Miles de palabras, una decisión

Capitulo 3 - Escena 7 — Lo que parece una elección… hasta que alguien mueve las piezas

Capítulo 3 — Las cosas que elegimos mirar

Escena 7 — Lo que parece una elección… hasta que alguien mueve las piezas

Lunes — 8:06 a. m.

Adrián llevaba varios minutos mirando su teléfono como si el aparato acabara de traicionarlo personalmente.

Adrián Molina comenzó a seguir a Mariana Vega.

—Yo no hice eso.

Estaba completamente seguro.

O casi.

Había revisado sus dispositivos.

Nada extraño.

Su contraseña seguía funcionando.

No había correos de recuperación.

No aparecía ningún inicio de sesión desde otro país.

Y eso era precisamente lo que más lo molestaba.

Adrián sabía de sistemas.

Su nuevo proyecto universitario era, irónicamente, sobre vulnerabilidades y control de acceso.

No era el tipo de persona que utilizaba:

adrian123

como contraseña.

Tenía autenticación en dos pasos.

Contraseñas diferentes.

Y acostumbraba desconfiar de enlaces.

Pero mientras se duchaba recordó algo.

Viernes.

Datos móviles caídos.

Una cafetería.

Necesitaba enviar un archivo.

La red Wi-Fi había aparecido inmediatamente.

CAFE_CLIENTES_FREE

Había entrado.

Recordó incluso la pantalla de bienvenida.

Correo.

Una página que parecía perfectamente normal.

Después, Instagram le había pedido volver a iniciar sesión.

Adrián se quedó inmóvil.

—No…

Tomó inmediatamente el teléfono.

8:19 a. m.

Daniel recibió la llamada.

—¿Qué pasó?

—Creo que sé por qué apareció lo de Mariana.

—Habla.

Adrián explicó.

Daniel guardó silencio.

—¿Entraste en una red pública?

—Sí.

—¿Y luego Instagram te pidió iniciar sesión?

Silencio.

—Sí.

Daniel cerró los ojos.

—Adrián.

—Ya sé.

—No, creo que no sabes.

—Daniel—

—Estás trabajando en seguridad informática.

—¡LO SÉ!

Daniel se reclinó en la silla.

—¿La página tenía el dominio real?

Adrián intentó recordar.

—No miré.

—Perfecto.

—No necesito sarcasmo.

—No es sarcasmo. Estoy genuinamente impresionado.

Adrián apretó la mandíbula.

—Gracias.

Daniel ya estaba pensando.

No era imposible que hubieran usado una red falsa —un evil twin— imitando el Wi-Fi de la cafetería.

No necesitaban “romper Instagram”.

Solo convencer a alguien de entregar una sesión o credenciales en una página falsa suficientemente creíble.

—Cierra todas las sesiones —ordenó Daniel.

—Ya voy.

—Cambia contraseña desde una red segura.

—Sí.

—Regenera los códigos de respaldo.

—Sí.

—Revisa aplicaciones conectadas.

—Sí.

Daniel añadió:

—Y deja de conectarte a cualquier cosa que diga “FREE”.

Adrián:

—Entendido, papá.

—No vuelvas a decirme así.

Entonces Daniel recordó dónde estaba aquella cafetería.

Se quedó inmóvil.

La cafetería donde Mariana desayunaba prácticamente todos los días.

Abrió un correo de su empresa.

Lo había recibido aquella mañana.

Solicitud urgente de evaluación de seguridad — comercios afiliados.

Había varios establecimientos.

Entre ellos…

la misma cafetería.

Daniel llamó a un compañero.

—¿Qué pasó con Café Central?

—Varias redes comprometidas. Unos tipos llevan semanas haciendo bromas pesadas con puntos de acceso falsos. Nada sofisticado a nivel empresarial, pero capturaron sesiones de clientes.

—¿Ya avisaron a los afectados?

—La cafetería está contactando frecuentes.

Daniel cerró los ojos.

—Conozco a una.

Mariana

A las 8:43 a. m., Mariana recibió un mensaje de la cafetería.

AVISO IMPORTANTE A CLIENTES

Habían detectado una red inalámbrica no autorizada que imitaba el nombre del establecimiento.

Recomendaban cambiar contraseñas.

Cerrar sesiones abiertas.

Activar doble autenticación.

No reutilizar credenciales.

Mariana apenas terminó de leer cuando Daniel llamó.

Se sorprendió.

Contestó rápido.

—¿Daniel?

—¿Te conectaste al Wi-Fi de la cafetería estos días?

—Sí.

—¿Instagram te pidió volver a iniciar sesión?

Pausa.

—Sí.

Daniel respiró.

—Cambia tu contraseña.

—¿Por qué?

—Porque probablemente te robaron la sesión.

—¿Eso explica lo de Adrián?

—Probablemente.

Mariana guardó silencio.

—Yo no seguí a ese hombre.

—Ya lo sé.

Aquellas tres palabras le gustaron demasiado.

Daniel añadió inmediatamente:

—Y Adrián tampoco te siguió a ti.

La pequeña emoción murió.

—Ah.

—Hazlo ahora.

—Sí.

—Todas tus cuentas que compartan contraseña.

Mariana dudó.

—Uso la misma en varias.

Daniel cerró los ojos.

—Mariana.

—¿Qué?

—Eso no se hace.

—No todos somos ingenieros.

—No necesitas ser ingeniera para no poner la misma llave en seis puertas.

—Siempre fuiste exagerado con esto.

—Y tú siempre pensaste que la seguridad era problema de alguien más hasta que te pasaba algo.

Mariana quedó callada.

—Me estás regañando.

—Sí.

—Han pasado años y todavía sabes hacerlo igual.

Daniel cambió el tono inmediatamente.

—No confundas preocupación básica con otra cosa.

Silencio.

—Cambia las contraseñas.

Colgó.

La humillación informática de Adrián Molina

A las 10:12 a. m., Kevin ya sabía.

Por supuesto.

—Así que el señor ciberseguridad entregó sus credenciales en una cafetería.

Adrián ni levantó la vista.

—Fue captura de sesión.

Kevin:

—Ah, perdón.

Pausa.

—El señor ciberseguridad entregó su sesión en una cafetería.




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