Mímesis: DifracciÓn

Capítulo 3

Christopher.

Existe una nube llamada Sagittarius B2, que está a años luz del planeta. Esta nube está compuesta por grandes cantidades de alcohol, aunque su contenido es altamente mortal —lamentablemente— al contener monóxido de carbono, cianuro de hidrógeno y amoníaco.
—Datos curiosos.
Nota: Esa nube no se puede tomar, suerte que mi nevera está llena de un alcohol consumible...

Una mano, suave y a la vez demasiado firme se posa en mi boca, ahogando la exclamación de sorpresa que estaba por salir de mis labios.

El olor de un perfume me inunda. Conozco ese olor.

Siento la punta de un cuchillo en mi columna. Ay, mierda, me matarán. Me están secuestrando, me van a llevar a un lugar muy lejano y me matarán, o venderán mis órganos primero.

Me lamento el tiempo que perdí en no practicar lucha. De hecho, ¿por qué no lo he hecho? Estúpido seré. Solo camino, ignorando la punta de su cuchillo que amenaza con enterrarse en mi espalda. ¿Por qué me pasa esto? Yo, tan genial y estupendo… muriendo tan joven.

Bueno, dejaré un poquitín el drama. Creo que ya sé quién es. Y de lo que sé no me matará… creo.

La chica me arrastra a un callejón que intercepta al que hace unos segundos estaba con Summer. Solo entonces me suelta.

—Oh, por favor, mi riñón no… odio tomar agua.

Me giro y, tal como suponía, el cabello castaño le cae en una coleta sobre el hombro y me mira seria, con los ojos verdes clavados en mí.

—Rápido, sígueme —ordena Lynn, caminando a paso veloz hacia otra calle, lejos de la anterior.

—¿Por qué…? —intento preguntar. No me deja.

—Sígueme —repite con un tono que me deja claro que ya tiene ganas de enterrarme ese cuchillo que acaba de guardar en su cinturón.

No me agrada la idea de dejar a Summer sola en la ciudad, acaba de llegar y lo más probable es que no recuerde como llegar a la cafetería. Bueno, ella se puede cuidar sola unos minutos, y yo no tengo ganas de desafiar a Lynn.

La sigo por unas cuantas calles hasta que ella se vuelve hacia mí y me empuja contra una pared de cemento sucio. Tiene el ceño fruncido y una expresión que me dice que estoy a un segundo de perder la paciencia. O una extremidad. Su dedo me apunta acusadoramente al pecho, y aunque ella es unos centímetros más baja que yo, sé lo letal que puede llegar a ser.

¿Ahora qué habré hecho? Mejor me quedo quieto.

—¿Lo sabe? —espeta.

—¿De qué hablas? —pregunto, confuso.

Ella se aleja un poco, pasándose una mano por la cara con agotamiento.

—Que si Summer sabe lo del refugio —aclara.

Niego con la cabeza.

—Aún no.

Ella asiente, menos preocupada que antes.

—Bien. Y que siga así.

Y sin decir nada más, comienza a caminar hacia otro callejón, seguramente de regreso al palacio. No puedo permitir que se vaya. Necesito hablar sobre esto con ella, Lynn es la única que me puede sacar de este lío en el que me acabo de tirar de cabeza.

—¡Lynnette! —grito, corriendo tras ella—. Espera.

Ella se vuelve hacia mí, poniendo los ojos en blanco.

—¿Cuántas veces te tengo que decir que no me llames así? —me reclama, con el mismo tono que suele usar cuando se está resistiendo para no partirme la cara de un golpe.

—Ya, ya. Perdóname, Lynnette. —pronuncio el nombre con burla, solo para que se moleste más. Sé que me quiere mucho como para de verdad cumplir sus amenazas.

—Déjate de joder de una vez. Habla.

Asiento, recuperando un poco la seriedad.

—¿Por qué no le puedo decir a Summer?

Ella suspira, masajeándose el puente de la nariz con los dedos. Está cansada de todas las veces que le he hecho la misma pregunta, pero es su problema que me imponga ocultarle un secreto a mi mejor amiga.

—Ya hemos hablado de esto —responde, negando sin mirarme.

Me acerco un paso, firme.

—Sí, y todas las veces me das la misma respuesta que no me dice ni una mierda —arguyo, sin ni un toque del humor de hace rato.

Lynn levanta la mirada, desafiándome con sus ojos verdes que parecen los de un depredador. Su expresión es fría como el hielo, una que suelo ver muy a menudo ahora, tres meses, para ser exactos.

—Bien —acepta, no como rendición, más bien podría ser fácilmente una acusación—. No confío en ella, ya está.

—¿No confías? —río, con una nota de sarcasmo—. ¿Y no te bastó con la prueba de que intentara matar a su propio tío? Y que aparte es el líder de la CFE. ¿Qué más necesitas? ¿Qué vaya al infierno a traer a un demonio?

—No me refiero a eso —defiende ella, molesta—. Eso es lo único que me tranquiliza: saber de qué lado está. Pero en eso solo queda clara su lealtad. Y si piensas que solo eso importa, estás muy equivocado. Créeme, Chris, te estoy protegiendo a ti y a ella pidiéndote que ocultes esto.

Pero no puede ser solo por eso. Lo sé de alguna manera. Summer ya ha probado su posición con actos, ni siquiera con palabras. Lynn tiene algo más, y también ha dejado claro que no me lo dirá.

—¿Protegernos de qué Lynn? ¿De un rey que la quiere matar? Hemos estado viviendo con esa carga tres años. Tres años. —repito.

—Si el gobierno llega a enterarse de que la traidora, aparte de intentar asesinar a un líder, conoce sobre nuestro refugio, la atraparán. La querrán a toda costa. Y no hay nada que me asegure que un poco de tortura no la hará hablar.

Aprieto los puños hasta que mis nudillos se ponen blancos. Me parece tan… ¡tan estúpido! Que Lynn no confíe en mi amiga. Ella ha soportado años huyendo del gobierno, de la CFE, de su padre. ¿Qué cambiaría si ella se entera? Summer puede seguir ocultándose, luchando. Y el rey no podrá hacer nada porque hasta ahora sigue sin hacer nada.

—¿Entonces por qué confiaste en mí? Yo igual puedo delatar el refugio —contraataco, con una sonrisa de incredulidad.

—Porque sé que tú sí soportarías —responde sin pensarlo—. Sé que preferirías morir antes que hablar, por eso lo sabes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.