharse y cambiarse, ya parecía otra persona.

Camisa.

Pantalón.

Reloj.

Cabello arreglado.

Llaves del carro.

Porque correr era una parte de Kevin.

No su vida completa.

8:03 a. m. — El otro Kevin

El concesionario de su padre ocupaba una esquina amplia de una avenida comercial.

Vehículos nuevos.

Seminuevos.

Oficina de financiamiento.

Taller asociado.

Personal de ventas.

Inventario.

Y aproximadamente cuarenta problemas diferentes antes de las nueve de la mañana.

—Kevin, el cliente de la camioneta negra quiere hablar contigo.

—Voy.

—El banco devolvió la solicitud del señor Pineda.

—Mándamela.

—Llegaron los tres vehículos de traslado.

—Que nadie los entregue hasta revisar kilometraje y pintura.

Su padre apareció desde la oficina.

—¿El inventario?

—Actualizado anoche.

—¿Ventas del mes?

—Once por ciento arriba.

Su padre lo miró.

—¿Y la universidad?

Kevin tomó café.

—Sobreviviendo.

—¿Y correr?

—También.

—¿Y dormir?

Kevin pensó.

—Ese departamento está cerrado temporalmente.

Su padre sonrió.

A su corta edad, Kevin ya era su mano derecha.

No porque fuera el hijo del dueño.

Precisamente su padre había sido más exigente con él por eso.

Kevin conocía precios.

Financiamiento.

Versiones.

Motores.

Problemas frecuentes.

Sabía reconocer cuándo un vendedor estaba prometiendo demasiado y cuándo un cliente estaba a punto de comprar aunque llevara cuarenta minutos diciendo:

“Solo estoy viendo.”

En la universidad era el bromista.

En el concesionario no.

Allí podía tomar decisiones de miles de dólares sin pestañear.

Un empleado joven se acercó.

—Kevin, el cliente quiere descuento adicional.

—¿Cuánto?

Le dijo.

—No.

—Dice que en otro lugar se lo dan.

Kevin sonrió.

—Entonces pregúntale por qué sigue aquí.

El vendedor rio.

—No puedo decirle eso.

—Obviamente no. Pregúntale qué necesitamos mejorar para cerrar con nosotros.

—Ah.

Kevin negó con la cabeza.

—Por eso todavía no manejas mi puesto.

Su teléfono vibró.

Valeria.

Una fotografía.

Valeria: Necesito tus superpoderes de niño rico que sabe de carros.

Kevin frunció el ceño.

Kevin: Primero: ofensivo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.