Summer.
En caso de que Su Majestad no cuente con un heredero directo, se convocará un proceso de postulaciones entre los dignatarios del reino. Tras evaluar a los aspirantes, el rey elegirá personalmente a su sucesor para garantizar la estabilidad del trono.
—Ley 1010. Primer rey, del legado Fine. Año 01/01/000.
Mis pies cruzan esa frontera que me he impuesto no volver a tocar.
Quizá esté exagerando, lo único que me ha impedido regresar al juego durante este tiempo ha sido el terror que me causaba ser pieza de una partida que no sabía que había empezado.
La mata naranja en que se ha convertido mi cabello me quita visión, porque no es suficiente que el viento me esté cortando la piel, sino que también hacía falta que mi pelo me quiera matar.
—¡Lo sabía! —el grito de la chica furiosa tras nosotros me hace acelerar mis zancadas a la vez que Christopher. A pesar de los metros que nos separan de ella, está demasiado molesta como para dejarnos ir—. ¡Estabas con ella!
Ambos intercambiamos una mirada que no sabría interpretar como divertida o frustrada por la situación. Ya está claro lo que esa chica piensa de Christopher y de mí. Pero en este punto poco importa lo que piense una extraña de nosotros, no mientras nuestras vidas se han puesto en juego.
A medida que corremos los gritos pierden fuerza y mis piernas empiezan a pesar más, el pulso consigue mayor intensidad en mis sienes.
Perdemos su rastro por completo luego de atravesar los metros de tierra y césped secos del parque entre fronteras, junto con un monumento medio demolido. Las farolas no funcionan en este punto de la ciudad, y hace un tiempo ya se han extinguido las luces proporcionadas por las casas.
La ciudad es silenciosa a estas horas de la noche, contrastando con el ruido del que venimos.
Me detengo cuando mi sombra conecta con la del edificio que tengo en frente.
Jadeo intentando recuperar la respiración perdida en la carrera. Christopher a mi lado hace lo mismo, afirmando sus manos en las rodillas y mirando hacia el suelo, exagera —como cada vez que puede— que se muere de cansancio, siendo que con suerte hemos corrido ciento cincuenta metros.
—Nunca creí… —Hace una pausa para respirar, soltando una carcajada divertida que se mezcla con una inhalación—… que coquetearle a alguien traería tantos problemas —termina, negando con la cabeza.
Suelto una risa entrecortada y le doy un golpe amistoso en el hombro.
—Deberías renunciar a ese método —sugiero. Las veces que lo ha intentado, solo funciona hasta la parte en donde a la chica le atrae, luego descubren que es un idiota, y hasta allí la historia. Siempre admiraré la forma en la que le importa un pepino lo que la gente piense de él.
Christopher asiente con la sonrisa adornándole el rostro, se yergue otra vez y recupera la recompostura. Se pasa una mano por las ondas oscuras para arreglar el desorden causado.
—Bien, hay que continuar. La cafetería está a unas cuadras —asegura al tiempo que comienza a caminar con una tranquilidad envidiable por la calle, con suerte, desolada por ser altas horas de la noche. Su calma no es real, eso ya lo he aprendido con los años a su lado, solo se limita a aparentarla, su atención está puesta en cada sombra que nos pueda acechar.
—Vamos por otro lado, aquí es muy fácil encontrar cámaras, o personas. —sugiero.
—No hace falta preocuparse de las grabaciones. —Solo hace falta que diga eso para saber que él ha hecho algo con eso—. Y respecto a la gente, ya he revisado varias veces, por aquí no vive nadie. Es una calle transitada en el día, porque es un conector con la ciudad de al lado, pero en la noche no anda ni un perro.
Me adelanto para llegar a su lado, no sin antes echar una mirada inquisitiva hacia cada rincón sombrío. Sigue sin convencerme del todo estar a simple vista.
Una punzada me atraviesa el pecho al barrer con la vista cada construcción que alcanzan a divisar mis ojos. Al bajar la mirada encuentro una de las cámaras instaladas que se encuentra desparramada en el suelo, hecha solo restos de vidrio y metal. Supongo que a esos se refería Christopher.
Los edificios altos y modernos hacen un contraste perfecto al mezclarse con la antigüedad de otras residencias. Ya no siento nada ante la perfección que este gobierno intenta aparentar, solo un regusto amargo se instala en mi pecho. Sé que tras esas paredes sin defectos existen verdades agrías, y esas son mis fuerzas para seguir creyendo que encontraré los secretos que este reino entierra tras la fachada de pureza.
Contemplo la gran estructura de vidrio que se ve a lo lejos, muy a lo lejos. Ese edificio más grande que los otros, con la punta en forma de triángulo. En el lateral de la base se extiende un cartel gigante que anuncia las inminentes elecciones. Mi tío y mi padre me devuelven la sonrisa gélida desde su posición. No deberían seguir ahí, no cuando yo misma fallé en un intento de derrocarlos. Pero ¿quién querría ponerse en contra de los que acabaron la guerra? No es necesario ser un genio para saber la respuesta.
—¿La cafetería sigue igual o cambiaste algo? —intento conversar, más que nada para desvanecer el gusto a derrota que vuelve cada vez que recuerdo ese momento—. Sería interesante que hubieras comprado otro sofá. El que había estaba horrible.
Chris asiente, con las manos en los bolsillos y la mirada fija al frente. Mira las paredes de los callejones que pasamos, se ve distraído.
—Compré otro —responde, volviendo—. Ah, también pegué más pegatinas en la puerta, aún se veía el cristal.
—¿Y mis plantas? ¿Siguen vivas? —pregunto, aunque creo ya saber la respuesta. Christopher siempre ha sido malísimo cuidando cosas, sobre todo esas cosas. Su excusa siempre es que olvida regarlas porque según él, al no moverse no recuerda que existen y mueren deshidratadas.
Editado: 01.06.2026