Minerva Aleteyah: El Hada Del Tiempo.

Parte IV: Segunda Fase, La Coraza

Los días transcurrieron, como una hondonada. Aleteyah, aún seguía adaptándose a su nueva forma. Sus pensamientos ya no parecían los suyos, los sentia como blasones terribles que quisieran apoderarse más de ella. La oscuridad, esa extraña compañera que siempre andaba medio paso detrás, empezó a caminar a su lado y a hablarle con su propia voz. No era un susurro de tentación; era la contabilidad exacta de lo que había perdido y de lo que aún podía ganar si dejaba de resistirse. En cada amanecer, cuando el bosque exprimía el rocío desde las hojas y un humo fino subía de la tierra, la brujería le pedía una pregunta y una renuncia. Y Aleteyah respondía, no con palabras, sino con silencios cada vez más largos.

De forma irónica y extraña, el mundo avanzaba hacia su primavera verdadera, una señal de que la larguísima Era del Hielo, que había azotado el mundo por más de 8000 años, estaba acabando. El mundo se estaba renovando. Las aguas encendían verdores, los pájaros ensayaban rutas olvidadas, y hasta el hielo viejo parecía tomar una postura menos agresiva. En ese ascenso de luz, los recuerdos de Laskeruth acudían con periodicidad cruel: la textura aceitosa del cuaderno que usaba aquel hombre, la respiración atenta mientras dibujaba gargantas, el roce de la piedra de tiempo contra su muñeca, el beso ue se habían dado en el claro. Eran invocaciones involuntarias. La brujería le enseñó que recordar sin voluntad también es un rito: cada imagen mal cerrada dejaba una puerta entreabierta, y por esas rendijas entrabs el hierro con formas nuevas.

Al tercer día de esa hondonada, su primera fase como Sylvary empezó a pesarle. El vestido vivo que la oscuridad había tejido desde el pecho respiraba con ella, pero necesitaba contención; pues a veces parecía querer desbordarse, como si fuese un ser vivo que quisiera atacarla, aquello pedía una forma más estricta. Aleteyah lo notó al apoyar las manos en un tronco ahuecado: su tacto dejó un dibujo de filigranas que no era tela ni piel, sino placa, como los armazones de una armadura. La brujería, que había nacido como idioma de torsión, se puso súbitamente geométrica. Donde antes había curvas de niebla, aparecieron nervaduras; donde antes había enredadera, apareció costilla. La oscuridad se plegó, capa sobre capa, hasta encontrar una dureza nueva que parecía bastidor.

Fue entonces cuando los recuerdos se volvieron intercambio. Cada vez que Aleteyah apartaba con violencia una imagen de Laskeruth —su risa breve al hallar un paso, su perfil cansado ante una fogata—, el vestido respondía añadiendo una lámina a su superficie. Primero sobre las clavículas: dos pétalos de sombra bruñida que se cerraron como hojas protegiendo la luz ámbar de su garganta. Luego en el vientre: un quicio de piezas superpuestas, negras con vetas doradas, que se articulaban al compás de su respiración. Finalmente, sobre los brazos: brazales que imitaban raíces, cargados de signos mínimos que se encendían y apagaban como luciérnagas obedientes a un mandato.

Comprendió la regla con la limpidez de una sentencia: cada recuerdo expulsado pedía un blindaje. Y ese blindaje, al abrazarla, facilitaba expulsar el recuerdo siguiente. No era una maldición ni una bendición; era un mecanismo. La oscuridad se le antojó un artesano puntilloso más que un demonio: medía, presentaba piezas, probaba ajuste y limaba rebabas. Y, a cambio, exigía silencio donde antes hubo un nombre.

El rostro fue la frontera decisiva.

Aleteyah había defendido allí su último reducto de verano: los pómulos que el sol de auroras besaba, la boca que sabía de promesas en voz baja. Aquella segunda fase no pidió permiso: subió como hiedra de obsidiana desde las mejillas, trenzó un yelmo sin aristas, todo de curvas, y selló su frente con una placa cuyo centro se abrió como semilla: un ocelo verde. No era ojo; era un prisma donde la piedra de tiempo rebotaba su luz y la devolvía filtrada, ya sin oro de depredador, sino con hálito esmeralda. Bajo el yelmo, sus verdaderos ojos —todavía ámbar— quedaron ocultos: la mirada antigua continuaba, pero el mundo vería desde entonces la máscara.

En las sienes, las astas de crepúsculo crecieron en ramas, se arborizaron. No parecían cuernos: eran ramas de un árbol puesto al revés, con brotes mínimos de luz en cada punta. La armadura no le robó belleza; la redirigió hacia una estética más severa, como si el bosque hubiera decidido esculpir a su propia reina. Alrededor del corazón, las placas se cerraron en espiral, dejando en el centro una gema verde que latía a compás con el mundo vegetal. El vestido de la primera faz quedó bajo aquella costra; no desapareció, pero se convirtió en subsuelo del que brotaba el exoesqueleto.

El intercambio continuó. Un recuerdo de Laskeruth señalando una cornisa —lámina nueva sobre la clavícula izquierda. Una frase compartida sobre el futuro —un nudo adicional donde el cuello se unía al yelmo. La caricia mínima con que él apartaba una astilla de su pelo —una garra fina creciendo al borde de sus dedos, más para dictar que para herir. Todos esos cambios externos, eran el producto de querer olvidar de forma mental. Aleteyah, quien dominaba la gramática de la torsión, se descubrió aplicando una sintaxis distinta: cada memoria quemada era un verbo transitivo que dejaba de tener objeto y pedía uno nuevo. La armadura ofrecía el objeto: proteger. Y detrás de esa palabra había otra que siempre había evitado: gobernar.

No lo negó.

Ya no quería arbitrar entre tribus que firmaban con la mirada baja. Necesitaba una forma que impusiera orden sin discutir cada piedra. La brujería y el vínculo simpático inverso le daban ese poder: donde antes pedía, ahora decretaba. Y cada decreto exigía cuerpo, porque el cuerpo es el pergamino donde se inscriben las decisiones. La segunda fase fue, así, una constitución.

Fue entonces, que una tarde —cuando la estación ya estaba en su cenit de pájaros impacientes—, llegó al borde de una laguna clara. La superficie era de vidrio vivo, con juncos que parecían letras verdes escribiendo un poema que no necesitaba autor. Se inclinó sobre el agua. El yelmo orgánico devolvió una silueta imposible: piernas largas de madera bruñida, caderas ceñidas por arabescos negros, torso cubierto de placas que imitaban hojas petrificadas, ramas de corona abriéndose hacia los cielos, y en el centro, la esmeralda palpitante como un ojo de bosque. Aleteyah buscó, instintiva, a la mujer que había sido. No estaba. Estaba dentro, pero el mundo no la vería más.




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