Mímesis: DifracciÓn

Capítulo 2

Aiden.

Cenizas y Cristal,
un caos de verdad.
¿Dónde estarás?
Quizá en un profundo mar,
o en un enredo fatal...
—Poemas incompletos.

Tengo que irme. Y la idea de que eso sea justamente lo que Jesse espera me está jodiendo el plan. Igual, no lo soporto.

—No quiero, no lo hare —niego con la cabeza, echando las últimas cosas que creo que ocuparé a mi maleta desordenada. Más bien le daría como nombre pila de cosas. La palabra desordenada se queda demasiado corta.

—Aiden, sé útil por una vez, ¿quieres? —me sigue regañando mi padre. Aunque no merece ese título, y aun así lo tiene—. Has algo por tu vida. ¿Para qué te tuve? Eres mi heredero, debes obedecerme.

Tiro otra de mis libretas al bolso. Debo admitir (contra mi voluntad, ya que eso habla de mi poca sensatez para hacer bolsos) que la maleta está ocupada en mayor parte por hojas. Literalmente. Tengo libros, al menos los que más me importan, y diarios, algunos vacíos y otros llenos a rebosar. Me gusta la metáfora de que mis palabras en esas páginas son un mar, un océano lleno de olas que no sirven para ahogar, sino para respirar. Lo que a la gente mata, a mí me da vida.

—Ve tú, si tanto quieres que alguien de la familia tenga ese título —replico con voz gélida, cerrando a duras penas la tapa de la maleta.

Me echo la mochila al hombro y camino con paso firme por los pasillos de la gran casa. Espero no volver a mirar este lugar nunca más.

—Aiden, no te pongas así. —Me sigue—. Piensa en la familia, en nuestro legado. Yo no puedo ir para las elecciones, sabes que el Dethric me elegiría sin dudar y habría rumores.

Resoplo, irritado y cansado a la vez. Me volteo hacia él sin cuidado, lo miro con toda la frialdad que soy capaz de reunir. Si participo en esa aberración, no tengo por qué esforzarme para ganar. Mi padre quedará tranquilo y no me insistirá más. No me elegirán porque haré todo para que no suceda. No sacrificaré mi vida, mi futuro por alguien que nunca me ha apreciado desde que nací.

—Iré —informo con un suspiro—. Pero si no gano, no me insistirás más.

Mi padre sonríe con triunfo. Las arrugas en su rostro son muchas, principalmente porque no conoce otro gesto que no sea el ceño fruncido. A diferencia de mi cabello oscuro, el suyo es de un rubio que siempre va peinado hacia atrás, sin dejar escapar mechón alguno. La única cosa que me agrada. Y otra razón por la que él no me soporta. No soy como él.

—Adiós, padre —digo, haciendo énfasis en la última palabra, casi con tono desafiante. Me paso una mano por las ondas negras de mi cabello, más que nada para desordenarlo y ver como el hombre frente a mi vuelve fruncir el ceño. Hacerlo enojar siempre ha sido y será mi actividad favorita.

Y con eso tomo mis maletas y cierro la puerta tras de mí. Dejo que el sol me bañe con su luz y me acompañe en este viaje hacia mi propia libertad.

Al final el sol se cansó de acompañarme y ahora es la luna quien tiene la amabilidad de vigilar cada paso que doy.

El viaje ha sido agotador, aunque sospecho que ha sido más un cansancio mental. El aire frio me recibe cuando salgo de la estación de trenes. Quizá tenga que tomar un taxi hasta mi nueva casa… El problema es que a esta hora no pasa nada. Nada de nada. Saco mi celular para ver la dirección, está a una media hora caminando. Un poco de ejercicio no me haría mal.

Emprendo camino por las calles desoladas. El silencio es abrumador.

Me quedo frente a un edificio antiguo, viendo una vez más la dirección. La pantalla se pone blanca, sin mostrar nada respecto a donde estoy pisando. Dirijo la vista a la señal. No hay ni una barrita. ¿Ahora cómo llegaré a la casa?

Sigo caminando, esta vez sin rumbo.

Cómo odio cuando pasa esto. Varías personas ya se han quejado del corte de señal, pero Erick está decidido en dejarlo. No sabe lo que es perderse solo por el hecho de distraerse con la hora.

Miro mi alrededor, buscando reconocer algo. Sería extraño que lo hiciera, no he pisado este lugar en mi vida. Igual resulta extraño que estén tan vacías las calles, la estación está a unos quince minutos, no entiendo la soledad de las casas. Ni siquiera hay autos.

Un sonido metálico me hace agudizar el oído. Luego otro. De pronto me veo guiado hacia un callejón desolado, con una curiosidad innegable creciendo. Voy hacia el lugar. Está oscuro, y lo primero que creo es que pudo ser un gato, pero un movimiento en la parte de arriba me hace poner la atención en una chica subiendo la escalera de un departamento. Tiene el cabello largo recogido en una coleta apretada. También hay un bote gigante de basura bajo ella. ¿Qué se supone que hace?

Me quedo mirando con atención los próximos movimientos de ella, sea quien sea. Algo ahí arriba la hace soltar un chillido, casi me río por el sonido, pero me corto en seco cuando la chica se distrae y termina cayendo.

No lo pienso dos veces. Suelto mi maleta y corro hacia ella, atrapándola en el momento exacto donde se hubiera estrellado contra el suelo. La sostengo un segundo, luego la dejo en el piso a merced de sus propios pies.

Parece sorprendida, la entiendo, yo igual lo estoy. No planeaba salvar la vida de nadie hoy, pero aquí estoy…

Noto que sigo con las manos ubicadas en su cintura. Me alejo un poco, lo suficiente para no incomodarla. Rasco mi cuello, donde por alguna razón muy extraña siento una descarga eléctrica casi imperceptible, lo que me recorre toda la columna. La chica es linda, a mi parecer. Tiene los ojos de un color avellana, si no me equivoco, pues la luz de la luna muchas veces es engañosa.

Me parece conocida. Pero quizá es resultado de los muchos libros que he leído. Es habitual para mí confundir personas reales con ficticias, he pasado por tantas historias que ya no recuerdo a los personajes ni sus nombres, pero la imagen queda en la cabeza de todas formas.




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